Pasemos también sin observación particular el recorrido urbano, los tranvías, los coches que por aquí abundan, la gente que pasa, cuál es la mano derecha del caballo de Don José, atraviesan en diagonal, Juan Maltiempo reconoce los sitios, plaza tan grande no se puede olvidar, y los arcos, mayores que los del Giraldo, pero de pronto todo es nuevo para él, este acortar por travesías, todas en cuesta, y ya le va pareciendo larga la caminata cuando de repente se vuelve corta, esta media puerta que de soslayo se abre, la mosca está ya atrapada en la telaraña, no son precisas comparaciones más finas y originales.
Y ahora a subir escaleras. Juan Maltiempo continúa en medio de los dos, nunca son demasiadas las cautelas, alta seguridad, está considerado peligroso. De abajo arriba es un hormiguero, de termitas, un barullo, un trabajo de zánganos con sus zumbidos, se oyen los timbres de los teléfonos, pero a medida que se va subiendo, primer piso, segundo piso, altas estancias, decrece el ruido y la agitación, se hacen escasas las personas, y en el tercer piso el silencio es casi total, sólo de la calle llegan desmayados unos motores de automóvil y el murmullo informe de la ciudad bajo el calor de la tarde. Allí están las buhardillas y este corredor que lleva a una división ancha, baja, con el techo casi encima de la cabeza, y en estos bancos corridos hay algunos hombres sentados, al lado de quienes me voy a sentar también yo, Juan Maltiempo, natural y vecino de Monte Lavre, de cuarenta y cuatro años de edad, hijo de Domingo Maltiempo, zapatero, y de Sara de la Concepción, loca, calificado de peligroso, según me hizo el favor de informarme el cabo Tacabo, del puesto de mi pueblo. Los hombres que están sentados miran a Juan Maltiempo, pero nadie dice palabra. Aquélla es la casa de la paciencia, allí se espera el inmediato destino. El tejado está justo encima de nuestras cabezas, rechina con el calor, si le echaran agua herviría, y Juan Maltiempo lleva veinticuatro horas sin comer, y para él no hay calor, éste es día de invierno, tiembla como si estuviera expuesto al viento de diciembre en el latifundio, sin más cobertura que la desabrigada piel. Así es por comparación, tan fina como las otras, y verdad pura, éste es el banco de los desnudos, cada uno por sí, y allí no se ampararán unos a los otros, tápate con esta fuerza y esta firmeza, soledad de erial, alto vuelo de milano que finalmente desciende a ras de tierra para contar a los suyos y valorar el coraje de cada uno. Pero hay que alimentar a las víctimas, sólo faltaría que las perdiéramos antes del tiempo conveniente. Pasó media hora y otra media, y entró al fin un número que traía para cada preso un plato de caldo carcelario y dos decilitros de vino, era un recuerdo de la patria para estos sus hijastros, pueden agradecérselo. Y cuando Juan Maltiempo rapaba con la cuchara el fondo del plato, oyó que un policía le decía a otro, estaban los dos a la puerta guardando la majada y juntando papeles, Aquel tipo de ahí va para el inspector Paveia, y el otro respondió, Pues buena recomendación lleva, y Juan Maltiempo se dijo, Eso va por mí, e iba, como luego supo, mejor que se hubiese quedado ignorante. Se llevaron los platos y los vasos adentro, y la espera continuó, qué va a ser de nosotros, casi de noche llegó por fin la orden de marcha, unos cuantos para ahí, unos para allí, Caxias o Aljube, arreglo provisional para todos, que no tardarían otras mudanzas, todas para peor, cuanto más el nombre se fuera volviendo rostro, cuando más el rostro se fuera volviendo blanco. Y era sin duda la voz de la patria esta de doña Patrocinio, funcionaría de este servicio de utilidad pública, fulano para ahí, zutano para allá, no podía tener mejor nombre en su oficio patrocinador, lo mismo que acontece con doña Clemencia, ahora sin duda charlando con el padre Agamedes, Parece que han detenido a Juan Maltiempo, Así es, señora mía, hizo tantas que las pagó todas juntas, y yo que llegué a tomarme tantas molestias por él y por los otros, Parecía tan buen hombre, Son los peores, doña Clemencia, son los peores, Ni amigo de tabernas era, Ojalá lo fuese, al menos no tiraría hacia las maldades que practicó, Y qué hizo, Ah, eso no sé decírselo, pero si fuera inocente no habrían venido a detenerlo, Convendría en el futuro ayudar a la mujer con alguna cosilla, Doña Clemencia, es usted una santa, si no fuese por su bondadoso patrocinio no sé qué sería de estos pobres miserables, pero deje que pase un tiempo, a ver si aprenden a no ser orgullosos, ése es el peor defecto que tienen, el orgullo, Tiene razón, padre Agamedes, y el orgullo es pecado mortal, El peor de todos, doña Clemencia, porque es él quien levanta al hombre contra su amo y contra su dios.
En el camino de salida pasó la furgoneta por la Boa-Hora para recoger a unos presos que estaban siendo juzgados. Todo esto va muy calculado y medido, consúltese la orden de servicio, hay que aprovechar todo el coche celular hasta el límite de su cabida, que es como quien dice, quien cargue con la hojarasca, cargue también con las cortezas, y siendo tan pobre la patria, los presos serían los primeros en asentir, y quién sabe si incluso no sugerirían, Pasemos por la Boa-Hora, hay quien piensa, Maldito nombre, y llevemos a los que están siendo juzgados por los meritísimos jueces, y así vamos todos juntos, siempre es mejor algo de compañía, la pena es no tener un acordeón para acompañar estas tristezas. Nunca Juan Maltiempo viajó tanto en su vida Como cualquier otro del latifundio, aunque no tanto como su hijo Antonio, ahora militar, anduvo, por obligaciones de la vida y necesidades de boca, con la alforja a cuestas, y la azada, la hoz, el hacha y la azuela, pero la tierra del latifundio es toda igual, con más alcornoques que encinas, con más trigo que arroz, con más guarda o capataz, administrador o encargado, es igual, sin embargo éstas son otras aventuras, buena carretera alquitranada, si fuera de día se vería mejor. Muy bien cuida la patria a sus hijos desobedientes, como se ve por la seguridad de estos altos muros y estos cuidados de la guardia, oh señores, será esto una plaga, en todas partes están, o les habrán echado una maldición al nacer y éste es su destino, estar donde estén los sufridores, no para cuidar las conocidas desgracias, para eso no tienen ni ojos ni manos, sino para decir, Sube al jeep que vamos a dar un paseo, o Pasa de largo, o Vamos, tira adelante, vamos al puesto, o Te ha tocado la papeleta, qué le vamos a hacer, a pagar la multa y aguantar la paliza, debe de ser de los estudios que tienen, de no ser por eso no serían guardias, pues guardia no se nace.
Distíngase lo que es la reflexión del narrador y lo que es pensamiento de Juan Maltiempo, pero nótese que todo es una misma certeza, y si hubiera errores, compartidos sean. Esta burocracia de registro, expediente y ficha es igual desde que se nace, no nos detengamos en ella, a no ser que un día sea posible que vengamos aquí y sepamos con detalle qué gestos y tratos eran éstos, contando desde la línea de puntos, donde el nombre se escribe, Juan Maltiempo, de cuarenta y cuatro años, casado, natural y vecino de Monte Lavre, dónde queda eso, ayuntamiento de Montemor o Novo, debes de ser buena pieza. Llevan a Juan Maltiempo a una sala donde hay otros presos, que duerma si puede, en cuanto al hambre, que la aguante, porque la hora de la cena ha pasado ya. Se cierra la puerta, el mundo ha acabado. Monte Lavre es un sueño, Faustina sorda, pobrecilla, pero no digamos, por absurdas comparaciones supersticiosas, que ésta es la hora de los murciélagos, de las lechuzas y de los mochuelos, pobres animales que ninguna culpa tienen de ser feos, puede que usted esté convencido de que es guapo, mira el tonto.
Juan Maltiempo estará aquí veinticuatro horas. No tendrá ocasión de hablar mucho, aunque al día siguiente se le acercará un preso y comenzará a decirle, Oye, amigo, no sabemos por qué has venido a parar aquí, pero para tu buen gobierno, toma nota de estos consejos.
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