Carlos Fuentes - La cabeza de la hidra
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59. En la bolsa del señor Timón reina el más profundo invierno. Timón de Atenas, iii, 4, 15.
60. Eres un perro. Ibíd., i, 1, 204.
61. Tu madre es de mi generación. Ibíd., 1, 205.
Mi estupefacción duró un minuto; me lancé sobre Félix, insultado, con rabia, herido por cuanto insinuaba, despojado de mis justificaciones perfectamente calibradas, pensadas, fraseadas; me arrebató la pistola de la mano pero antes yo había sido desnudado moralmente por este hombre, mi hermano, mi enemigo, al que finalmente poseía en un abrazo de odio, una lucha en la que nuestros cuerpos, que nunca se tocaron en la cama convertible del apartamento en Nueva York, se trenzaron ahora con rabia, rabia sólo mía, impotente, derrotada de antemano porque la cercanía sudorosa, tensa, apasionada del cuerpo de Félix, su mano con la pistola bajo mi axila, su brazo rechazando la impulsión de mi cintura, su pierna clavada entre mis testículos, no era sino el rechazo de un cuerpo que no deseaba el mío, despreciaba todas mis pasiones y había descubierto la más secreta de ellas, me convertía en un objeto animado pero inerte porque Félix se defendía de mi agresión física fríamente, como quien se defiende de un mosquito nocturno, sin importarle mi agresión pasional y al mismo tiempo queriéndome como siempre, como su viejo amigo, porque su imaginación tenía memoria y carecía de dolor y yo quería que me amara pero quería más que me temiera.
Aflojé los brazos, solté a Félix, me di por vencido pero vi en sus ojos que él no lo tomaba así, para él era un empate. Me alejé de él, me senté a recuperar el aliento y también Félix jadeaba, de pie, junto a la chimenea, con la.44 en la mano.
San Sebastián no acababa de morirse nunca, con la mirada perdida en el cielo y el cuerpo atravesado de flechas.
– Anda, Félix. Olvidarás y te recuperarás.
Me lanzó una sonrisa indeseada.
– No. Soy mexicano. Olvidaré pero no me recuperaré.
No quise mirarlo más.
– Entiende lo que hice, Félix, para que yo entienda lo que tú vas a hacer.
– Trece años son muchos años -dijo con la voz opaca-. Ya no nos conocemos.
Lo escuché alejarse, quizás para siempre. Pero a pesar de todo, confiaba en que algún día regresase a verme y contarme lo que había hecho al salir de mi casa.
– Félix -levanté la voz-, te entiendo, sé todo lo que perdiste por mi culpa. Dime por favor, ¿ganaste algo?
– Sí. Encontré a un padre en el dique seco de Galveston.
Creo que Félix iba a reír. No lo escuché. No me hubiera gustado. Salió y yo saboreé de nuevo el coñac y me lamí el bigote. Le faltaba mucho a Félix para ser un buen agente. Si entiendo bien la narración de mi amigo, Trevor no usaba bigote; Félix describe varias veces sus labios rígidos, limpios como dos navajas. Ningún bigote crece en cuatro días.
Suspiré. Debía ser comprensivo. Los calendarios de Félix Maldonado pertenecían a las fechas de una pesadilla. El suspiro me fue cortado por una inhalación involuntaria. Llevábamos trece años sin vernos. Ya no nos conocíamos. Pero había algo peor, más ofensivo aún. Recordé las palabras de Bernstein. Félix no me quería, no me buscaba; me veía siempre idéntico a su recuerdo de mí cuando éramos jóvenes, no se había fijado en mi nueva cara de cuarentón, recordaba sólo la de los veinticinco años, esa permanecía, la actual no tenía existencia.
Pasé el resto de la noche hojeando mi edición de las Obras completas. Releí los dramas del asesino del castillo de Dunsinane y del príncipe del castillo de Elsinore. Mi pensamiento caminó lentamente al lado de los textos, sin interrumpir la lectura, insinuándose entre frase y frase, a veces sumergido por ellas, a veces sobrevolándolas. Sí, Félix Maldonado era un mal agente, un James Bond del subdesarrollo. Pero mi servicio de inteligencia tenía que organizarse con lo que la realidad mexicana me ofrecía: Félix, Emiliano, Rosita. Ashenden y Richard Hannay tenían detrás de ellos a Shakespeare; mis pobres agentes, a Cantinflas en El gendarme desconocido.
Me justifiqué de las crueles decepciones de esta noche, en las que al engañar a Félix fui descubierto por Félix, diciéndome que mi empresa fracasaría sí, a cambio de la pobreza de mis recursos humanos, no era capaz de hacer lo que hice: sentar un principio de autoridad jerárquica fundado en el miedo. La base de toda mi acción en el futuro sólo podía ser el miedo que inspirara a mis amigos y a mis enemigos.
Cerré la edición Oxford con amargura. Sólo podía derivar una lección de esta primera aventura del servicio secreto mexicano. El terror es universal, pero la justicia no. Y toda organización de inteligencia, por más que se proponga las metas de la justicia, es pervertida por sus medios, que son los del terror, y termina por ser sierva de la opresión y no instrumento de la justicia que originalmente se propuso. Pequeña célula de estructura fascista, el espionaje acaba por infectar como un cáncer la sociedad en la que se inserta y a la que pretende proteger. Todos sus héroes son reaccionarios, de Ulises a James Bond. De allí la fatiga de su heroísmo, tan quebrantado como el rostro de goma de Howard Hunt.
Confié, mientras apagaba las luces de mi biblioteca, en que a pesar de todo Félix Maldonado, mi héroe inconsciente, triste y cansado, regresaría a contarme lo que hizo después de abandonar el refugio de mi casa.
Lo imaginé mientras subí por la escalera rumbo a mi recámara. Ojalá pudiese cotejar un día mi guión de probabilidades con la versión de las certezas de Félix. ¿En qué coincidiríamos ¿En qué nos apartaríamos? ¿Cuál de las dos historias concluyentes sería la verdadera: la que yo me disponía a imaginar o la que él se disponía a vivir?
Pensé todo esto sentado frente al espejo de mi vestidor, despegándome lastimosamente el bigote falso. Me dolía, porque la base de goma etílica me arrancaba las cerdas del verdadero bigote que estaba creciendo debajo del falso.
Guardé el bigote grueso y negro en el lugar que le correspondía dentro de un cajón de pilosidades clasificadas, barbas, bigotes, cejas, patillas de distintos colores y edades. Me rodeaban en el vestidor los cristales y los gabinetes, las pelucas y los trajes nuevos y viejos, los zapatos lustrosos y gastados, las diferentes marcas de camisa, ropa interior y sacos que podían atribuir su origen a tiendas tan distintas como Lanvin en París, Gath amp; Chávez en Santiago de Chile, Harrod's de Buenos Aires, Austin Reed de Londres, Hart, Schaffner amp; Marx de Houston, la sucursal de Mark Spencer en Rijad, la de la camisería Arrow en Tel Aviv y la de la zapatería El Borceguí en México, D.F.
Iba a declamar ante el espejo la famosa tirada de Macbeth en el acto quinto, escena quinta, pero me sentí ridículo. El rumor y la furia habían cesado, junto con mi hora en el escenario, aun cuando la noche, cuando me acosté en mi cama sin compañía, se asemejaba en verdad a una sombra en movimiento.
43
Fatalmente, regresará a las suites de la calle de Genova y pedirá la misma recámara que ocupó con anterioridad, el mismo lecho donde murió Sara Klein, donde amó a Mary Benjamin. Las camas de Félix Maldonado siempre están ocupadas por una mujer, viva o muerta. Ya lo conocen; da buenas propinas; es un excéntrico; no les extraña que regrese sin equipaje después de una ausencia de una semana; yo mismo telefoneé y les pedí que guardaran las pertenencias en la valija; el señor licenciado Velázquez debió ausentarse inopinadamente y no tuvo tiempo de recoger sus cosas.
– ¿La suite de siempre, señor Velázquez?
Llueve afuera de mi casa en Coyoacán. En agosto las tormentas del altiplano se agolpan en las cimas de las montañas, descienden de los antiguos volcanes nevados y derraman su vendimia puntual, vespertina y nocturna, antes de ceder el lugar a los huracanes del Golfo que sólo se apaciguan a principios de octubre y se despiden con el cordonazo de San Francisco, antes de que una paz luminosa e ininterrumpida bendiga nuestros inviernos. Luego ese cristal de fríos soles se empañará con el polvo de la prolongada sequía y los vientos de la primavera levantarán las tolvaneras sofocantes, verdaderos gritos de la lengua seca y quebrada de la tierra.
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