Ese hombre al que el espejo de la lluvia, en la montaña, devuelve sin embargo la memoria de lo que siempre ha sido: un hombre perseguido y solitario. Un hombre acorralado por el miedo y la venganza, por el hambre y el frío. Un hombre al que incluso se le niega el derecho de enterrar el recuerdo de los suyos.
Cuando llego al camino, la lluvia ya ha cesado. Una luz gris, de luna lejanísima -(«Mira, Ángel. Mira la luna: es el sol de los muertos»)-, ilumina levemente la línea de los montes y el temblor estremecido de los árboles. El río baja bronco, enfurecido. Golpea con su aullido los troncos de los chopos y los tejados negros que duermen a lo lejos, entre las ramas rotas, de espaldas a este huerto solitario donde crecen las ortigas y el silencio desde la noche más lejana, desde el principio de los siglos.
La puerta está cerrada. Un candado de hierro guarda bajo su óxido el sueño de quienes ya cruzaron el río del olvido. Pero la tapia no es muy alta. Y un crujido de zarzas me espera al otro lado, me aplasta suavemente contra el barro.
Aquí están, al fin, silenciosos y grises delante de mis botas, los montones de tierra donde fermenta el tiempo, donde se pudren con mansedumbre antigua pasiones y recuerdos. Aquí están, como montañas de tristeza bajo una luna lejanísima y mojada: el de mi madre, cerca de la puerta, endurecido ya por el paso de los años: el de María, alzado solamente por entregarme a mí su soledad y su venganza: el de Benito: el de Teresa, la niña ahogada: el de Ramiro, en el rincón de los proscritos, borrado ya definitivamente por un montón de ortigas después de que su cuerpo calcinado fuese exhibido por los pueblos como un trofeo de caza.
Y aquí está, delante de mis botas, sin nombre aún, sin fecha hacia el olvido, el cuadro de tierra removida donde, desde esta tarde, está esperándome mi padre.
– Soy yo: Ángel. He bajado.
– Quítate esa ropa. Estás empapado.
Lina ha apagado la luz y ha cerrado con llave las puertas de la calle. Ahora atiza el rescoldo de la lumbre y una sustancia roja se levanta desde el fondo del fogón iluminando su rostro somnoliento y duro. Estaba ya en la cama.
– ¿El niño?
– Durmiendo. Habla bajo.
Lina mete mis botas en el horno y extiende sobre el cuadro de la trébede la ropa y el capote. Me trae luego un pantalón y una camisa, anchos, excesivamente grandes.
– Eran de Gildo -dice.
Poco a poco, voy entrando en calor. Poco a poco, voy arrancándome del alma la huella de la niebla que atraviesa ahí afuera la noche de noviembre con su cuchillo helado.
Lina, despeinada y cubierta con un camisón blanco, se sienta junto a mí, en el extremo del escaño. Está muy pálida, más delgada, y un mar de arrugas infinitas, profundizadas por el sueño, surca su cara. Pero quizá eso mismo contribuye a acentuar todavía más la belleza dura y extraña de esta mujer que avanza ya, completamente sola, hacia la frontera de los cuarenta años.
Esta mujer que ni siquiera en los momentos más difíciles me ha abandonado.
– ¿Cómo estás, Ángel?
– Cansado. Cada vez más.
– El invierno está ya ahí fuera. Pronto va a nevar.
Sobre la chapa del fogón el agua de la ropa levanta gotas de humo, blancas burbujas que se deshacen en el hierro sin haber nacido aún. Como las grietas de la niebla. Como mi voz en el silencio gris de esta cocina:
– No sé cuánto podré aguantar ya.
– ¿Sabes?
– ¿Qué?
– ¿Sabes lo que dice la gente? -Lina cambia de postura; se mueve, incómoda, en el escaño. Evita mis ojos para decirme-: Dicen que lo mejor que podrías hacer es beberte una botella de coñac y pegarte un tiro.
Se ha quedado mirándome con el pulso en suspenso. Como asustada de lo que acaba de decirme. Como asustada de sí misma.
Se ha quedado mirándome como si ésta fuera la primera vez que me hubiera visto.
Antes de marchar, me tapa con una manta y atiza por última vez las brasas mortecinas. Me había quedado dormido.
– Te llamaré a las cinco. Duerme tranquilo.
– Lina.
– ¿Qué?
– Diles que no soy un perro. Díselo, Lina.
Tumbado en el escaño, escucho sus pasos por la escalera, el crujido de las tablas encima de la cocina, el ruido de la cama al recibirla. Tumbado en el escaño, oigo durante un rato su respiración solitaria y profunda. Y, sin saber por qué, me duermo con la oscura sensación de estar traicionando la memoria del hombre cuya ropa llevo encima.
Cerca de Fuente Amarga, por los tejares solitarios de Respino, un olor a quemado me detiene, inmoviliza mis pasos y mi respiración. Es un olor a humo lejano, muy lejano, deshecho entre los hilos de la niebla.
Desde lo alto de una roca, la metralleta ya empuñada, olfateo como un lobo la soledad de la noche, escucho atentamente los sonidos del monte a mi alrededor. Pero la niebla lo borra todo, borra y confunde olores y sonidos en un tejido único. Deshace las distancias en un fantasmagórico temblor.
Imposible conocer el origen del fuego. Imposible adivinar la dirección del humo.
Algún pastor habrá hecho lumbre en algún sitio.
Ha sido en la collada, abandonados ya los piornales y los robles del camino, donde una ráfaga de humo más espeso, más negro y definido, me ha arrojado entre las urces, me ha aplastado contra el suelo, sobre la grama dura y helada. Ninguna hoguera arde, solitaria y lejana, bajo la niebla. No hay pastores ni arrieros calentándose a la lumbre en ningún sitio. El fuego está ahí al lado, frente a mí. El fuego está ahí al lado: en las cortadas verticales de la peña. Y el humo sale a bocanadas por la abertura oculta de la cueva.
De pronto, la metralleta ha dejado de ser una simple boca de muerte dispuesta a matar. De pronto, la metralleta se ha convertido en un relámpago de hierro que se arrastra velozmente hacia los robles huyendo de la collada y su indefensión. Bajo la escarcha roja va dejando un reguero de hojas. Entre los claros de las retamas va descubriendo las señales violadas que yo ayer dejé al marchar: esa rama cruzada que ya no está ahí: esa línea de hojas que ha sido pisada: ese montón de tierra que alguna bota seguramente se llevó…
El disparo ha segado los hilos de la niebla como una exhalación. Ha cortado mi avance y ha estallado en la peña, casi encima de mí.
El disparo ha segado al unísono los hilos de la niebla y de mi corazón. Pero, antes de que éste pueda apenas darse cuenta, antes aun de que quienes me estaban esperando hayan tenido tiempo de reaccionar, yo estoy rodando ya por la quebrada de la peña, arrastrando matojos y piedras desprendidas, rebotando en la tierra como una piedra más. Las ramas arrancadas me acompañan y empujan. Los cardos y las urces se agarran a mi ropa intentando pararme. Pero no hay elección. La pendiente no se detiene. La pendiente no acaba nunca. Los disparos aúllan buscando mi sombra y los gritos de los guardias desgarran ya la niebla a mi alrededor. Están ahí, mezclando casi su aliento con el mío. Están ahí. No hay elección.
El salto ha sido eterno, interminable. El tiempo se ha detenido, indefinidamente, en mi corazón. Sólo la niebla, negra y helada. Sólo la niebla, cubriéndolo todo, y, al fin, un golpe seco, brutal, bajo mis pies.
He corrido con todas mis fuerzas. He corrido con rabia, como un perro herido, conteniendo el dolor.
Monte abajo, sobre los matorrales, rompiendo la niebla, he corrido con todas mis fuerzas hasta caer reventado en el fondo del valle, a la orilla del río, entre la espesura vegetal y fría de la que brotan ya los primeros destellos del amanecer.
Gritos, sombras de pájaros. Una racha de viento entre los avellanos y el temblor fugitivo de las hojas que caen.
Escucho. Asomo levemente la cabeza entre las espadañas y los juncos. Miro a mí alrededor: nada, el silencio, la niebla, las ovas enredadas en el centro del río y mi propio reflejo en la profundidad.
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