De mala gana el policía más corpulento la tomó por la muñeca y la hizo cruzar un pasillo con puertas de cristales cerradas y subir una escalera. En un despacho con muebles envejecidos y oscuros un hombre de sesenta y tantos años, de pelo crespo y gris, con la cara cuadrada y el labio inferior grueso y caído, la invitó a sentarse frente a él y le dijo secamente al policía que los dejara solos. «Pero, jefe, si estaba al caer, si la hemos cogido como quien dice in fraganti. El subcomisario Florencio Pérez tuvo por fin un rasgo de carácter y dio un puñetazo rotundo encima de la mesa: «Usted se calla y obedece y si quiere hablar me pide antes permiso. Y ahora hágame el favor de salir.» Ni un gallo en la voz, ni el más leve temblor en el labio. El policía se encogió ostensiblemente de hombros e hizo un gesto de desdén, pero cuando iba a salir sus ojos se encontraron con los del subcomisario y no se atrevió a cerrar de un portazo. «No se preocupe, hija mía, no le va a pasar nada. Son jóvenes y los pierde la imprudencia, pero lo que es a mí, con mis años, no les tolero que me falten al respeto. Puede irse ahora mismo a su casa. Es muy tarde, así que imagino que su padre estará preocupado por usted.» Se levantó y era más bajo de lo que parecía cuando estaba sentado. Con una galantería rancia y algo desmedrada le cedió el paso en la puerta y la tomó delicadamente del brazo mientras bajaban al vestíbulo. Al pasar junto al despacho de los inspectores irguió los hombros y alzó la barbilla. Hacía fresco en la plaza del General Orduña, y resonaban en ella el agua de la fuente que hay al pie de la estatua y las voces de los taxistas que conversaban frente al edificio de la comisaría. El subcomisario Florencio Pérez, llevando aún a Nadia del brazo, se acercó a uno de ellos, alto y nudoso, con los hombros muy anchos y una cabeza grande y pelada: «Julián, me va a hacer usted el favor de llevar a esta señorita a su casa. En la colonia del Carmen, ella le indicará el número.» Le abrió él mismo la puerta trasera, se inclinó un poco al dejarla pasar y ella pensó que iba a besarle la mano. «Señorita, disculpe por todo, y preséntele mis respetos a su padre.» Ni una duda, ni una palabra en falso, ni una concesión. «¿Lo conoce usted?», dijo Nadia, ya subida en el taxi. «Nos conocimos hace mucho tiempo. Pero seguramente él no se acordará de mí.» El taxi negro y grande arrancó y el subcomisario Pérez lo siguió mirando hasta que desapareció tras la esquina de la calle Mesones. A la luz del vestíbulo de la comisaría lió con el pulso firme un cigarrillo, sin perder ni una hebra, pasó golosamente la punta de la lengua por el filo engomado y echó a andar fumando camino de su casa, a pasos cortos, con las manos atrás, con la cabeza alta y el humo saliéndole a chorros por la nariz, calculando el embuste que iba a decirle a su mujer cuando se tendiera junto a ella en la cama y las palabras con que al día siguiente se lo contaría todo a su amigo Chamorro.
Fueron las vacaciones más largas , las más odiosas de mi vida, y no acabaron con el fin del verano. Un ministro lunático del general Franco había decidido que el curso no empezara en octubre, sino en enero, así que debimos postergar durante tres meses inacabables nuestra huida de Mágina. Sólo Serrano no esperó: ni siquiera había esperado a que terminara el curso. Para amargura de su padre, dejó de ir a clase y de cortarse el pelo a mediados de mayo, y en junio se marchó en autostop a una ciudad de la costa, dispuesto a hacerse barman, seductor de extranjeras y batería de rock. Martín y yo elaboramos vagos propósitos de unirnos a él, pero ni su padre ni el mío nos dieron permiso, y nuestro plan de escapar cualquier noche subiéndonos a un mercancías en la estación de Linares se fue quedando atrás a medida que el calor de julio progresaba y nosotros nos acomodábamos a las costumbres tediosas de las vacaciones: en el desván de su casa Martín pasaba los días haciendo tentativas de experimentos químicos y escuchando discos, y yo me iba por las mañanas a la huerta y volvía de noche, después de subir la hortaliza al mercado. El tío Pepe, el tío Rafael y el teniente Chamorro bajaban algunas veces a ayudarnos. El tío Rafael, que sólo en verano no vivía martirizado por los sabañones, acababa de comprarse, no sin graves quebrantos, un burro grande y fuerte, muy dócil, de pelaje castaño, y lo acariciaba y le hablaba como a un hijo y aseguraba que era la alegría de su casa, no como el otro que tuvo, el que mordía, el que le vendió un sinvergüenza aprovechándose de su candidez. Un domingo de julio, por la mañana temprano, cuando ya habíamos recogido con la fresca varias canastas de higos y tomates y estábamos almorzando a la sombra de una higuera, el teniente Chamorro nos contó que el comandante Galaz y su hija se habían marchado de la ciudad y tal vez de España. «País desgraciado», dijo, en el tono de voz que tanto admiraban el tío Pepe y el tío Rafael, «sus mejores cabezas acaban siempre en el destierro». «Y aquí no quedamos más que los melones», murmuró el tío Rafael, como si respondiera a una letanía. «Pues éste ya mismo se nos va a ir también», dijo el teniente Chamorro señalándome. «A ver, nene, háblanos en inglés.» Me daba vergüenza, pero en secreto era muy vanidoso de mi facilidad para los idiomas, y les recité lo más rápido que pude la letra de Riders on the storm. Dejaron de comer y me miraban con la boca abierta. «Qué mérito», dijo el tío Pepe, «qué mérito más grande». «Igual que nosotros», el tío Rafael movió tristemente la cabeza, «que no sabemos ni hablar en español». «No es lo mismo», dijo el teniente Chamorro, «su padre se ha sacrificado para que tenga estudios, y nosotros a su edad ni nos acordábamos del poco tiempo que fuimos a la escuela. ¿O es que se os ha olvidado de lo mala que estaba la vida entonces?» «Y tú por lo menos sabes leer bien y hasta escribes a máquina. Pero anda que yo, que es mirar un periódico y se me juntan las letras, y ya lo veo todo negro y me quedo dormido. Por eso me engaña cualquiera. Me dicen, Rafael, lee y firma, y yo hago como que leo y firmo sin enterarme de nada.» El tío Rafael ataba su burro a la sombra del cobertizo y le mezclaba mucho trigo a la paja del pienso. Lo cargaba muy poco, no fuera a quebrársele, y de vez en cuando abandonaba el trabajo para ir a verlo, como un padre reciente. Una tarde de septiembre fue a una viña por una carga de uvas y mientras las cortaba dejó al burro alado al tronco de un álamo. Estalló una tormenta y un rayo hendió el álamo por la mitad y carbonizó el burro. Cuando el tío Rafael llegó corriendo en medio de una granizada feroz sólo quedaban intactas la jáquima y las herraduras. Le dio un enfriamiento que se complicó en pulmonía y el tío Rafael se murió de fiebre y de tristeza unas semanas después. En el velatorio, el tío Pepe, con traje negro, con sombrero negro, con un gran brazalete negro en la manga derecha, dejaba correr las lágrimas por sus mejillas altas y huesudas y repetía sin consuelo: «Un santo, mi hermano Rafael era un santo.»
Por las noches, cuando dejaba a la yegua encerrada en la cuadra y me lavaba en el corral, iba a reunirme con Martín y Félix en una taberna próxima a la puerta de Granada que se llamaba La Cueva Árabe y tenía una terraza desde la que se divisaba todo el valle: ardían líneas amarillas de fuego en los rastrojos y se veían parpadear como estrellas lejanas las luces de las aldeas de la Sierra. Casi todos los discos que había en la máquina eran muy malos, salvo uno de Led Zeppellin, Whole lotta love, pero daban el vino muy barato y en la terraza corría fresco y se escuchaba el ruido del agua en las acequias de las huertas y el viento en las higueras y en los granados. Echábamos de menos a Serrano: le teníamos envidia, sobre todo Martín y yo, y en el fondo de nosotros mismos sentíamos vergüenza por no haberlo acompañado. Félix daba clases particulares de latín y de griego, desde las nueve de la mañana a las ocho de la tarde, sin otro descanso que el de la comida. Su padre llevaba diez años inmovilizado en la cama, y su madre sufría tales dolores en las piernas que ya le era imposible seguir fregando suelos y escaleras, y eso que desde que se inventaron las fregonas, decía, ya no era un trabajo tan arrastrado como antes. Pero Félix parecía confortablemente adaptado a la adversidad y a la pobreza: nunca, y lo conocía desde los seis años, lo oí quejarse, nunca perdía aquella íntima y serena sonrisa que lo hacía parecer un poco lejos de todo, pero no extraviado, como yo, sino instalado en un reino apacible y exclusivamente suyo que sin duda se fortaleció con su devoción por el latín, la lingüística y la música clásica, tres saberes igual de impenetrables para mí. Me desconcertaba que no se hubiera enamorado nunca: no podía creerlo cuando me confesaba que desconocía la tristeza y el entusiasmo excesivo. Él también se marchaba en octubre, pero no a Granada, como Martín, ni a Madrid, como yo, sino mucho más cerca, al colegio universitario de la capital de la provincia. Decía juiciosamente que resultaba más barato y que así podía estar más cerca de sus padres. Fue el único de nosotros que no se desesperó cuando supimos que el curso empezaría en enero. Con curiosidad, con una cierta mirada de condolencia y de burla, me preguntaba por mi amor a Marina: qué siente uno, por qué elige a una mujer y no a otra. Al querer explicárselo yo me acordaba de cuando éramos niños y le contaba historias que iba inventándome a medida que hablaba. Pero prefería que mis amigos no me nombraran a Marina. Se había ido, como todos los veranos, a Benidorm, pero ya no volvería en octubre, y antes de irse la habíamos visto pasear por la calle Nueva del brazo de aquel tipo al que yo seguía odiando, y sentarse con él en la terraza del Monterrey, tomada de su mano, haciéndole cariños ridículos, casi domésticos, como si ya estuvieran casados y fueran felices.
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