No conseguía recordar dónde había estado aquella noche de domingo entre las doce y las cinco, pero ya no me preocupaba, aunque mi padre estuvo una semana sin hablarme. Al día siguiente, mientras esperábamos a que el Praxis llegara para entrar al examen de literatura, Pavón Pacheco me guiñó un ojo, como a un cómplice, y yo me puse colorado y procuré no acercarme a él. En cuanto al Praxis, no se presentó. Dijeron que estaba muy enfermo en Madrid y fue otro profesor el que nos puso el examen de literatura. Sin estudiar casi nada terminé el curso con notas muy altas: era seguro que me darían la beca. Ya no rondaba por la colonia del Carmen, y si alguna noche subía con Martín y Félix por las calles cercanas al instituto me daba la sensación un poco triste de que habían pasado años y no meses desde que acabó nuestro último curso. Veía llegar algunas noches el autobús de Madrid y notaba una emoción temerosa y ávida en la boca del estómago: yo también iba a irme, y Madrid y la universidad serían el primer paso de una vida entera de pasiones y viajes. Ni a mí mismo me lo confesaba, pero me moría de miedo. En el comedor de mi casa, mirando las catástrofes del telediario, mi abuelo Manuel, que tenía ya setenta años y seguía trabajando vigorosamente en el campo, suspiraba y decía: «Hay mucho malo por el mundo.» Veía reportajes sobre exploraciones espaciales y aseguraba que todo era mentira. «Muy bien», concedía, «han llegado a la Luna: ¿pero me quieres explicar por dónde han entrado?» Durante las transmisiones del Tour de Francia se lo llevaban los demonios: hombres como castillos, en lo mejor de su vida, y en vez de trabajar en algo de provecho se extenuaban como idiotas corriendo en bicicleta. Bebía en la comida algún vaso de vino más de la cuenta, se le encendía la cara y ya no paraba de hablar hasta que mi abuela Leonor, sentada junto a él, le daba un pellizco en el costado. «Manuel, que no te entra la lengua en el paladar, que te bebes un vaso de vino y te da por enhebrar embustes y ya no hay quien te pare.»
Aquel año, en la feria de octubre, no toreó Carnicerito de Mágina: se había estrellado con su Mercedes blanco contra un árbol, en una recta sin peligro de la carretera de Madrid. Iba solo en el coche, pero en la huerta y en mi casa se habló de la influencia de las malas mujeres, de la bebida, de los amigos golfos, y mi abuelo, muy serio, con los ojos azules empañados de llanto, porque a medida que envejecía se le agravaba la facilidad para las lágrimas, declaró: «Dime con quien andas y te diré quien eres», y me miró a mí, y yo supe en seguida lo que iba a preguntarme a continuación: «A que no sabes en qué se parece un muchacho de bien a un teatro.» Mi abuela Leonor le dio un pellizco fulminante y mi madre y mi hermana se taparon la boca para contener la risa y respondieron a coro al mismo tiempo que él: «¡En que se descompone con las malas compañías!» Lorencito Quesada escribió en Singladura que el entierro del diestro de Mágina había sido una imponente manifestación de duelo. Ofició el funeral don Estanislao, el párroco taurino de San Isidoro, y cuando salió el ataúd de la iglesia, cubierto con el capote y la montera del malogrado orfebre del estoque -fueron días de luctuosa gloria para nuestro reportero local, que sólo entonces vio en primera página una crónica firmada por él, si bien, por mala idea o por descuido, no figuraban más que las iniciales de su nombre- repicaron al unísono todas las campanas de Mágina, y estalló una batería de cohetes, como si Carnicerito hubiera cortado juntas al morir todas las orejas que no logró en las corridas de sus últimos años. Se acordó erigirle por suscripción pública una estatua y el ayuntamiento convocó un certamen poético en su honor: para sorpresa de todos, no se llevó el premio ninguno de los autores consagrados de la ciudad (que, en opinión de Quesada, era vivero de poetas) sino alguien cuyo nombre no llegó a saberse, pero que ganó por unanimidad el entusiasmo del jurado con un soneto anónimo que luego fue inscrito al pie de la estatua en una lápida de mármol artificial. Los más celebrados fueron los dos últimos versos:
Desde Mágina alumbra las Españas
el brillo cegador de tus hazañas.
Lorencito Quesada comparó en Singladura el misterio del poema sin firma con otros enigmas insondables de la Humanidad: el de la autoría del Lazarillo y del Romance anónimo, el de la identidad del Soldado Desconocido y de los arquitectos posiblemente alienígenas que edificaron las pirámides de Egipto. En enero, el día de mi cumpleaños, mi padre me enseñó en Madrid la hoja del periódico donde aparecían el soneto anónimo y el artículo de Lorencito Quesada, junto a una foto muy borrosa del acto de inauguración del monumento a Carnicerito, en el que apenas hubo discursos y no llegó a tocar la banda de música, mi padre no sabía si por culpa de la desidia de las autoridades o porque les duraba todavía el disgusto que se habían llevado con la muerte del almirante Carrero Blanco. La estatua, aunque de cuerpo entero, tampoco era gran cosa, y mi padre no acababa de encontrarle el parecido ni aprobaba el lugar donde decidieron instalarla: un pequeño jardín casi en las afueras de Mágina, medio perdido en una de las anchas encrucijadas de asfalto que ya desbordaban la ciudad por el norte.
Yo llevaba tan sólo unos pocos días en Madrid, en una pensión modesta y aseada de la calle San Bernardino, muy cerca de la plaza de España, y ya me acordaba de Mágina como si hubiera pasado mucho tiempo desde que me marché: sentía, inconfesablemente, desamparo y nostalgia, sobre todo al anochecer, cuando me sentaba ante un libro de texto y miraba por la ventana las paredes húmedas de un patio de luces por donde subían voces de conversaciones familiares y olores de guisos. Llevaba patillas largas y bigote, y cuando mi padre llegó ya tenía las mejillas sombreadas de barba: una barba irregular, algo escasa, que tal vez se acabaría pareciendo a la de Che Guevara. Pensé afeitármela cuando mi padre llamó por teléfono a la pensión y me dijo a gritos que vendría a pasar conmigo el día de mi cumpleaños. La noche antes, delante del espejo, con la brocha espumosa en una mano y la cuchilla en la otra, me armé de valor y decidí que no me afeitaría. Mi padre llegó, me dio un abrazo largo y un beso en cada mejilla, me apartó de sí para ver si había adelgazado o si tenía ojeras y no me dijo nada de la barba. Traía un gran paquete de embutidos y borrachuelos preparado por mi madre y lo guardó él mismo bajo llave en mi armario: en Madrid había mucho sinvergüenza, y yo era un infeliz, de modo que debía ir con cien ojos abiertos para que no me engañaran ni me robaran.
Examinó la habitación: era pequeña, dijo, pero cómoda, aunque tuviera el inconveniente de recibir sólo aire viciado, mucho mejor que los cuartos de las pensiones donde él había dormido durante los viajes que había hecho a Madrid en su juventud. Lo impresionó el cuarto de baño: dijo que en cuanto él pudiera haría instalar uno parecido en nuestra casa de Mágina. Había llegado muy temprano, en el expreso, y yo me quedé dormido y no fui a Atocha a esperarlo. Inmune a la fatiga de la noche en el vagón de segunda y a la falta de sueño, apareció en la pensión con el mismo aire de fortaleza jovial y juventud con que llegaba todas las madrugadas al mercado de abastos, vestido tan cuidadosamente como cuando iba a un entierro, con su abrigo gris y su corbata, con unos zapatos grandes y negros que crujían al andar. «Pero hombre, a la hora que es y todavía tienes pegados los ojos.» Lo llevé a desayunar a la cafetería de abajo y me preguntó qué era lo que yo había pedido: era la primera vez que veía un croissant. Él pidió buñuelos, y yo le dije, corrigiéndolo, que en Madrid les llamaban churros. Juzgó que en cualquier caso no tenían comparación con los buñuelos de Mágina. Estábamos sentados el uno frente al otro, en una mesa pequeña de plástico rojo, y yo lo veía rudo, más bien incongruente entre los habituales de la cafetería, con su abrigo gris de hombreras tan anchas, sus modales inseguros y ceremoniosos y sus manos grandes y agrietadas, oscuras, con los dedos muy anchos, posadas sobre el plástico rojo de la mesa con un vigor lento y torpe. A los cuarenta y cinco años ya tenía el pelo blanco, pero muy fuerte todavía, ondulado, brillante, como en las fotos de su boda. Sonreía, se limpiaba los labios con una servilleta de papel, me miraba cortar el croissant con cuchillo y tenedor y se le notaba un cierto orgullo. «Hay que ver», dijo, «dieciocho años, si me parece que fue ayer cuando naciste. Hacía tanto frío en el cuarto de la viga y tú eras tan poca cosa que pensábamos que te nos ibas a morir. Tu madre, la pobre, ya sabes cómo es, te veía tan chico y se echaba a llorar. Me parece que te estoy viendo cuando te lavó la comadrona, a la luz de una vela. Hacía tanto viento que se habían caído los postes de la electricidad. Creíamos que el techo saldría volando. Fue el año de los hielos grandes. Se helaron la mitad de los olivos de Mágina. A la vaca que teníamos se le cortó la leche y el becerro murió de hambre.»
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