Miguel Asturias - El Papa Verde

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Esta es la segunda parte de la trilogia que integran los libros Viento fuerte, El papa verde y Los ojos de los enterrados añade una aguda intención social a esos valores poético – mitológico y a esa observación de una realidad política.
En una plantación bananera de la zona del Caribe, Asturias retrata a uno de los personajes más apasionantes de la novela hispanoamericana, uno de esos aventureros norteamericanos de recio carácter, individualistas de temperamento casi renacentista, que se apodera de una sociedad frutera, despojando e primer término a los cultivadores y luego a los mismos capitalistas de la compañía.
Obra de arte y documento, pintura de un personaje excepcional y de una situación humana y social, El papa verde ocupa un lugar incomparable en el universo que Asturias ha construido pacientemente, brillantemente, con cada uno de sus libros.

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– No, señor Kind, van a colgar otra hamaca…

– ¿Para mí?

– Una hamaca como ésta, una hamaca con mosquitero…

– Si hay posibilidad, yo prefiero un catre. En Nueva Orleáns yo tenía un catre de campaña. No lo traje, porque supuse que aquí se podía encontrar.

Los ojos se le llenaron de risa y las comisuras de los labios, entre los paréntesis severos de las arrugas, de una espumita de saliva seca. Y agregó:

– En último caso, que los del barco me dejen una colchoneta. Y a propósito de barco; viene a cargar correspondencia para el sur, y de regreso, además de correspondencia, cargará bananas. Deje dicho a su criado que no cuelgue la hamaca y vamos a almorzar al vapor; yo ya tengo hambre.

– Si va a dormir en catre habrá que conseguirse un petate -dijo el criado en inglés. Los escuchaba junto a la puerta.

– ¿Qué es petate?

– Una esterilla de palma -explicó Maker Thompson, molesto por la intervención del criado; éste siempre estaba al acecho de lo que hablaba, de lo que hacía.

– ¿Y para qué sirve? -inquirió Kind.

– Para refrescar la cama -le contestó el sirviente-, porque de noche, con el calor que hace, la lona del catre se calienta demasiado.

– Entiendo, muy bien. Un petate, muy bien.

Al salir a la calle de arena, camino del barco, bajo un cielo de horno, el señor Kind estornudó. Alforzó la piel de su pequeña cara arrugada al sentir la cosquilla en los embutidos de la nariz y la desplegó en el aspaviento del estornudo.

– Escogimos la peor hora -advirtió Maker Thompson.

– Por mí, no se preocupe; estornudo siempre así. Parece que me fuera a desaparecer en el estornudo convertido en polvo, y me quedo igual; me quedo como aquel que pasada la explosión de un petardo que le estalla en la cara, se suena, se limpia, y ve reintegrarse todo lo que en el estornudo se le borró. ¡Yo sería un buen zar de Rusia: me arrojarían bombas los terroristas y para mí, como estornudos!

Ya cambiando de tono, los ojos llenos de risa, las comisuras de los labios con espumita seca, entre los paréntesis severos de las arrugas:

– ¡Qué bueno, Geo Maker Thompson, tenerlo con nosotros, qué bueno! Yo lo recomendé mucho en Chicago, no obstante estar en desacuerdo con sus puntos de vista anexionistas y el uso de la fuerza… Pero ya tendremos tiempo de hablar… ¿Qué persona es el comandante del puerto?

– No sé ni el nombre.

– Por lo menos lo conoce…

– De vista. Es un indio hosco. Apenas habla, según dice Chipó, el sirviente.

– ¿Chipó es de confianza?

– No. Lo tengo para que asee la casa y haga mandados. Un pobre diablo, pero entiende inglés y lo chapurrea, ese inglés de negros que los ingleses hablan en Belice. Mi hombre de confianza, un trujillano, por nada quiso quedarse conmigo. ¡Lástima! Pocos hombres tan hombres. Le ofrecí… Bueno, ¡qué no le ofrecí!… Pero prefirió seguir navegando…

Y tras un breve silencio para hacer recuerdo de palabras precisas, Maker Thompson añadió:

– ¡Chistoso el yanquito! Me dijo para despedirse: «quiere superar a los piratas»; y se me rió en las barbas.

– ¿Conocía sus propósitos?

– No, salvo lo de hacerme plantador de bananos. Lo de pirata me lo dijo porque yo le hablaba de volverme filibustero con el nombre de Papa Verde, ser el Papa de la piratería y dominar estos mares a sangre y fuego siguiendo la tradición de Drake, el Francisco de Asís de los piratas; de Wallace, que le dio nombre a Belice y de aquel mi capitán Smith, para quien Centroamérica resarciría con creces a la corona británica de la pérdida de los Estados Unidos.

– Leí su correspondencia en Chicago…

– Pero los piratas, que fueron los señores del Caribe, se quedarán de este tamaño -y mostró su dedo meñique- en cuanto a riqueza, por fabulosos que hayan sido sus botines, pues los nuestros en el futuro superarán en cantidad, y en cuanto a métodos, el hombre no ha cambiado, señor Kind: ellos ensangrentaron el mar, nosotros enrojeceremos la tierra.

– No creo que en Chicago acepten. La gente de por allá prefiere oír hablar del papel civilizador que nos corresponde en estos países atrasados. Dominar, sí, pero no por la fuerza; por la fuerza, no, vale más el convencimiento. Mostrarles las ventajas que sacarán si les hacemos producir sus tierras incultas.

– En Chicago prefieren oír hablar de dividendos…

– Pero es que tampoco es eso… Dividendos… -Kind se bajó el ala del sombrero sobre la nuca con el brazo postizo para defenderse del sol que ampollaba, un gracioso movimiento de muñeco-. Se trata de civilizar pueblos, de sustituir el egoísmo y la violencia de los europeos por una política de tutela del más capacitado.

– ¡Música celestial, señor Kind! ¡Domina el más fuerte! ¿Y para qué domina?… Para repartirse tierras y hombres!

Subían por la pasarela del barco, a la sombra de un piadoso toldo naranja ribeteado de flecos blancos.

– ¿La fuerza?… -exclamó el manco, antes de encararse a su joven compatriota-. A ese paso, ¿por qué no invocar, como Tolomeo, la influencia de las constelaciones para sojuzgar a los pueblos, dividiendo a los hombres en aptos para la servidumbre y aptos para la libertad? Y entonces, ni qué hablar de éstos que están al lado del Trópico de Cáncer, ni qué hablar: ¡salvajes, condenados a ser siervos siempre!

Y con los ojos llenos de risa y las comisuras de los labios ensalivadas, saliva seca, saliva de calor, añadió:

– Por fortuna, ya hemos superado la mentalidad del Cuatripartito y superaremos la concepción aristotélica de la fuerza, siempre que personas como usted acepten el término medio, lo que se ha dado en llamar el «altruismo agresivo», que ya se experimentó en Manila.

Y cambiando el tono vivo de su voz, dijo quejoso:

– Me molesta este aparato. No es cómodo ser manco en ningún clima y menos en el infierno… ¡Qué calor!

– La mano le disimula bastante.

– No sé. La uso porque algo es algo y porque después de los cinco primeros whiskys nadie podría convencerme de que es postiza: la empuño, golpeo; es mi mano.

El comandante del puerto almorzaba en el comedor del barco acompañado de una joven morena con aire de veraneante, tez pálida, dorada, naranja, ojos negros. Un chorro de bucles sueltos sobre su nuca y dos aretes sangrantes de rubíes se agitaron cuando, más coqueta que curiosa, volvióse para ver quiénes entraban.

Kind saludó con la cabeza, contestó el comandante, y seguido por Maker Thompson ocuparon dos sillas en una mesa vecina.

Consommé frío, beefsteak y fruta -ordenó Kind sin mirar la lista; con la mano zurda sacudía la servilleta para extenderla sobre sus rodillas de hombre menudo.

– Sopa de tomate, pescado a la manteca y ensalada de frutas -pidió Maker Thompson.

– ¿Cerveza? -interrogó el criado.

– Para mí, sí -dijo Kind.

– Sí, traiga cerveza -añadió su compañero.

La proximidad de las mesas molestó un poco al militar por la jodarria de oír hablar gringo. Puso la mirada en faro para ver el mar espumoso, lleno de carneros, sin por eso perderles gesto con el rabo del ojo, mientras su compañera se restregaba en el asiento, recogía y dejaba caer la servilleta, se abanicaba, se pasaba el pañuelo por la nariz, jugaba con los cubiertos, alzaba los ojos de pupilas de ébano, juntaba y separaba los pies bajo la mesa, rodaba la cabeza buscando el aire de los ventiladores.

Kind se dio cuenta. Los ademanes de su mano postiza, tan parecidos a los de una tenaza de cangrejo, hacían remolinarse a la cimbrante carne morena apenas cubierta por una tela vaporosa en forma de vestido, presa de la risa más irresistible. Y ya no podía más, ya no podía, entre los dientes le castañeteaba la carcajada apenas contenida con sus movimientos.

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