Miguel Asturias - El Papa Verde

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Esta es la segunda parte de la trilogia que integran los libros Viento fuerte, El papa verde y Los ojos de los enterrados añade una aguda intención social a esos valores poético – mitológico y a esa observación de una realidad política.
En una plantación bananera de la zona del Caribe, Asturias retrata a uno de los personajes más apasionantes de la novela hispanoamericana, uno de esos aventureros norteamericanos de recio carácter, individualistas de temperamento casi renacentista, que se apodera de una sociedad frutera, despojando e primer término a los cultivadores y luego a los mismos capitalistas de la compañía.
Obra de arte y documento, pintura de un personaje excepcional y de una situación humana y social, El papa verde ocupa un lugar incomparable en el universo que Asturias ha construido pacientemente, brillantemente, con cada uno de sus libros.

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El turco le pagó con sonantes monedas de plata y oro, se firmaron los documentos del traspaso de la nave y en la madrugada, sin pasajeros, volvió al sur, de donde la trajo Geo Maker Thompson, ahora tendido en la hamaca de un rancho, sin sueño, sin calor, sin luz, oyendo venirse el cielo abajo en aguaceros torrenciales, dispuesto a cumplir las instrucciones contenidas en la carta que le entregó el ayudante.

El aire fresco, sonoro entre las palmeras que en la madrugada bajo la lluvia destilaban como paraguas viejos, suavizaba la salida del sol de fuego blanco que al ir subiendo regaba azogue de espejo sobre la líquida extensión de la bahía, apenas superficial al roce alado de golondrinas, garzas y gaviotas, y profundo al ojo cenital de gavilanes, zopilotes y buitres de cabeza colorada.

Plantador de bananos era su suerte. Desayunó con mucha hambre huevos de parlama, café hervido y trozaduras soasadas de una fruta con sabor a pan, obsequiosidades del ayudante, el trujillano navegador de mares abiertos en las costas de Centroparaisoamérica, como él llamaba a las costas de la América Central, donde solía comerciar con azúcar, zarzaparrilla, caoba, oro, plata, mujeres, perlas, carey, y el cual, a pesar del contratiempo que para él significaba quedarse a pie, por precio alguno aceptó acompañarlo más allá de la costa.

No y no. La selva y el pantano apresan, quema la lluvia que, salvo los meses de marzo y abril, cae sin cesar y casi a diario el año entero, y es menos arriesgado ser aprendiz de pirata que adueñarse de tierras que quién sabe si no tienen dueño. El negocio efectivo sería comprar una embarcación de más calado y comerciar con cueros, armas, cacao, chicle, pieles de lagarto, libremente, sin andar haciendo el garrobo en la humedad y la pereza.

– Para campero mejor si es en mi tierra. Allí hasta los pajuiles me conocen -decía el trujillano-; y el tabaco también es producto… ¿Por qué ha de ser sólo el guineyo?… De meterme a plantíos, donde yo siembro tabaco, caña…

Y se llevó al filo de los dientes, manchados de diarrea de nicotina, el habano de calidad que le acababa de brindar Geo Maker Thompson, cuyos ojos castaños navegaban en el humo -también él fumaba-, alargados, sin párpados, fijos en la visión de un mundo en que los fuertes se reparten los suelos y los hombres.

– Prefiero un pipante que la mejor plantación de guineyo, y pa comenzar por mi cuenta ya tengo en trato unas cincuenta cargas de arroz en granza. Menos mal que el turco no lo supo y que un compañero viene hoy o mañana con un barco de vela. -Y después de un largo rato-: Sí, señor, con un barco de vela.

El yanqui no dijo nada. Largas lenguas de sudor le lamían la espalda. Le ofreció en oro el valor de las cincuenta cargas de arroz, la escopeta, ropa, repartir las ganancias de las plantaciones de banano, cuando las tuvieran, todo, con tal que el trujillano lo siguiera tierra adentro.

– ¡Juerza de años hace que yo estaría mangoneando plata, mucha plata, si me apego a la tierra; pero dende tierno ando en el mar, y de allí no salgo…, el agua es mi postrimería!

Acostumbrado Geo Maker Thompson a disponer del trujillano como de su persona, esta separación lo partía en dos. Lo encontró en Puerto Limón y se asociaron. Ambos andaban en el mismo negocio. Proporcionar a los infelices italianos y españoles que trabajaban en la construcción del Canal de Panamá el medio de evadirse, de no dejar sus huesos a lo largo de los caminos de hierro en construcción, ya blancos de esqueletos, ni esperar que los amansaran por hambre, para reducirles los salarios.

Lo encontró en Puerto Limón. Le hizo gracia verlo fornicar vestido y con el sombrero hasta las orejas; semejaba un espantapájaros sobre la hembra desnuda. El trujillano, al levantar el yanqui la persiana volante que cubría la puerta, no se inmutó -blanco cara de albayalde, a saber quién era y qué buscaba-, cerró los ojos bien duro y le siguió dando a la hembra clavado y cosido, clavado y cosido… Por algo fue aprendiz de zapatero.

Maker Thompson andaba buscando un hombre de su talla para que lo secundara en el mar y se topó con un verdadero anfibio, tan igual a él, tan identificado con su persona que ahora que se separaban sentía que dejaba algo suyo, su otro yo, la mitad de su cuerpo, una parte de su ser.

Sí, dejaba en el trujillano lo que de él seguiría libre en el mar, en la pesca de perlas y esponjas por los Cayos de Belice, en el contrabando de armas, dulces al paladar de los libres y rebeldes que merodeaban por esas costas, y en el rescate de los braceros que huían del infierno de Panamá. Dejaba en el sirviente un poco de Jamaica, un poco de Cuba, de las Islas de la Bahía, ron, pólvora, nalgas de mujeres, tambores, banjos, maracas, tetas, tatuajes, bailes… Dejaba en el sirviente, tan seguro como en sus manos, el timón al doblar el Cabo de Tres Puntas y se llevaba tierra adentro la encarnación del Papa Verde, plantador de bananos, señor de cheque y cuchillo, navegador en el sudor humano.

En el pizarrón cobalto amaneció una nave dibujada con tiza. Su blancura de yeso contrastaba con el muelle oscuro y los negros endomingados de barco. Su línea rompía la criatura de las bodegas, del edificio de la Coman dancia, de los ranchos de techo de manaca, distribuidos como insectos gigantes en las tierras bajas, pantanosas, de la población más despoblada de la costa. Entre los pasajeros venía la persona que esperaba Geo Maker Thompson.

Traje, zapatos y casco, todo blanco, saludó desde el puente de proa con una mano rígida al final de un brazo formado como con piezas de un juguete mecánico, mientras sostenía en la otra una capa, un paraguas y una cartera grande.

Después de las autoridades, Maker Thompson pudo subir a bordo, al encuentro del pasajero, que adelantóse a tenderle la mano izquierda. En el aparato del brazo derecho sostenía una mano de caucho, bajo el sobaco la cartera, y en el antebrazo, la capa y el paraguas.

– ¿Es el señor Kind?

– ¿Y usted, el señor Maker Thompson?…

Bajaron seguidos del equipaje -baúles y valijas- a lomo de cargadores de color que reían y andaban a grandes pasos para ir siempre apareados a los señores formando la comitiva. Para los negros, en aquel paraje desierto, más de una persona era comitiva; más de tres, comparsa; más de cuatro, procesión; más de cinco, ejército.

La vivienda de Maker Thompson, no muy amplia, quedó ocupada por los bultos del viajero, cuya mano de caucho, al dejar en una silla la capa que se la ocultaba, sorprendió tanto a los negros que hubo de amenazarlos para que se fueran. El más atrevido alcanzó a tocársela y se puso a dar vueltas y vueltas como enredado de los pies que se desenreda, y allí estuviera si el zapato de Geo no lo para de un golpe.

Jinger Kind, el recién llegado, se distinguía por el contraste de ser muy poco físicamente -apenas llenaba la ropa- y representar a la más poderosa empresa bananera del Caribe. El cabello gris, los labios delgados, tufo de un bigotito de anchoa, los ojos color de dados amarillentos de bordes redondos, gastados de tanto rodarlos mostrando siempre los ases de sus pupilas negras y menuditas, enfrentaban los veinticinco años de Geo Maker Thompson, su cabello rubio, abundante, su frente amplia, sus ojos castaños, superficiales, sin profundidad, sus barbas cobrizas y su boca de labios carnosos.

Sin perder el buen humor, Jinger Kind renunció al afán de enjugarse con el pañuelo el sudor caliente de las sienes, las mejillas, la nuca, el cuello, a punto de hacer saltar los botones de su camisa para secarse el pecho, los hombros, el muñón del brazo, todo. Por momentos, hasta la mano postiza sentía que le sudaba.

– ¿Debo dormir en el suelo? -preguntó en tono jovial-. Porque no veo ninguna cama.

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