– Yo vi esos cuadros que tú le vendiste -me dijo; también ahora los veía su asombro, y tenía miedo de perder la precisión del recuerdo-. En uno de ellos había una especie de dama alegórica, una mujer con los ojos vendados que sostenía algo en la mano…
– Una copa. Una copa con una cruz. -…Tenía el pelo negro y largo, y la cara redonda, muy blanca, con colorete en los pómulos.
Hubiera querido preguntarle si sabía algo más sobre el destino de aquellos cuadros, pero a él ya no le importaba mucho lo que yo dijera. Estaba viendo algo con una claridad que su memoria le había negado hasta entonces, un yacimiento del tiempo en estado puro, pues la visión de un cuadro que nunca se había esforzado en recordar le devolvía tal vez unas horas intactas de su pasado con Lucrecia, y gradualmente, en décimas de segundo, como una luz que ha enfocado un solo rostro se extiende hasta alumbrar una habitación entera, sus ojos descubrían las cosas que aquella tarde vio alrededor del cuadro, la cercanía de Lucrecia, el peligro de que regresara Malcolm, la opresiva luz de finales de septiembre que había entonces en todas las habitaciones donde se encontraban sin saber que estaban apurando las vísperas de una ausencia de tres años.
– Malcolm nos espiaba -dijo Biralbo-. Me espiaba a mí. Alguna vez lo vi rondar el portal de mi casa, como un policía torpe, ya sabes, parado con un periódico en la esquina, tomando una copa en el bar de enfrente. Esos extranjeros creen mucho en las películas. Algunas noches iba solo al Lady Bird y se quedaba mirándome mientras yo tocaba, sentado al fondo de la barra, haciendo como que le interesaba mucho la música o la conversación de Floro Bloom. A mí me daba igual, incluso me reía un poco, pero una noche Floro me miró muy serio y me dijo, ten cuidado, ese tipo lleva una pistola.
– ¿Te amenazó?
– Amenazó a Lucrecia, de una manera ambigua. A veces corría ciertos riesgos en los negocios. Supongo que no se habrían marchado tan aprisa si Malcolm no tuviera miedo de algo. Tenía tratos con gente peligrosa, y no era tan valiente como parecía. Poco después de comprarte los cuadros hizo un viaje a París. Fue entonces cuando yo estuve en su casa. Al volver le dijo a Lucrecia que había mucha gente que deseaba engañarlo, y sacó la pistola, la dejó encima de la mesa, mientras estaban cenando, luego hizo como que la limpiaba. Dijo que tenía preparado un cargador entero para quien quisiera engañarlo.
– Bravatas -dije yo-. Bravatas de cornudo.
– Juraría que no hizo aquel viaje a París. Le había dicho a Lucrecia que iba a ver no sé qué cuadros en un museo, unos cuadros de Cézanne, me acuerdo de eso. Le mintió para espiarnos. Estoy seguro de que nos vio entrar en su casa y se quedó esperando muy cerca de allí. A lo mejor tuvo la tentación de subir y sorprendernos y no llegó a atreverse.
Cuando Biralbo me dijo aquello noté un escalofrío. Estábamos terminando de tomar el café y los camareros habían ordenado ya las mesas para la cena y nos miraban sin ocultar su impaciencia, eran las cinco de la tarde y en la radio alguien hablaba fervorosamente de un partido de fútbol, pero de pronto yo había visto, desde arriba, como se ve en las películas, una calle vulgar de San Sebastián en la que un hombre, parado en la acera, levantaba los ojos hacia una ventana, con las manos en los bolsillos, con una pistola, con un periódico bajo el brazo, pisando con energía el pavimento mojado para desentumecerse los pies. Luego me di cuenta de que era algo así lo que temía ver Biralbo cuando se asomaba a la ventana de su hotel en Madrid. Un hombre que espera y disimula, no demasiado, lo justo para que quien debe verlo sepa que está ahí y que no va a marcharse.
Nos levantamos, Biralbo pagó la cuenta, al rechazar mi dinero dijo que ya no era un músico pobre. Salimos a la calle y aunque todavía daba el sol en los pisos más altos de los edificios, en los ventanales y en esa torre semejante a un faro del hotel Victoria, había una opacidad de cobre al final de las calles y un frío nocturno en los zaguanes de las casas. Sentí la vieja angustia invernal de los domingos por la tarde y agradecí que Biralbo sugiriera en seguida un lugar preciso para la próxima copa, no el Metropolitano, uno de esos bares neutros y vacíos con la barra acolchada. En tardes así no hay compañía que mitigue el desconsuelo, ese brillo de focos en el asfalto, de anuncios luminosos en la alta negrura del anochecer, que todavía tiene en la lejanía límites rojizos, pero yo prefería que hubiera alguien conmigo y que esa presencia me excusara de la obligación de elegir el regreso, de volver a mi casa caminando solo por las vastas aceras de Madrid.
– Se marcharon tan aprisa como si los persiguiera alguien -dijo Biralbo al cabo de un par de bares y de ginebras inútiles; lo dijo como si su pensamiento se hubiera detenido cuando terminamos de comer y él no siguió hablándome de Lucrecia y de Malcolm-. Porque hasta entonces habían pensado instalarse de un modo definitivo en San Sebastián. Malcolm quería poner una galería de arte, incluso estuvo a punto de alquilar un local. Pero volvió de París o de dondequiera que estuviese aquellos dos días y le dijo a Lucrecia que tenían que irse a Berlín.
– Lo que quería era alejarla de ti -dije; el alcohol me daba una rápida lucidez para adivinar las vidas de los otros.
Biralbo sonreía mirando muy atentamente la altura de la ginebra en su copa. Antes de contestarme la hizo disminuir casi un centímetro.
– Hubo un tiempo en que me halagaba pensar eso, pero ya no estoy tan seguro. Yo creo que a Malcolm, en el fondo, no le importaba que Lucrecia se acostara de vez en cuando conmigo.
– Tú no sabes cómo te miraba aquella noche en el Lady Bird. Tenía los ojos azules y redondos, ¿te acuerdas?
– …No le importaba porque sabía que Lucrecia era suya o no era de nadie. Podía haberse quedado conmigo, pero se fue con él.
– Le tenía miedo. Yo lo vi aquella noche. Tú me has dicho que la amenazó con una pistola.
– Un nueve largo. Pero ella quería marcharse. Simplemente aprovechó la ocasión que le ofrecía Malcolm. Una barca de pescadores o de contrabandistas, un carguero con matrícula de Hamburgo, que a lo mejor tenía nombre de mujer, Berta o Lotte o algo así. Lucrecia había leído demasiados libros.
– Estaba enamorada de ti. También yo vi eso. Lo habría notado cualquiera que la mirase aquella noche, hasta Floro Bloom. Te dejó una nota, ¿no? Yo la vi escribirla.
Absurdamente me empeñaba en demostrarle a Biralbo que Lucrecia había estado enamorada de él. Con indiferencia, con lejana gratitud, él seguía bebiendo y me dejaba hablar. Expulsaba el humo sin quitarse el cigarrillo de los labios, tapándose la barbilla y la boca con la mano que lo sostenía, y yo ignoraba siempre lo que había tras el brillo atento de sus ojos. Acaso seguía viendo no el dolor ni las firmes palabras, sino las cosas banales que habían trenzado, sin que él se diera cuenta, su vida, aquella nota, por ejemplo, que contenía la hora y el lugar de una cita, y que él siguió guardando mucho tiempo después, cuando ya le parecía un residuo de la vida de otro, igual que las cartas que me confió y que yo no he leído ni leeré nunca. Hacía breves gestos de impaciencia, miraba el reloj, dijo que faltaba muy poco para que tuviera que irse al Metropolitano. Me acordé de las delgadas piernas, de la sonrisa y del perfume de la camarera rubia. Era únicamente yo quien se obstinaba en seguir preguntando. Veía la mirada de Malcolm en el Lady Bird y la asignaba al hombre que espera algo y camina despacio bajo una ventana, inmóvil a veces entre la leve lluvia de San Sebastián.
Mientras, Biralbo estaba en la casa, era allí donde lo había citado Lucrecia, tal vez fue ella misma quien le sugirió a Malcolm dos días antes que su encuentro conmigo tuviera lugar en el Lady Bird… Si él la vigilaba siempre, ¿de qué otro modo habría podido Lucrecia dejarle aquella nota a Biralbo? Me di cuenta de que razonaba en el vacío: si Malcolm desconfiaba tanto, si percibía la más leve variación en la mirada de Lucrecia y estaba seguro de que en cuanto su vigilancia cesara ella iría a reunirse con Biralbo, ¿por qué no la llevó consigo cuando se fue a París?
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