Pero el silencio definitivo tardó dos años en llegar, y él no podría decir que no lo hubiera esperado. Al cabo de seis meses en los que no pasó un solo día sin que él no la esperara, llegó la última carta de Lucrecia. No vino por correo: Billy Swann se la trajo a Biralbo varios meses después de que fuera escrita.
No he olvidado aquel regreso de Billy Swann a la ciudad. Supongo que hay ciudades a las que se vuelve siempre igual que hay otras en las que todo termina, y que San Sebastián es de las primeras, a pesar de que cuando uno ve la desembocadura del río desde el último puente, en las noches de invierno, cuando mira las aguas que retroceden y el brío de las olas blancas que avanzan como crines desde la oscuridad, tiene la sensación de hallarse en el fin del mundo. En los dos extremos de ese puente, que llaman de Kursaal, como si estuviera en un acantilado de Sudáfrica, hay dos altos fanales de luz amarilla que parecen los faros de una costa imposible, anunciadores de naufragios. Pero yo sé que a esa ciudad se vuelve y que lo comprobaré algún día, que cualquier otro sitio, Madrid, es un lugar de tránsito.
Billy Swann volvió de América, parece que justo a tiempo de eludir una condena por narcóticos, acaso huyendo sobre todo de la lenta declinación de su fama, pues había ingresado casi al mismo tiempo en la mitología y en el olvido: muy pocos de quienes escuchaban sus discos antiguos, me contó Biralbo, imaginaban que siguiera vivo. En la persistente soledad y penumbra del Lady Bird dio un largo abrazo a Floro Bloom y le preguntó por Biralbo. Tardó un poco en darse cuenta de que Floro no comprendía sus exclamaciones en inglés. Había llegado sin más equipaje que una maleta maltratada y el estuche de cuero negro y doble fondo donde guardaba su trompeta. Caminó a grandes zancadas entre las mesas vacías del Lady Bird, pisó enérgicamente la tarima donde estaba el piano y le quitó la funda. Con una delicadeza muy semejante al pudor tocó el preludio de un blues. Acababa de salir de un hospital de Nueva York. En un español que exigía de quien lo oyera menos atención que cualidades adivinatorias le pidió a Floro Bloom que telefoneara a Biralbo. Desde que salió del hospital vivía en un estado de permanente urgencia: tenía prisa por comprobar que no estaba muerto, por eso había regresado tan rápidamente a Europa. «Aquí un músico todavía es alguien», le dijo a Biralbo, «pero en América es menos que un perro. En los dos meses que he pasado en Nueva York sólo la Oficina de Narcóticos se interesó por mí».
Había vuelto para instalarse definitivamente en Europa: tenía grandes y nebulosos planes en los que estaba incluido Biralbo. Le preguntó por su vida en los últimos tiempos, hacía más de dos años que no sabía nada de él. Cuando Biralbo le dijo que ya casi nunca tocaba, que ahora era profesor de música en un colegio de monjas, Billy Swann se indignó: ante una botella de whisky, firmes los codos en la barra del Lady Bird, renegó de él con esa ira sagrada que exalta a veces a los viejos alcohólicos y le hizo acordarse de los antiguos tiempos: cuando tenía veintitrés o veinticuatro años y él, Billy Swann, lo encontró tocando a cambio de bocadillos y cerveza en un club de Copenhague, cuando quería aprenderlo lodo y juraba que nunca sería sino un músico y que no le importaban el hambre y la mala vida si eran el precio para conseguirlo.
– Mírame -me contó Biralbo que le dijo-: Siempre he sido uno de los grandes, antes de que esos tipos listos que escriben libros lo supieran y también después de que hayan dejado de decirlo, y si me muero mañana no encontrarás en mis bolsillos dinero suficiente para pagar mi entierro. Pero soy Billy Swann, y cuando yo me muera no habrá nadie en el mundo que haga sonar esa trompeta como lo hago yo.
Cuando apoyaba los codos en la barra los puños de su camisa retrocedían mostrando unas muñecas muy delgadas y duras y surcadas de venas. Biralbo se fijó en lo sucios que estaban los bordes de los puños y anotó con alivio, casi con gratitud, que aún permanecían en ellos los enfáticos gemelos de oro que tantas veces, en otro tiempo, había visto brillar contra las luces de los escenarios cuando Billy Swann alzaba su trompeta. Pero ya no creía seguir mereciendo su predilección, sólo temía sus palabras, el brillo húmedo de sus ojos tras las gafas. Con un vago sentimiento de culpabilidad o de estafa advirtió de pronto hasta qué punto había cambiado y claudicado en los últimos años: como una piedra arrojada al fondo de un pozo la presencia de Billy Swann estremecía la inmovilidad del tiempo. Frente a ellos, al otro lado de la barra, Floro Bloom asentía apaciblemente sin entender una sola palabra y procuraba que las copas no quedaran vacías. Pero tal vez estaba comprendiéndolo todo, pensó Biralbo al advertir una mirada de sus ojos azules. Floro Bloom lo había sorprendido cuando miraba cobardemente su reloj y calculaba las pocas horas que le quedaban aún para llegar al trabajo. Absorto en algo, Billy Swann apuró su copa, chasqueó la lengua y se limpió la boca con un pañuelo más bien sucio.
– No tengo nada más que decirte -concluyó severamente-. Ahora mira otra vez el reloj y dime que debes irte a dormir y te partiré la boca de un puñetazo.
Biralbo no se fue: a las nueve de la mañana llamó al colegio para decir que estaba enfermo. Acompañados silenciosamente por Floro Bloom siguieron bebiendo durante dos días. Al tercero Billy Swann fue ingresado en una clínica y tardó una semana en recuperarse. Volvió a su hotel con la vacilante dignidad de quien ha pasado algunos días en la cárcel, con las manos más huesudas y la voz un poco más oscura. Cuando Biralbo entró en su habitación y lo vio tendido en la cama se asombró de no haber notado hasta entonces la cara de muerto que tenía.
– Mañana debo irme a Estocolmo -dijo Billy Swann-. Tengo allí un buen contrato. En un par de meses te llamaré. Tocarás conmigo y grabaremos juntos un disco.
Al oír eso Biralbo casi no sintió alegría, ni agradecimiento, sólo una sensación de irrealidad y de miedo. Pensó que si se marchaba a Estocolmo perdería su contrato en el colegio, que tal vez le llegaría en ese tiempo una carta de Lucrecia que iba a quedarse durante varios meses abandonada e inútil en el buzón. Puedo imaginar la expresión de su cara en aquellos días: la vi en una foto del periódico donde se daba noticia de la llegada de Billy Swann a la ciudad. Se veía en ella a un hombre alto y envejecido, con la cara angulosa medio tapada por el ala de uno de esos sombreros que usaban los actores secundarios en las películas antiguas. Junto a él, menos alto, desconcertado y muy joven, estaba Santiago Biralbo, pero su nombre no venía en la nota del periódico. Por ella supe yo que Billy Swann había vuelto. Tres años después, en Madrid, comprobé que Biralbo guardaba ese recorte ya amarillo y vago entre sus papeles, junto a una foto en la que Lucrecia no se parece nada a mis recuerdos: tiene el pelo muy corto y sonríe con los labios apretados.
– En enero estuve en Berlín -dijo Billy Swann-. Vi allí a tu chica.
Tardó un poco en continuar hablando: Biralbo no se atrevía a preguntarle nada. Vio de nuevo lo que el regreso de Billy Swann le había hecho revivir: una noche de hacía más de dos años, en el Lady Bird, cuando salió a tocar buscando el rostro de Lucrecia entre las cabezas oscuras de los bebedores y lo encontró al fondo, impreciso entre el humo y las luces rosadas, sereno y firme en aquella mesa donde también estaba Malcolm y otro hombre de aspecto familiar en quien al principio no me reconoció.
– Yo llevaba un par de noches tocando en el Satchmo, un sitio muy raro, parece un bar de putas -continuó Billy Swann-. Cuando entré en el camerino ella estaba esperándome. Sacó del bolso una carta y me pidió que te la mandara. Estaba muy nerviosa, se marchó en seguida.
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