– Llévate esto -me dijo la primera noche, sin mirar el paquete mientras me lo tendía, mirándome a los ojos-. Guarda las cartas en algún sitio seguro, aunque es probable que yo no te las pida.
Se asomó a la calle, alto y tranquilo entre los faldones de su abrigo oscuro, apartando ligeramente las cortinas. El anochecer y el brillo húmedo de la lluvia sobre el pavimento y las carrocerías de los automóviles sumían a la ciudad en una luz de desamparo. Guardé las cartas en el bolsillo y dije que debía marcharme. Con aire de fatiga Biralbo se apartó del balcón y fue a sentarse en la cama, palpándose el abrigo, buscando algo en la mesa de noche, sus cigarrillos, que no encontró. Recuerdo que fumaba siempre cortos cigarrillos americanos sin filtro. Le ofrecí uno de los míos. Le cortó el filtro, punzándolo entre los pulgares y los índices, y se tendió en la cama. La habitación no era muy grande, y yo me encontraba incómodo, parado junto a la puerta, sin decidirme a repetir que me iba. Probablemente él no me había oído la primera vez. Ahora fumaba con los ojos entornados. Los abrió para señalarme con un gesto la única silla de la habitación. Me acordé de aquella canción suya, Lisboa: cuando la oía yo lo imaginaba a él exactamente así, tendido en la habitación de un hotel, fumando muy despacio en la penumbra translúcida. Le pregunté si por fin había estado en Lisboa. Se echó a reír, dobló la almohada bajo su cabeza.
– Desde luego -dijo-. En el momento adecuado. Uno llega a los sitios cuando ya no le importan.
– ¿Viste a Lucrecia allí?
– ¿Cómo lo sabes? -Se incorporó del todo, aplastó el cigarrillo en el cenicero. Yo me encogí de hombros, más asombrado que él de mi adivinación.
– He oído esa canción, Lisboa . Me hizo acordarme de aquel viaje que empezasteis juntos.
– Aquel viaje -repitió-. Fue entonces cuando la compuse.
– Pero tú me dijiste que no habíais llegado a Lisboa.
– Desde luego que no. Por eso hice esa canción. ¿Tú nunca sueñas que te pierdes por una ciudad donde no has estado nunca?
Quise preguntarle si Lucrecia había continuado sola el viaje, pero no me atreví, era indudable que él no deseaba seguir hablando de aquello. Miró el reloj y fingió sorprenderse de lo tarde que era, dijo que sus músicos estarían esperándolo en el Metropolitano.
No me invitó a ir con él. En la calle nos despedimos apresuradamente y él se dio la vuelta subiéndose las solapas del abrigo y a los pocos pasos ya parecía estar muy lejos. Al llegar a mi casa me serví una copa y puse el disco de Billy Swann. Cuando uno bebe solo se comporta como el ayuda de cámara de un fantasma. En silencio se dicta órdenes y las obedece con la vaga precisión de un criado sonámbulo: el vaso, los cubitos de hielo, la dosis justa de ginebra o de whisky, el prudente posavasos sobre la mesa de cristal, no sea que luego venga alguien y descubra la reprobable huella circular no borrada por la bayeta húmeda. Me tendí en el sofá, apoyando la ancha copa en el vientre, y escuché por cuarta o quinta vez aquella música. El fajo prieto de las cartas estaba sobre la mesa, entre el cenicero y la botella de ginebra. La primera canción, Burma, estaba llena de oscuridad y de una tensión muy semejante al miedo y sostenida hasta el límite. Burma, Burma, Burma, repetía como un augurio o un salmo la voz lóbrega de Billy Swann, y luego el sonido lento y agudo de su trompeta se prolongaba hasta quebrarse en crudas notas que desataban al mismo tiempo el terror y el desorden. Constantemente la música me acuciaba hacia la revelación de un recuerdo, calles abandonadas en la noche, un resplandor de focos al otro lado de las esquinas, sobre fachadas con columnas y terraplenes de derribos, hombres que huían y que se perseguían alargados por sus sombras, con revólveres y sombreros calados y grandes abrigos como el de Biralbo.
Pero ese recuerdo que agravaron la soledad y la música no pertenece a mi vida, estoy seguro, sino a una película que tal vez vi en la infancia y cuyo título nunca llegaré a saber. Vino de nuevo a mí porque en aquella música había persecución y había terror, y todas las cosas que yo vislumbraba en ella o en mí mismo estaban contenidas en esa sola palabra, Burma, y en la lentitud de augurio con que la pronunciaba Billy Swann: Burma o Birmania, no el país que uno mira en los mapas o en los diccionarios sino una dura sonoridad o un conjuro de algo: yo repetía sus dos sílabas y encontraba en ellas, bajo los golpes de tambor que las acentuaban en la música, otras palabras anteriores de un idioma rudamente confiado a las inscripciones en piedra y a las tablas de arcilla: palabras demasiado oscuras que no pudieran ser descifradas sin profanación.
La música había cesado. Cuando me levanté para poner de nuevo el disco advertí sin sorpresa que tenía un poco de vértigo y que estaba borracho. Sobre la mesa, junto a la botella de ginebra, el paquete de cartas tenía ese aire de paciencia inmóvil de los objetos olvidados. Deshice el nudo que lo ataba y cuando me arrepentí las cartas ya se me desordenaban en las manos. Sin abrirlas las estuve mirando, examiné las fechas de los matasellos, el nombre de la ciudad, Berlín, desde donde fueron enviadas, las variaciones en el color de la tinta y en la escritura de los sobres. Una de ellas, la última, no había sido enviada por correo. Tenía apresuradamente escrita la dirección de Biralbo y los sellos pegados, pero intactos. Era una carta mucho más delgada que cualquiera de las otras. Hacia la mitad de la siguiente ginebra eludí el escrúpulo de no mirar su interior. No había nada. La última carta de Lucrecia era un sobre vacío.
No siempre nos encontrábamos en el Metropolitano o en su hotel. De hecho, cuando me entregó las cartas, pasó algún tiempo antes de que volviéramos a vernos. Era como si ambos nos diéramos cuenta de que aquel gesto suyo nos había hecho incurrir en un exceso de confianza mutua que sólo atenuaríamos dejando de vernos durante algunas semanas. Yo escuchaba el disco de Billy Swann y miraba a veces, uno por uno, los largos sobres rasgados por una impaciencia en la que sin duda Biralbo ya no se reconocía, y casi nunca tuve la tentación de leer las cartas, incluso hubo días en que las olvidé entre el desconcierto de los libros y de los diarios atrasados. Pero me bastaba con mirar la cuidadosa caligrafía y la desleída tinta violeta o azul de los sobres para acordarme de Lucrecia, tal vez no la mujer a quien Biralbo amó y esperó durante tres años, sino la otra, la que yo había visto algunas veces en San Sebastián, en el bar de Floro Bloom, en el paseo Marítimo o en el de los Tamarindos, con su aire de calculado extravío, con su atenta sonrisa que lo ignoraba a uno al tiempo que lo envolvía sin motivo en una certidumbre cálida de predilección, como si uno no le importara nada o fuera exactamente la persona que ella deseaba ver en aquel justo instante. Pensé que había una incierta semejanza entre Lucrecia y la ciudad donde Biralbo y yo la habíamos conocido, la misma serenidad extravagante e inútil, la misma voluntad de parecer al mismo tiempo hospitalarias y extranjeras, esa tramposa ternura de la sonrisa de Lucrecia, del rosa de los atardeceres en las espumas lentas de la bahía, en los racimos de los tamarindos.
La vi por primera vez en el bar de Floro Bloom, acaso la misma noche en que tocaron juntos Billy Swann y Biralbo. Yo entonces terminaba regularmente las noches en el Lady Bird, sostenido por la vaga convicción de que allí iban las improbables mujeres que accederían a acostarse conmigo cuando al apagarse las luces de los últimos bares llegase con el amanecer la premura del deseo. Pero aquella noche mi propósito era un poco más preciso. Estaba citado con Bruce Malcolm, a quien en ciertos lugares llamaban el Americano. Era corresponsal de un par de revistas de arte extranjeras, y se dedicaba, me dijeron, a la exportación ilegal de pinturas y de objetos antiguos. En aquella época yo andaba más bien justo de fondos. Tenía en casa unos pocos cuadros muy sombríos, de asunto religioso, y un amigo que había pasado antes por parecidas urgencias me dijo que aquel americano, Malcolm, podría comprármelos a buen precio y pagar en dólares. Lo llamé, vino a casa, examinó los cuadros con una lupa, limpió las zonas más oscuras con un algodón empapado en algo que olía a alcohol. Hablaba un español con inflexiones sudamericanas, y tenía una voz persuasiva y aguda. Hizo concienzudas fotos de los cuadros, situándolos frente a una ventana abierta, y al cabo de unos días me llamó para decirme que estaba dispuesto a pagar mil quinientos dólares por ellos, setecientos a la entrega, el resto cuando sus socios o jefes, que estaban en Berlín, los hubieran recibido.
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