Rosa Montero - Bella y oscura
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La enana dormía abajo, en el camerino del club, en su baúl de siempre. Porque, curiosamente, alguien había sacado de la antigua pensión, antes del incendio, su baúl de dormir y todos los demás cofres con los aperos de la magia. Era lo único que parecía haberse salvado del desastre. Un día oí que la abuela le decía a Airelai:
– Tú lo sabías. Y tenía los ojos ribeteados de rojo y su voz sonaba extraña y hueca.
– A mí sólo me comunicaron que a partir de entonces iba a vivir en el club -contestó la enana--. Y yo, como tú bien sabes, obedezco.
La abuela estaba irreconocible. Ése era el segundo de los grandes cambios que habían ocurrido en nuestra vida: que doña Bárbara ya no parecía doña Bárbara. Ya no tenía sus ropas suntuosas, ni sus pebeteros humeantes de incienso, ni los almohadones de encaje, ni sus muebles, ni las fotos enmarcadas en la mesilla. Pero sobre todo carecía de algo interior: del hierro caliente que antes le asomaba a los ojos, y de la altura, porque ahora era mucho más baja. Se pasaba las horas echando de menos a sus gatos y no fuimos nunca más al cementerio. De hecho, la abuela ya no volvió a salir y se levantaba cada día menos de la cama. Estaba enferma, o eso decía ella, aunque yo no podía acabar de creérmelo, aun viéndola así de alicaída y de bajita. Porque doña Bárbara, yo pensaba entonces, era inmensa y eterna; y esta nube de debilidad no podía ser sino un espejismo transitorio.
Mientras tanto, Segundo también había cambiado. Él, por el contrario, parecía más grande y más oscuro. Sobresalían sus espesas muñecas, de unos trajes que le venían pequeños y su piel era casi tan negra como su mirada. La cicatriz se le fue secando en la mejilla y ahora era un abultado surco rosado y reluciente. Cuando Segundo estaba muy nervioso se rascaba el tajo con la uña del pulgar y pronto aprendimos a interpretar este signo como el preludio de una tormenta doméstica. Una de esas veces en que Segundo se rascaba empecinadamente la cicatriz, poco después del Gran Fuego, Chico salió de puntillas de la nueva casa y ya no regresó. Quiero decir que llegó la noche y no vino, y al día siguiente tampoco apareció, y aunque la enana y Amanda se recorrieron todo el Barrio no consiguieron encontrarlo. Entonces Amanda fue a la policía y unas horas después llegaron a casa con el niño y con una mujer que preguntó muchas cosas y que hizo firmar a Segundo unos papeles, cosa que le puso de pésimo humor y que contribuyó a que se rascara la cicatriz más que nunca. Aquél no fue un buen día.
Desde que regresó Segundo no habíamos vuelto a ver ni al Portugués ni al Hombre Tiburón. Del primero decían que estaba en el Barrio de una ciudad vecina; o eso contaba Rita, que aseguraba haberse enterado por unos familiares que ella tenía en aquel lugar:
– Y por lo visto el Portugués está intentando hacerse un lugar en ese Barrio, pero le va mal.
En cambio, del Hombre Tiburón no se tenía ninguna noticia: parecía que se lo hubiera tragado la tierra.
– Así es, nena. Eso es exactamente lo que le ha pasado al tipo ese: que se lo ha tragado la tierra… -solía decir Rita, y se reía y guiñaba un ojo como si fuera un chiste.
Yo le llevaba la corriente porque Rita era buena y nos regalaba lágrimas de menta. Pero en mi fuero in- terno sabía que tanto el Portugués como el Hombre Tiburón habían sido derrotados por el conjuro de la enana y que estaban en algún lugar oscuro presos del hechizo: dentro de una montaña, por ejemplo, que es donde, según cuentan los cuentos, los grandes brujos suelen encerrar a sus oponentes. Nunca dije nada, porque sabía que la magia no había que nombrarla; pero me sentía orgullosa de ser la única en el Barrio que conocía la verdad.
A nuestro nuevo piso se subía desde dentro del club, por una escalerita que había detrás de una cortina, junto al escenario. Durante el día, con el club cerrado, eso no suponía ningún problema. Pero por las noches el ruido, el humo y el resplandor rojizo subían hasta nuestra casa rebotando por los escalones. Al principio aquel mundo subterráneo me asustaba; después aprendí a ser más osada y algunas noches bajaba de puntillas las escaleras y atisbaba, desde detrás de las cortinas, el espectáculo de magia. Porque Segundo y Airelai estaban trabajando en el club nuevamente. Y así, yo les veía a través de una rendija bañados en ese aire rojo que parecía irrespirable, agitando resplandecientes cintas en el aire y creando una lluvia de estrellas de la nada.
Una madrugada tuve que ir a buscar una medicina para doña Bárbara. Amanda me acababa de sacar de un profundo sueño y aún estaba aturdida; bajé los escalones, corrí la cortina y me zambullí, sin siquiera pensarlo, en el ambiente cálido y maligno del local. Había mucha gente y mucho ruido; supongo que los altavoces debieron de atronar en mis oídos, pero lo que recuerdo es el retumbar de música que subía por mis piernas y que se aferraba a mi vientre, como si el lugar me estuviera apresando, como si una mano invisible, temblorosa y gigante, estuviera trepando por mi cuerpo. En el escenario había unas mujeres desnudas con la punta de los pechos centelleante y el aire era una pesadilla del color de la sangre. Corrí hacia la puerta y tuve que empujar espaldas y caderas, todas de hombres; y se agachaban hacia mí rostros terribles, ojos desencajados, bocas bisbiseantes que apestaban a alcohol. A partir de entonces tuve que hacer ese mismo trayecto varias veces: siempre me asustó, siempre me angustió, siempre lo vencí. Viviendo encima del club descubrí la enorme diferencia que había entre el local diurno y el nocturno, entre esa especie de sucio almacén que era el club vacío y ese hormiguero desesperado y sudoroso en que se convertía de madrugada. Y aprendí así algo fundamental: que el infierno no es un lugar sino un estado. Un veneno que llevamos dentro de nosotros.
– Son los pájaros, los pájaros negros -mascullaba débilmente la abuela desde la cama-. Escúchalos cómo aletean, los malditos. Son los pájaros negros que vienen a buscarme.
Pero no eran pájaros, sino aviones. Pasaban los aviones por encima de nosotros y hacían tintinear todos los cristales del lúgubre patio. Había aviones grandes y pesados que volaban muy bajo: se les veía la fatiga en la lentitud de sus movimientos y en el ruido que hacían, que era como el parsimonioso rodar de una enorme roca. Había otros, en cambio, que eran como mosquitos, diminutos y nerviosos, apenas un lejano zumbido y una chispa de luz en el horizonte. Algunos aparatos jóvenes y vigorosos rasgaban el cielo con un sonido limpio y siseante, como quien corta con cuchilla una pieza de raso; y también había aviones ominosos y oscuros que hociqueaban al pasar por encima de nosotros, como buscando el lugar apropiado para soltar sus bombas. Cruzaban todos el cielo de manera incesante, durante el día y durante la noche, criaturas inaccesibles y poderosas que vigilaban nuestros actos desde las alturas, seres imposibles capaces de volar aun siendo de hierro.
– Ahí vienen, ahí vienen -decía la abuela.
Y nunca supe si se refería a los aviones o a esos pájaros que ella sola veía. Estaba muy extraña doña Bárbara. A veces tenía fiebre y a veces estaba tan fría como el hielo. Vino a visitarla un médico joven que se rascó la oreja muy azorado y confesó que no le encontraba nada malo. Pero la abuela seguía encogiéndose todos los días un poquito.
– La culpa es de las sombras de esta casa, que se nos han metido a todos dentro -dictaminó Airelai.
Y debía de tener razón, porque desde el Gran Fuego el mundo parecía un lugar mucho más desagradable. El sol se asomaba dubitativo al tenebroso hueco de nuestro patio y nunca se aventuraba a bajar. Durante el día, la luz de nuestros cuartos era gris y pesada como la de un crepúsculo: reptaba por el suelo de las habitaciones repartiendo sombras en todas las esquinas. Y en el cuarto de la enana, esto es, en el camerino del piso de abajo, ni tan siquiera había ventanas.
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