Rosa Montero - Bella y oscura

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Bella y oscura es el relato alegórico de lo que poseemos sin haber conquistado: la sabiduría de la infancia. Es la evocación de un tiempo pasado, solitario, fermento necesario de la libertad esperada. Es la belleza que la fantasía extrae de la crueldad y de los inocentes olvidados de la niñez.

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Giraba y giraba Segundo con la mujer en brazos, alumbrado por la luz parpadeante de los farolillos, y ofrecía alternativamente la visión de su horrible mejilla desfigurada y la de su perfil intacto; un perfil que era el de siempre pero que de algún modo era nuevo, más fuerte, más oscuro, como poseedor de un secreto terrible, pero también más atractivo, con la atracción del fuego y los abismos. Y bailaba Segundo siendo al mismo tiempo repulsivo y hermoso, mientras Amanda le miraba no como quien reconoce, sino como quien recuerda, perdida quizá en la embriaguez de los giros, en el deleite de esos brazos poderosos, en la memoria de otros bailes y de otras noches de terciopelo como ésta.

Soltaron el aliento los presentes, aliviados o quizá decepcionados al comprobar que nada sucedía. Y viendo las evoluciones de Segundo por la explanada, poco a poco también los vecinos comenzaron a emparejarse y a bailar como dicen que ocurre en los salones de los palacios de los cuentos, cuando el príncipe y la princesa abren el vals y después todos los invitados les secundan, con pasos y giros cada vez más vertiginosos y más alegres. Del mismo modo el Barrio entero secundó el baile de Segundo con Amanda, y al poco rato toda la explanada estaba llena de parejas danzantes. Pero ellos fueron la pareja de honor aquella noche y también quienes bailaron, de entre todos, con más ferocidad y más delicadeza.

Aquella noche, después de la verbena, regresamos a casa todos juntos, aplastados por un silencio envenenado y demasiado lleno de preguntas no dichas. Chico y yo corrimos a la cama nada más llegar buscando el parapeto de las sábanas. Quise permanecer despierta y escuchar, por si pasaba algo; pero estaba tan cansada que me dormí. Poco después me desperté gritando: Amanda me zarandeaba, desencajada, con el niño en los brazos.

– ¡Corre! ¡Corre! -me decía chillando, mientras Chico lloriqueaba medio dormido-. ¡Sígueme y no te detengas a coger nada!

La seguí aturdida por el sueño, sin saber aún qué sucedía; pero salimos al pasillo y olí el humo, y luego vi las llamas lamer la puerta del cuarto del sofá. Me despejé de golpe y no me paré a mirar más; salimos en tropel y en el vestíbulo nos topamos con la abuela, que corría ayudada por la enana. Nos arrojamos escaleras abajo, entre un calor de infierno y una lluvia de ascuas diminutas; los escalones, de madera, echaban humo. Afortunadamente no era más que un piso y pronto salimos a la calle; en la acera se había congregado un buen número de personas y delante de todas estaba Segundo. Amanda sólo llevaba puesta una combinación; la abuela, una bata; la enana, una camiseta; y yo, las bragas y mi bola de cristal con la cadena de plata. Pero Segundo estaba completamente vestido. Delante de nosotros, la pequeña casa humeaba y crujía sonoramente, como si se doliera de las quemaduras. Entonces se escuchó un estallido y una lengua de fuego apareció súbitamente por una ventana. Fue como la señal del comienzo de una carrera: de inmediato surgieron otras llamas en distintas esquinas y en minutos el edificio entero era una tea.

La abuela se echó llorar y esa debilidad tan inhabitual en ella me hizo intuir la dimensión de la catástrofe.

– Mi ropa, mis cosas… -gimió doña Bárbara. -Compraremos más. Compraremos todo nuevo y mejor -rugió ferozmente Segundo sin dejar de mirar el incendio.

– Mis fotos…

– No necesitamos esas fotos viejas para nada.

Crepitaba la enorme hoguera delante de nosotros, atirantándonos las mejillas con su aliento abrasador y escupiendo a la noche un surtidor de chispas. Ninguno de los presentes podíamos apartar la vista del violento y luminoso fuego; y el más absorto en el espectáculo era el propio Segundo, que, un paso más delante que todos, parecía quererse beber esa atmósfera de infierno.

Restallaban las vigas y chillaban los ennegrecidos marcos de las ventanas, pero todo era inútil porque las llamas iban devorando la casa con rápidos mordiscos. Al rato llegaron los bomberos, cuando el edificio ya se había rendido y no quedaba nada por salvar. junto a ellos vino un hombre de pelo canoso que se acercó a Segundo y se puso a contemplar el incendio junto a él.

– Qué mala suerte tienes -dijo desganadamente al cabo de un rato-. Ya es el segundo fuego.

Segundo siguió mirando las llamas sin dar ninguna señal de haberle oído. El hombre se subió la cintura del pantalón. Tenía una pequeña barriga, una camisa más bien sucia, una chaqueta arrugada.

– Ya has sido procesado por incendiario -volvió a decir el tipo.

– Y me absolvieron -contestó Segundo con tranquilidad y sin volver la cabeza.

Callaron los dos un rato, y entonces creí ver que el hombre del pelo cano cruzaba una mirada con la enana.

– En realidad a mí esto no me importa, ¿sabes? -dijo al fin con la misma desgana-. Estoy liado con otros asuntos. Con un tal Portugués y con sus negocios. Unos negocios muy sucios, desde luego. Ahora que caigo, alguien me dijo que tú le conoces. Al Portugués. Que hubo un tiempo en el que erais amigos.

Sacó un cigarrillo arrugado del bolsillo de la camisa, lo encendió y dio unas cuantas chupadas lentas y tranquilas. Durante unos instantes sólo se escuchó el rugir del incendio.

– ¿Sabes? Te voy a contar una historia curiosa que a mí me han contado -prosiguió el hombre en tono casual-. Hace unas semanas llegó un tipo de fuera a meter las narices en el Barrio. Un hombre grandón --. mala dentadura. Bueno, pues ha desaparecido, se ha esfumado. He oído que hubo una pelea, que se movieron las navajas, que alguien lo ha matado. No es que me importe mucho, no lloraré por él, te lo aseguro. Pero, ya ves, tengo la manía de querer enterarme de las cosas. Claro que tú no debes de saber nada de él, ¿verdad?

Segundo no contestó.

– No, claro que no -se respondió a sí mismo el hombre. Y luego, tras una breve pausa-: ¿Y cómo te has roto la cara de ese modo? Es un tajo muy feo… Ya ves, a mí me gusta más la cicatriz de tu hermano. Es más elegante. Como de más hombría.

Dicho lo cual tiró el cigarrillo al suelo y se marchó. Segundo apretó las mandíbulas: vi los músculos brincar junto a sus orejas. Estaba junto a mí, alto y fornido, con su cabeza a varios palmos por encima de la mía. La lumbre encendía sus ojos y se reflejaba en su cara, reverdeciendo la herida de la mejilla, que parecía sangrar bajo el resplandor. Era un rostro intenso y tenebroso rematado por un penacho de chispas. Un rostro sombrío que me recordó algo, quizá un tiempo pasado, quizá una pesadilla, un mal sueño de humo y alaridos, un dragón llameante lamiendo mis mejillas. Me estremecí. A mi lado, Segundo dio un paso hacia delante y escupió sobre la hoguera. Luego se giró, coronado por el incendio como un demonio. Entonces pude verle bien toda la cara. Se reía.

La enana, que sabía mucho de tamaños y de la relatividad de los volúmenes, estaba fascinada por el ser vivo más grande de la Tierra: la ballena. Decía Airelai que siempre le habían cautivado esas criaturas colosales y dulces, ligerísimas en el mar y tristes cautivas de la gravedad en las orillas, en donde a veces embarrancan por alguna enigmática razón para terminar muriendo de su propia grandeza. Y una tarde de aquel verano la enana nos contó la siguiente historia:

«Habréis de saber que las ballenas poseen un cerebro enorme; proporcionalmente, es diez veces más grande que el del ser humano. De modo que son animales muy inteligentes, además de poderosos; pero pese a ello no son agresivos. Eso es lo que más me admira de las ballenas: que, aun sabiendo y pudiendo, sean pacíficas. Estas tremendas criaturas cantan y se comunican, y al parecer tienen un lenguaje muy complejo. Yo sé que chillan y que lloran. Y lo sé porque las he oído y las he visto, o, mejor dicho, he visto y oído a una ballena. Fue hace ya mucho tiempo, pero no la puedo olvidar; y de cuando en cuando tengo que volver a hablar de ella para que su recuerdo no me abrase.

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