Rosa Montero - Bella y oscura
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»Ocurrió en el Oeste, en un período de mi vida violento y oscuro, lo cual, visto desde ahora, me parece más bien, salvo excepciones, el tono habitual de la existencia. Pero por entonces yo era aún tan joven que creía todavía en los períodos de buena y mala suerte. Fui a caer, por razones que no vienen al caso, en una pequeña ciudad costera que no tenía nada que recordar, ni siquiera su nombre. Era verano, pero el tiempo estaba extraordinariamente fresco, con las temperaturas más bajas durante décadas. Eso debió de influir en la trayectoria del cetáceo; o quizá no, y simplemente se tratara de un individuo aventurero. El caso es que un día la pequeña flota pesquera regresó a puerto arrastrando tras de sí un animal enorme; era, cosa extraordinaria, una ballena, aunque jamás se habían visto ballenas en esas costas. Los pescadores se emocionaron con el inesperado encuentro y acordaron unir la fuerza de sus barquitos para cobrar la pieza. Con ayuda de los bicheros, de los arpones de pescar pulpos y de la pacífica inocencia del cetáceo, consiguieron alancear a la criatura y enredarla de cables y de redes hasta dejarla inerme. Y así herida y cautiva la arrastraron al puerto.
»La llegada de la ballena supuso una conmoción en la ciudad, porque los lugareños nunca habían tenido la oportunidad de ver una de cerca. De modo que llevaron al animal hasta el muelle viejo de madera, lo ataron a los pilotes con los cables de los arpones y lo dejaron de exposición, para que todo el mundo pudiera verlo. Y vinieron de la ciudad, y vinieron de los pueblos vecinos, y de las granjas: familias enteras, pandillas de jóvenes, autobuses de a ue os, chicas casaderas y padres con sus hijos pequeños, unos niños que chillaban de deleite y aplaudían con sus manos chiquitas al contemplar a ese ser formidable. Y mientras tanto la ballena forcejeaba intentando liberarse y se clavaba más profundamente los hierros en su cuerpo. 0 bien se mecía fatigada en el agua limosa, sangrando mansamente de sus muchas heridas. Tenía la sangre roja, como nosotros.
»Yo he sido testigo de espantos que no tienen palabras. He visto cojos apedreados por ser cojos, negros quemados vivos por ser negros, ancianos matados de hambre por sus hijos, niñas violadas por sus propios padres. He visto degollar por un paquete de cigarrillos y destripar en el nombre de Dios. Hay gentes que disfrutan de este infierno y yo los conozco bien, porque a menudo me he visto obligada a convivir con ellos. Con los sádicos. Sospecho que las enanas atraemos a los tipos crueles, como las luces brillantes a las polillas. Quizá porque les recordamos a los niños, que son sus víctimas predilectas; o porque nos creen frágiles. Pero yo poseo la gracia y soy poderosa. Por eso siempre les he sobrevivido.
»De entre todos los tipos de crueldad que he conocido, el más extendido es el de aquel que ignora que es cruel. Así son los humanos: destrozan y atormentan, pero se las arreglan para creerse inocentes. Y eso fue lo que sucedió con el cetáceo. Yo estaba casualmente en el puerto cuando volvió la flota, de modo que fui una de las primeras personas en ver a la ballena. Me sobrecogió su magnitud: ocupaba todo el muelle, de punta a punta. Tenía la piel parda y rugosa, con moluscos y anémonas pegados a sus flancos, y, si se quedaba quieta, más que un animal parecía una roca. Pero en algún lugar de esa masa de carne había un pequeño ojo que miraba al mundo enemigo con angustia. Con el tiempo aprendí a reconocer en la criatura distintas expresiones y distintos tonos de voz. Porque chillaba. Desde aquella primera mañana chillaba audiblemente la ballena amarrada a sus lanzas.
»Pasaban los días y el cetáceo se hizo tan popular que el número de visitantes aumentaba y se fue organizando una pequeña industria. La Hermandad de Pescadores comenzó a cobrar entrada al muelle a la segunda semana y algunos comerciantes avispados montaron unos cuantos tenderetes de postales y re- cuerdos, de bebidas y bocadillos. Incluso había un fotógrafo que te retrataba, por un módico precio, contra la masa enorme y erizada de hierros de la cautiva.
»Al principio iba todas las tardes a verla y los empleados de la Hermandad no me cobraban la entrada: les debía de extrañar mi comportamiento y posiblemente creyeran que, además de ser enana, padecía también cierto grado de idiocia, que es lo que muchas almas rudas suelen pensar de los que son distintos. Me quedaba un buen rato con la ballena, pero las aglomeraciones, las risas y las fiestas de los visitantes terminaron rompiéndome los nervios. Entonces empecé a ir por las noches, cuando no había nadie; me sentaba en el borde del muelle, con las piernas colgando, y acompañaba al animal hasta que amanecía.
»De cuando en cuando, cada vez más espaciadamente, la ballena forcejeaba con furia contra sus ligaduras; los arpones se enterraban un poco más en la carne, se abrían las heridas, el agua enrojecía en torno a ella. Yo entonces le hablaba suavemente y le aconsejaba que no hiciera eso, que sólo podría traerle más dolor. Pero ella continuaba con sus inútiles esfuerzos; creo que no entendía mi idioma, o quizá fuera más importante para ella la esperanza de libertad que el sufrimiento. Aunque no comprendiera mis palabras, aunque no siguiera mis consejos, yo confiaba que mi presencia le fuera de alguna ayuda. Eran unas noches muy solitarias y nos las pasábamos mirándonos. Ella chillaba desgarradoramente en ocasiones y en otras gorjeaba con dulzura, como un pájaro; quizá me estuviera hablando entonces de las otras ballenas de la manada, del placer de zambullirse en las aguas profundas, de los ricos pastos de plancton en el hermoso mar del Norte.
»Transcurrió así un mes de tortura y luego otro. Y mi ballena no se moría. La hubiera soltado, pero me fue imposible desatar o romper los cables de acero. La hubiera matado, pero cómo conseguir matar a una criatura tan grande siendo yo tan chiquita. Su pétrea y hermosa piel se fue agrietando; ya no era parda, sino de un color gris ceniciento. Al final apenas si se movía; llevaba ochenta y siete días atada al muelle y ¡os visitantes empezaban a escasear. Entonces llegaron los pescadores en unas lanchas y arrastraron a la criatura hacia la playa, hasta vararla en la arena. Y se pusieron a descuartizarla con sus grandes cuchillos.
»Desde entonces he leído mucho sobre ballenas, buscando en los libros algún consuelo contra el horror. Así he aprendido, por ejemplo, que una ballena varada fuera del agua fallece al poco tiempo, porque el peso de su propio cuerpo colapsa sus pulmones. Pero la empezaron a descuartizar inmediatamente y aún estaba viva; y se necesita cortar mucho hasta llegar a los órganos vitales de un cetáceo. No chilló, sin embargo. Creo que lo hizo por mí, para que no la oyera.”
Después de la noche del Gran Fuego sucedieron varias cosas que nos cambiaron la vida. En primer lugar nos tuvimos que mudar puesto que la antigua pensión había quedado reducida a unas cuantas ruinas achicharradas. Nos fuimos a vivir enfrente, encima del viejo club en donde Segundo y la enana hacían su espectáculo de magia. Era un lugar mucho peor que el que ocupábamos antes: un piso diminuto, húmedo y oscuro cuyas ventanas daban todas a un patio interior que parecía un pozo. Ya no había cuarto para los gatos y la abuela no ocupaba dos habitaciones sino solamente una y muy pequeña, con una camita arrimada a la pared que nada tenía que ver con la majestuosa cama de madera desde la que doña Bárbara reinaba en la otra casa. Segundo se había quedado con la mejor habitación para él y para Amanda, pero tampoco era gran cosa. En cuanto a Chico y a mí, compartíamos camastro en un cuarto tan estrecho que parecía un pasillo. Segundo había mentido cuando dijo, durante el incendio, que tendríamos mejores casas, mejores muebles y una mejor vida.
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