El viento norte por momentos arreciaba y hasta llegó a tumbar un pino montado sobre un macetón con forma de barril. Había volado buena parte del arreglo floral de la glorieta -unas guirnaldas de enredadera trenzada con flores azules, rojas y violeta- y muchos pétalos habían caído a la piscina. Allí, como pequeños velámenes, patinaban sobre el agua para terminar agrupándose en el ángulo sur. Cada cinco o diez minutos, un gordo de remera y bermudas verdes trepaba a la tarima de madera que cruzaba la parte baja como un puente y desde allí, manipulando una caña con paleta de tejido de red, pescaba los pétalos y en un mismo movimiento alzaba la caña y los hacía volar por sobre su cabeza, hacia el sur. Las gotas de agua ni debían llegar al piso. Los pétalos se perdían volando hacia la calle Quintana y difícilmente llegasen al suelo antes de recorrer centenares de metros volando en remolinos.
Ella, nadando, había aparecido con una flor azul en la boca.
– Es rica! -Había dicho riendo y la flor se despegó de sus labios y se fue navegando hacia el ángulo sur.
Acababa de conocer su voz, pero en el agua. Después, en el borde de la
piscina, sobre la zona del hidro, bebían agua mineral y ella dijo que impresionaba ver tantos mozos sudando a la par, y reconoció ese mismo acento: cantarino.
Antes, en el agua, cuando había cruzado desde el hidro hacia la parte más profunda nadando pecho y aún no había escuchado su voz, imaginó su boca de lengua y encías brillantes, y se la figuró llena de pétalos azules. Entonces, al besarla, los pétalos pasarían a su boca, como los adolescentes se pasan sus gomas de mascar. Anticipó un sabor a flores maceradas, y deseos de besarla y, manteniendo unidos los labios, compartir un desmenuzado bolo de flores dulces.
No era una mala idea para aquel domingo, pero tampoco parecía el momento de proponerla. En cambio le pidió que repitiera la frase que había dicho nadando. Ella no la recordaba. Tuvo que decírsela y entonces le repitió varias veces "es rica" modulando diferentes acentos y ensayando distintos dibujos en la forma de su labios como para acertar con el énfasis que habría querido volver a oír.
"Obedece", pensó.
Era muy curiosa: preguntaba, insistía. No podía contarle el motivo por el que estaba en la celebración y pensó no responderle, pero no debía contrariarla: se había prometido que compartirían flores boca a boca, o que harían algo que suplantase a ese justificado capricho.
Además, también estaba en juego su propia curiosidad. Desde el primer momento en que la vio venía pensando que formaría parte de un "plantel", es decir, del servicio de acompañantes contratadas.
Es fácil convocarlas a una de estas reuniones: se paga un básico, no más de veinte dólares por muchacha o modelo, y un premio en el caso de que terminen saliendo satisfactoriamente con alguien de la lista privilegiada por el anfitrión. De lo contrario, todo se libra al azar: si la chica hace su cita con algún participante que no figura en la lista, lo que pueda obtener ser su propio beneficio, del que tal vez deba rendir alguna comisión a la agencia.
Ella insistía, preguntando:
– ¿Cómo fue que viniste a parar aquí?
Le dijo que vivía afuera y que el Karina había invitado gente de su country porque pensaban que entre tanta gente que estaba yéndose a vivir lejos, alguien se convertiría en cliente del apart cuando tuviera semanas de mucha actividad en el centro de la ciudad, o para esos días en que las familias no se soportan. Ella creyó. Contó que la habían invitado unas amigas, pero que no habían aparecido. Ahora calculaba que estarían durmiendo:
– O habrán cambiado de idea y me cagaron…
Los mariachis habían estado recorriendo las mesas y ahora se acercaban a la sombra vecina al hidro. Venían a dedicarle una canción a ella. Rato antes habían rodeado a una pareja de cuarentones y le cantaron a la mujer el bolero "Pecadora".
Para ella eligieron un vals peruano. En verdad, aun sin flores en la boca, ella tenía un aire de vals en la manera de moverse, aunque los mariachis no parecían la clase de artistas capaces de reparar en eso.
Sudaban mucho. Dos de ellos vestían pantalones gruesos de montar y unos chalecos de cuero tachonados con estrellas de metal blanco. La seda de las camisas y el reborde del cuello de los chalecos estaban empapados de sudor. Un guitarrista se secaba las palmas en sus pantalones. El otro tocaba fumando con una boquilla: en los estribillos de la canción el humo salía de su boca en forma de volutas que se disolvían por el viento. Interpretaban un tema romántico sobre un amor perdido. A ella parecía gustarle: el autor hablaba de la piel de una mujer, sus altos hombros y su perfume. Como el hombre debía estar lejos, se trataba de una mujer evocada y el guitarrista que interpretaba la primera voz simulaba ensoñarse y sufrir. Cuando terminaron los aplausos y ya preparaban otra serenata para un grupo que estaba en la parte profunda de la piscina comentaron eso: que el tipo parecía soñar y sufrir.
Cuando ella dijo que la canción le había encantado le preguntó si le había gustado la imagen de sufrimiento que componía el cantor y ella dijo que sí, que la expresión le había gustado porque parecía verdadera, pero que lo que más le había encantado -repetía la frase "me encantó", como cantándola- era verlos sudar tanto, a la par, a los tres.
Ahora los escuchaban por los bafles. Interpretaban un bolero desconocido y se los veía de espaldas, en el ángulo noreste de la piscina. Algunas de las mujeres del grupo al que enfrentaban también parecían ensoñarse. Comentaron que no sentirían lo mismo si escuchasen el mismo tema, por las mismas voces, pero desde las radios de sus autos: también en eso estaban de acuerdo.
Entraron a la pileta por la parte baja y nadaron hacia el hidro.
Vistos desde allí, los músicos parecían cantar hacia el cielo. Sus disfraces gris-plateados se recortaban sobre el fondo de un edificio de departamentos y eran como ángeles espiados por esos rectángulos negros como ojos de oscuridad acuciante.
¿Escucharían la música desde aquellas ventanas cegadas? En el agua, el zumbido de las turbinas del hidro impedía escuchar cualquier cosa que no fuese una voz clara, hablándole al oído. Por ejemplo, la voz de ella, preguntando:
– Eso negro… ¿No te da la sensación de que estarían espiando…?
– Sí… -mintió: ni se le había ocurrido pensarlo.
Dejándose flotar con los brazos y las piernas extendidos, la presión del chorro del hidro los impulsaba lejos de la turbina pero al cabo de unos metros los integraba a una contracorriente que los devolvía al punto de partida. Podrían pasar la tarde flotando y girando, imaginando que alguien espiaba sus juegos desde atrás de aquellas telas negras. Eso dijeron:
– Si no se nubla se podría pasar toda la tarde dando vueltas con el remolino…
– Y si se nubla también…
– No… Si se nubla no se podría aguantar el agua helada.
Ella decía que sí, que el agua helada le encantaba.
– Te endurece la piel… -decía.
El chorro principal era una masa blanca de burbujas. Un cartel ubicado en el borde, decía en letras de bronce la palabra "ozone".
– ¿Será verdad que las burbujas son de ozono?
Le dijo que no: debían ser puro aire a presión.
– Pero hace igual cosquillas… -Justificó.
Ella tampoco conocía los efectos del ozono sobre la piel. Pero la presión y el agua renovada que debían inyectar desde los tanques producían escalofríos. En las piernas y los brazos se le notaban zonas erizadas. Flotando, se preguntaba si ella habría orinado en el agua porque él había estado un par de veces a punto de hacerlo.
Dejándose llevar, flotando boca arriba y moviendo apenas los brazos y las manos, su cuerpo iba recorriendo un óvalo de tres o cuatro metros de diámetro. De esa manera, en el curso de un minuto, tenía una imagen de todos los bordes de la piscina. No había más de una docena de personas alrededor. Los del borde más cercano, que estaban de pie, tal vez dudando entre volver a zambullirse o ir a refugiarse en la sombra, cerca de las mesas y al reparo del viento, parecían gigantes. Los del ángulo de la parte baja, lejanos y sentados con los pies en el agua, parecían pequeños y agotados. ¿Cuántos de ellos habrían orinado en la pileta?
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