– La gente es muy boluda… -decía un asistente de relaciones públicas del Sheraton que estaba a cargo de un curso de protocolo para los nuevos funcionarios-: La gente va a besar y se imagina que apoyando los labios o la mejilla contra la cara del otro, como el otro no lo puede ver, no habría nadie más en el mundo que pueda ver lo que su cara expresa. Por eso ustedes tienen que mirar bien -aconsejaba- y registrar la manera de comportarse de la gente en público para no hacer después las mismas boludeces…
En una de las sesiones les había propuesto un ejercicio. Debían ir al bar, justo a la hora en que la gente de oficinas aparecía por el hotel a tomar algo, y observar qué hacían las mujeres cuando salían del baño. Casi todas las mujeres iban al baño poco antes de dejar sus mesas, cuando sus acompañantes pedían la cuenta y se disponían a pagar. Al cabo de media hora los muchachos volvieron con sus blocks de notas, unos pocos comentaron que las mujeres salían del baño mirándose u oliéndose los dedos.
En la sesión siguiente les hizo repetir la observación comprobando que, en unos pocos minutos habían visto entre doce y quince mujeres de las cuales no menos de ocho, -diez, según algunos- habían salido oliéndose.
Por suerte conservaba los manuales de capacitación de los cursos que había seguido en el Sheraton. Varias veces lo habían mandado a Chicago, Santo Domingo y a Nápoles a distintos seminarios que eran parte de su formación. Ahora, manuales, folletos y brochures, algunos firmados por los profesores y por sus compañeros de curso se ordenaban en un estante destacado de la biblioteca del living de su casa. Y eran el mejor recuerdo de su paso por Sheraton.
Era un convencido de que no hay que prestar libros porque la gente los lleva excitada por un entusiasmo de momento y la mayoría de las veces olvida leerlos, de modo que el libro queda por ahí, perdido como la memoria de ese préstamo, hasta que un día, limpiando y ordenando, alguien termina por ubicarlo en el estante de la biblioteca que mejor se correspondiese con su tamaño, o sus colores y el libro pasa a formar parte del mobiliario y si por azar quien lo llevó prestado recuerda su promesa, eso que ahora es un detalle más del patrimonio familiar, desalienta toda intención de devolverlo a su dueño.
Pero él también había prestado libros por error, y aunque no llevaba la cuenta, también poseía libros procedentes de préstamos ocasionales.
Pero jamás prestaría los manuales de sus cursos, ni permitiría que cualquiera los consulte. No descartaba que alguna vez podría escribir un libro sobre marketing hotelero y aquel estante sería la mejor orientación para planificarlo.
Pressing Flesh -"prensando carne"- llamaban en Chicago a la manera de saludar de las figuras públicas americanas. El hábito venía de los políticos, que en sus campañas electorales tenían como meta estrechar la mano de la mayor cantidad posible de electores. Hubo uno que contrató a un asistente que se ocupaba exclusivamente de llevar la cuenta.
En las convenciones republicanas se consideraba que una buena performance de campaña requería cumplir la media de cuatro saludos por minuto, de modo que si el precandidato permanecía cuatro horas en el encuentro, no podía darse por satisfecho si realizaba menos de novecientos apretones de carne electoral.
Siguiendo a los Kennedy, los demócratas que solían hacer sus convenciones en el campus de alguna universidad o en centros comunitarios perfeccionaron la técnica: tomando con la palma izquierda la muñeca derecha de uno de cada tres o cada cuatro participantes que estuviese saludando, el apretón de manos ganaba calidez, y, paradojalmente, duraba menos. Hay un video de la campaña de Joe Wallace, el candidato más joven que compitió por el estado de Connecticut, que lo muestra saludando satisfactoriamente a ciento diez convencionales en el lapso de apenas veinte minutos que dura la grabación.
La Cementera no sólo sabía besar mujeres. También dominaba el pressing flesh con una elegancia comparable a la de Hillary Clinton. Tal vez habría hecho un curso en Estados Unidos, pero a diferencia de los políticos, no parecía apurada por sacarse de encima a sus elegidos. Cuando los fotógrafos estaban por fijar la escena mantenía la mano extendida y prolongaba su sonrisa hasta que las cámaras enfocaban hacia otro lugar.
Traía un vestido de seda color rosa té. Parecía no tener maquillaje, pero algo se habría hecho en la cara, tal vez una línea de color en los párpados, o una sombra de rubor en los labios y las mejillas. Dos aros, un collar y una pulserita delgada de oro blanco o platino, engarzaban, cada uno, una piedra verde de talla oval.
Calzaba unos zapatos del color de la seda de su pollera. Los tacos parecían exageradamente altos: en cualquier caso, el pelo teñido de rubio no alcanzaba a la altura de los hombros de la gente de estatura normal.
Casi le resultó una mujer petisa, pero era evidente que se trataba de una petisa que sabía comportarse como si fuese alta. Venía acercándose. Era su turno:
– Cómo le va…! -Fue lo único que le dijo, aunque con esa voz ahuecada
y suave, cualquiera que hubiese oído habría pensado que lo conocía o que lo había visto alguna vez.
Pero nunca la había visto personalmente. Aunque hacía varios minutos que estaba en la terraza, con tanto viento y no menos de treinta grados de temperatura, tenía la mano helada, como si estuviera aún bajo efectos de la refrigeración de su Mercedes.
Parecía más vieja que en las fotos de las revistas y se le notaba el estiramiento de la piel de la cara. Como suele ocurrir, aunque en ella se lo veía en un grado menor, la cirugía, eliminando las marcas de expresión, le había tensado la piel de los ojos y suavizando todo artificialmente, le había dejado una carita de conejo.
Ya estaba saludando a otro, a quien seguramente conocía porque se disculpaba:
– Pena que no pueda quedarme a los brindis… Tengo un bautismo en el campo de Luján y estoy comprometida a llegar antes del postre…
Después oyó que le decía al Mecánico que el lugar era "hermoso" y "encantador" y que esperaba que todo saliera tan bien como había comenzado.
Cuando el animador anunció que se presentaría un grupo de mariachi que estaba de moda en Punta del Este la vieja aprovechó para despedirse de todos levantando una mano y haciendo ademanes de tirar besos a los que seguían en la piscina salió por la puerta de los vestuarios acompañada por uno de su custodios y el Mecánico, que la guiaba, tomándola de un brazo.
El gerente no volvió a ver al otro custodio, ni a los muchachos disfrazados de fotógrafos que anduvieron por los tanques de agua vigilando todo. Buscándolos con la mirada, evocaba el tacto frío de la mano de la vieja. Parecía un pez recién salido del agua helada del mar: un pez rosado. Recordó la escena del vestuario y se le ocurrió pensar que el pene del custodio, también rosado, debía ser frío como un pez, o como la mano de la vieja.
Y era vieja: poco después de que saliera, ensayó un fielding y calculó que había sido la persona de mayor edad entre medio centenar de invitados y más de una veintena de gente del personal que, hasta ese momento, habían pasado por la terraza.
Debía tener setenta: diez años más que su suegra.
¿Qué puede contar de todo esto un marido? El Mecánico le había dicho que invitara su esposa.
– Todos van a venir con sus mujeres, o con mujeres… No se olvide que lo único que tenemos que hacer es celebrar… No quiero verlo con cara
de ejecutivo en medio de la joda.
Eso sí se lo había contado a su mujer. Ella estuvo de acuerdo en que no correspondía que fuese: habría gente de la noche, novias de futbolistas, modelitos de algún servicio de acompañantes y, hasta peores que ellas, andarían por ahí las mujeres de los socios, ricachonas, guarangas.
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