Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– ¿Qué es? -fue con el extraño objeto hasta donde estaba su madre.

– ¿De dónde lo sacaste?

– Del arcón. Del cuarto de papá.

– ¿Con qué permiso? ¿No sabes que no debes espiar ni revolver sus cosas?

– No revolví -se asustó el niño-. Dejé la ropa como estaba. Pero encontré esto.

– Devuélvelo a su sitio -ordenó Aldonza con dulce severidad-. Y no te metas en ese cuarto en ausencia de tu padre.

– Está bien -vaciló, hizo girar el estuche entre los dedos-. Pero… ¿Qué es?

– Un recuerdo de familia.

– ¿Qué recuerdo?

– Sólo sé que es un recuerdo de familia. Una esposa no debe hacer preguntas a su marido si al marido no le agrada contestar.

– Entonces… debe ser algo feo.

– ¿Por qué?

– Papá siempre contesta. Yo le voy a preguntar qué es.

– Por ahora ve a poner ese estuche en el mismo lugar de donde lo sacaste, Y cuando regrese tu padre, trata de no molestarlo con preguntas innecesarias.

– Quiero saber qué es este recuerdo de familia.

Diego Núñez da Silva había partido esa mañana hacia los confines de una hacienda para atender indios enfermos. El feudatario había venido a buscarlo personalmente. Estaba nervioso: temía el comienzo de una epidemia, aunque no sabía con precisión de qué se trataba.

– ¿Qué es una epidemia? -le preguntó Francisquito.

– La propagación rápida de una enfermedad.

– ¿Y cómo se la cura?

– No diría que se cura: se frena -señaló la petaca con instrumentos a Luis, para que la alzara, mientras con la otra mano pedía al encomendero que se mantuviese tranquilo.

– ¿Se la frena? ¿Como a un caballo?

– No exactamente: se la aísla. Se la encierra con una especie de muro.

– ¿Construir un muro alrededor de los indios con epidemia?

Núñez da Silva rió:

– Sólo en sentido figurado. Primero habré de enterarme si es cierto lo que llegó a oídos del capataz.

Esa noche, apenas regresó Francisco le descerrajó la pregunta:

– ¿Qué contiene el estuche rojo guardado en el arcón?

– Déjalo desensillar -protestó Aldonza.

– ¿Es epidemia? -intervino Diego.

El padre revolvió los cabellos de Francisco y se dirigió al hijo mayor:

– No, felizmente. Creo que al capataz le nació esa sospecha por miedo. Es un hombre demasiado cruel. Exige tanto a los indios que viene soñando con la epidemia que ellos le desencadenarán como represalia.

Los ojos de Francisco seguían clavados en su padre aguardando la respuesta.

– Te hablaré sobre el contenido del estuche -contestó al rato-. Pero antes habré de lavarme; ¿de acuerdo?

El pequeño no podía disimular su alegría. Corrió a seleccionar algunas frutas, las enjuagó y ordenó sobre una bandeja de cobre. Los higos maduros, negros y blancos, alternaban con las granadas lustrosas. Su padre tenía predilección por ellas.

Don Diego ingresó al comedor con ropa nueva. Exhalaba la frescura de su baño. El cabello y barba húmedos lucían más oscuros y brillantes. Traía el misterioso estuche, que depositó sobre la mesa. Francisco se instaló a su lado. También se acercaron Diego, Isabel y Felipa. Aldonza, en cambio, se alejó; parecía no interesarle el asunto. En realidad la inquietaba; pero no se atrevía a expresar su malestar de otra forma que con el silencio.

– Es un recuerdo de familia -advirtió el padre-. No se decepcionen.

Deshizo el nudo en que terminaban las vueltas del hilo. Acarició el brocato gastado que no llevaba inscripción alguna. Levantó la mirada en busca de más luz y pidió que le acercaran el candelabro. Las llamas próximas y fuertes arrancaron brillo a la vieja tela.

– No tiene valor material. El espiritual es inestimable. Abrió la tapa. Todos pudieron ver.

– Una llave.

– Sí, una llave. Una simple llave de hierro -carraspeó, elevó las cejas y dijo-: En la empuñadura tiene una grabación; ¿la alcanzan a ver?

Se acercaron. El padre ajustó la posición del candelabro. Distinguieron un dibujo.

– Es una llama de tres puntas -explicó-. Puede ser la llama de una antorcha. Eso parece. Un símbolo, ¿no? Tampoco la grabación es excepcional. Entonces -volvió a carraspear-, ¿por qué guardo este objeto en un estuche y lo considero valioso?

Francisco acercó su cabeza hasta casi tocar la llave con su nariz, pero no descifraba el enigma. Don Diego se la entregó.

– Tócala. Es de hierro puro. No tiene plata ni oro. Me la entregó mi padre, en Lisboa. A él se la dio su propio padre. Proviene de España, de una hermosa casa de España.

Francisco la levantó con delicadeza y la sostuvo con ambas manos como hacen en la misa con el cáliz sagrado. La luminosidad oscilante del candelabro reverberaba en su rugosa superficie. Parecía emitir un fulgor propio: la llamita grabada en la herrumbada empuñadura se encendió también.

– Pertenece a la cerradura del pórtico majestuoso que atravesaron muchos príncipes. En esa residencia había un salón bellísimo donde se efectuaban reuniones en torno a documentos preciosos que ahí se escribían y copiaban. Fíjense en la textura de la llave. Fue labrada por un herrero de reconocida santidad. Utilizó limaduras de metal que nunca habían pertenecido a un arma, que jamás hirieron a un hombre. La tenue pátina amarillenta que ahora la recubre es como la túnica que protege algo nunca mancillado. La tuvieron en sus manos grandes príncipes, recuerden, de cuya dignidad y sabiduría apenas podemos ser una imperfecta imitación. Cuando esos príncipes, por razones ajenas a su voluntad, no pudieron seguir concurriendo al espléndido recinto y nuestros antepasados tuvieron que abandonar la residencia, cerraron el macizo pórtico y decidieron custodiar la llave. Sí, esta sencilla y, al mismo tiempo, preciosa llave, que simboliza los documentos, el recinto, la entera asamblea de dignatarios, el magnífico hogar de nuestros ancestros españoles. Mi bisabuelo ató la llave a su cinto. No se desprendió de ella jamás. Cuando lo visitó el ángel de la muerte, ni siquiera la debilidad de su agonía ablandó la mano que se cerraba con obstinación sobre la empuñadura labrada. Su hijo, es decir, mi abuelo, tuvo que arrancársela, llorando, como si cometiera un sacrilegio. Entonces confeccionó un estuche y lo forró amorosamente con brocato para que no se repitiera la penosa historia de forzar a un muerto. Mi abuelo recomendó a mi padre que cuidara esta pieza como si fuese un tesoro. Mi padre a mí. Y yo a vosotros.

Reinaba un pesado silencio. Los cuatro hijos de Diego Maldonado da Silva estaban transidos. La luz de las velas pintaba de grana sus mejillas.

El padre acercó la reliquia a los ojos de Diego, de Felipa, de Isabel y de Francisco.

– Observen de nuevo la llamita de la empuñadura. ¿No les parece enigmática? ¿Imaginan qué significan las tres puntas? ¿No?… Miren: parecen tres pétalos erguidos sobre una gruesa barra horizontal. O tres avecillas sobre una rama.

Esperó las conjeturas de sus hijos, pero la perplejidad no los dejaba emitir opinión.

– Alguna vez lo sabrán -aproximó el signo a sus labios y lo besó. Los príncipes y nuestros antepasados confiaban retornar a esa casa. Por eso guardamos la llave.

Francisco balbució una pregunta:

– ¿Podremos retornar?

– No sé, hijo, no sé. Cuando yo era pequeño soñaba convertirme en uno de esos legendarios príncipes y abrir el majestuoso pórtico.

La pequeña Alba Elena se despierta sobresaltada y empieza a llorar. Su madre la alza. Francisco Maldonado da Silva intenta acercarse a ellas pero las manos de los oficiales, inflexibles como argollas, le aprisionan los brazos. Su atónita esposa, con la criatura rodeándole el cuello, avanza hacia el grupo de pesadilla iluminado por la lámpara del teniente Juan Minaya.

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