Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– El conocimiento es poder -repetía don Diego a los desparejos estudiantes apretando los puños sobre la mesa-. Es un extraño poder que no se compara con el acero, ni la pólvora, ni el músculo. Quien conoce, es poderoso.

Fray Antonio Luque, el severo superior de los mercedarios que le había provisto generosamente los retoños del naranjal, no opinaba de igual forma. Luque era un sacerdote rudo a quien el Santo Oficio de la Inquisición invistió con la jerarquía de familiar [7] . Usó un tono amable para asestarle la refutación aplastante:

– El conocimiento es soberbia -dijo con lentitud; cada palabra goteaba hiel-. Por querer engullir el conocimiento fuimos echados del Paraíso.

Y refiriéndose a la academia del patio de los naranjos, la descalificó redondamente:

– Es una excentricidad.

Por si no hubiera sido bastante categórico, añadió:

– Es absurdo que estudie toda una familia. Para la educación de las mujeres basta con aprender labores manuales y el catecismo.

Diego Núñez da Silva lo escuchó con respeto. Sabía cuánto riesgo implicaba ofender su autoridad de familiar. Después de cada frase, aunque no lo convencía, bajaba los párpados y hasta inclinaba su cabeza. El rígido sacerdote era pequeño y de mirada furriginosa. El médico era alto y de ojos tiernos. Pero el médico, obviamente, debía ceder ante la fuerza del pequeño sacerdote. Aunque no tanto como para clausurar la academia. Se limitaba a decir que reflexionaría sobre sus criteriosas palabras. Pero no despidió a fray Isidro, ni limitó las horas de clase, ni excluyó a las mujeres del aprendizaje. Su escuela debía proseguir y fray Antonio Luque reconocería probablemente su valor cuando se convenciera de que no lesionaba la fe.

Diego Núñez da Silva dedicó tiempo y presencia a su creación. Algunas tardes se incorporaba a la mesa de estudio para insuflar ánimo. Escuchaba, preguntaba, anotaba. Jugaba de discípulo. El afectuoso Isidro le inducía a completar datos y explicar mejor ciertos problemas.

– Es usted, don Diego -insistía el fraile-, quien borra las dificultades de la geografía y la aritmética. En cuanto a la gramática y la historia, las convierte en materias subyugantes. ¿Cómo no admirarlo? Yo enseño a lo bruto. Sin desmalezar y sin regar.

– Exagera. Si usted no desmalezara -reía don Diego-, poco valdrían mis intervenciones.

– Usted nos entusiasma. Y en cuanto a mí, reconozco que me propina oportunos castigos a mis accesos de soberbia. Es bueno que a uno le recuerden que es insignificante y achacoso.

Aldonza contemplaba embelesada al esmirriado sacerdote. La enternecía su maciza humildad. Era un buen modelo para su propio ideal de modestia. El sometimiento y la humillación la conmovían.

Fray Antonio Luque convocó a Isidro Miranda para que le «informase» sobre la «ridícula academia». El corto funcionario no quería descripciones ingenuas. Quería algo que se sintetizaba en una palabra sonora, inequívoca y enaltecedora: denuncia . La denuncia de costumbres, frases, opiniones y hasta alusiones sutiles que permitiesen atrapar la punta de un hilo que llevase a la inmunda cueva del demonio. Le formuló media docena de preguntas que el buen Isidro contestó en seguida con sus ojos más protruidos que nunca: eran dos globos que flotaban delante de su cara. Después el familiar le asestó un reproche:

– ¿Qué ocurrencia fue esa de armar un quatrivio ? -su mirada emitía rayos-. Sí, un quatrivio insólito para esta parte del mundo. ¿Qué necesidad existe de enseñar historia, aritmética, geografía y gramática en este desierto de la cristiandad? Son cuatro disciplinas para centros calificados, no para Ibatín. Lo único que falta para completar este grotesco es que incorpore como alumnos de sus clases a los esclavos.

Fray Isidro apretaba la cruz que le colgaba al pecho.

– Usted enseña materias fastuosas para seres miserables. Riega en la arena. ¡Absurdo!

Se levantó, dio un par de vueltas en la oscura sacristía y levantó el índice hacia el cielo.

– Además, cometió un olvido imperdonable: marginó la teología, la reina de las ciencias. ¿Cómo pretende que entiendan el mundo sin la teología? Si usted y ese médico portugués altamente sospechoso quieren cultivar almas, como dicen, enseñe por lo menos un rudimento de teología. ¡Un rudimento!

A la tarde siguiente fray Isidro abrió el ajado cuaderno que conservaba desde sus años mozos e impartió la primera clase de teología. A su término, Diego, el hermano mayor, dijo que le gustaría aprender latín. El fraile se sorprendió:

– ¿Latín?

– Para entender la misa -contestó el muchacho en disculpas.

– No necesitas entenderla -explicó el sacerdote-: basta con asistir, escuchar, emocionarse, comulgar. Y creer.

– ¡Yo también quiero aprender eso! -exclamó el pequeño Francisco.

– «Eso» se llama latín.

– Sí, latín.

– No tienes edad suficiente -sentenció fray Isidro.

– ¿Por qué?

El sacerdote se acercó al niño y le apretó los hombros, cariñosamente.

– Todo no se puede saber -dijo.

Lo soltó, caminó con paso lento en torno a sus alumnos y se dirigió al ausente don Diego: «Saber, no siempre es poder.»

Dio por finalizada la clase. Cada uno recogió sus útiles.

Contrariamente a lo previsto, en un par de semanas comenzó a impartir lecciones de latín. Diego y Francisco lo estudiaron como si fuese un juego. Machacaban las declinaciones mientras saltaban la cuerda y se entretenían con la práctica del tejo. Enterado de esta novedad, fray Antonio Luque se permitió emitir un destello de aprobación. Pero aún no se alejaban de su espíritu alerta las ominosas sospechas de herejía.

Francisco Maldonado da Silva ha cumplido 35 años de edad. Se ha trasladado a Concepción, en el Sur de Chile, para evitar el zarpazo de la Inquisición. Tiene un sueño ligero y sobresaltado, Intuye que en algún momento, que en una de esas noches, sucederá. Esboza planes pero los desecha por ingenuos. Ambos -él y la Inquisición- tendrán que encontrarse, fatalmente.

Oye ruidos en torno a la casa. Su presentimiento deviene realidad. Imagina a los soldados con la orden de arrestado. Ha llegado el instante. Se levanta silenciosamente. No debe asustar a su esposa e hijita dormidas. Se viste en la oscuridad. Los esbirros suelen actuar brutalmente y él los va a sorprender con su postura digna. Aunque su corazón desenfrenado le ha empezado a latir en la garganta.

4

Ibatín se acurrucaba en las faldas de una montaña que detenía las nubes provenientes del Este y las obligaba a regar sus laderas; la vasta aridez circundante se trocaba abruptamente en jungla. Para llegar a este oasis, Diego Núñez da Silva tuvo que recorrer los mismos caminos que por primera vez, siglos atrás, habían abierto los incas. Después de los incas esos caminos fueron fatigados por los tenaces conquistadores: sus pequeñas y suicidas huestes eran atraídas por la alucinación de una ciudad portentosa cuyas viviendas tenían muros de plata y tejas de oro. Los conquistadores, cargando destellantes armaduras, recorrieron la antigua red caminera. No descubrieron la ciudad de sus sueños pero fundaron otras, entre ellas Ibatín o San Miguel de Tucumán, junto a un río que baja fresco y sonoro por la Quebrada del Portugués. Lo bautizaron «río del Tejar» porque a sus orillas se instaló una fábrica de tejas. No se sabe, en cambio, a qué portugués se refirieron cuando llamaron «del Portugués» a la quebrada; ese nombre ya existía cuando arribó Núñez da Silva.

Los habitantes de Ibatín tuvieron que luchar desde el principio contra dos amenazas: la naturaleza exuberante y los indios. Junto a la ciudad bullía la selva. El aliento de los pumas llegaba hasta los patios. El río bajaba entre impresionantes barrancas; en la época de lluvia los afluentes engordaban rápidamente y entonces se convertía en un monstruo oscuro y agresivo. La creciente arrancaba árboles enteros, empujaba piedras y devoraba muros. Su horrendo avance generaba pánico. Los aldeanos construían las defensas con piedras y troncos. Por más que se esforzasen, nunca conseguían detener las lenguas que se estiraban hacia el centro. Una vez el agua llegó a los umbrales de la Iglesia Mayor.

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