Rosa Montero - Amantes y enemigos

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Todos los textos tratan sobre ese oscuro lugar de placer y dolor que es la pareja, esto es, tratan del amor y del desamor, de la necesidad y la invención del otro. Son historias que hablan del deseo carnal y la pasión, de la costumbre y la desesperación, de la felicidad y del infierno. Estos relatos, a menudo inquietantes, agridulces, llenos de sentido del humor y de la melancolía del amor, componen un sugestivo espejo de nuestra intimidad más turbia y más profunda, de ese territorio abisal e incandescente que siempre se resiste a ser nombrado.

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He de detener aquí un instante el hilo de mi historia y volver los ojos de nuevo hacia mí, con su licencia, por mor de la perfecta comprensión de lo que narro. Descubrí mi homosexualidad años ha; ustedes saben de ella por la prensa. Quisiera aprovechar esta ocasión, sin embargo, para intentar hacerles comprender que la homosexualidad no es la mariconería que ustedes condenan y suponen torpemente. Homosexuales eran, en el mundo clásico, todos los héroes, los genios y los santos. Homosexual era Platón, y Sócrates, y Arquímedes, y Pericles. La homosexualidad es un resultado natural de la extrema sensibilidad y delicadeza. Se puede ser homosexual y heroico, homosexual y porfiado luchador. Como Alcibíades, el gran general cuya biografía narra Plutarco. Como los trescientos legendarios héroes que formaban la Cohorte Sagrada de Tebas, una cohorte imbatible que basaba su fuerza en estar compuesta por amados y amadores, por enamoradas parejas de guerreros que luchaban espalda contra espalda y que redoblaban sus esfuerzos en combate para defender a su adorado compañero. Ah, si yo hubiera nacido en aquel entonces, en aquella era de gigantes, en aquella época dorada de la humanidad, yo hubiera sido uno más de aquellos gigantes de mítica nobleza, porque el mundo clásico medía a los hombres por su grandeza interior, por su talla espiritual, y no por accidentes y prejuicios como ahora. Hogaño soy el pobre Chepa, condenado a cadena perpetua por haber cometido el razonable delito de matar a quien debía morir. Antaño hubiera sido un guerrero de la legendaria Cohorte Sagrada. Mi estatura me convertiría en invencible, repartiría fieros mandobles entre los enemigos rebanándoles el aliento a la altura de las rodillas, segándoles la vida por las piernas, porque en aquel entonces las armaduras no solían cubrir bien las extremidades inferiores y las canillas de mis oponentes se me ofrecerían inermes y fáciles ante el hierro justiciero de mi espada. Quizá hubiera llegado a ser un general romano, un triunfador cónsul pacificador de las provincias bárbaras, y Plutarco me incluiría entre sus áureas biografías: Paulus Turris Pumillo, cuatro veces cónsul imperial. Porque, como ustedes saben -aunque, pensándolo bien, temo fundadamente que no lo sepan- la palabra pumilío significa en latín «hombre pequeño», puesto que los romanos solían denominarse con un nombre de referencia a su apariencia física, un mote que era sólo descriptivo y nunca ofensivo, tal era su grandeza de ánimo. Y así, el apodo del gran Claudio significaba «cojo», y el del feroz Sila quería decir «cara bermeja», y el del ilustre Pumilio expresa mi talla menuda pero grácil. Yo hubiera sido un héroe, pues, y hubiera amado a héroes; la homosexualidad en el mundo clásico era natural y comprensible, porque, ¿qué mejor y más merecedor objeto de pasión podía hallarse que aquellos luchadores portentosos? Pues del mismo modo amaba yo a mi muy hermoso Gran Alí. Pido licencia para hacer una puntualización más y termino con estas fatigosas referencias personales. Poco después de descubrir mi ática tendencia amorosa, mi fe religiosa experimentó cierto quebranto. Hoy puedo considerarme un cínico creyente o un ateo crédulo; padezco el suave y resignado escepticismo de todo buen teólogo; en esto estoy más cerca de Séneca que de Lucrecio. Pero baste esto en cuanto a mí: debo apresurar mi narración, puesto que la revista sólo me ha concedido veinte folios y he de comprimir en ellos toda mi vida y mi dolor.

Ello es que pasé a formar parte de la mísera familia del Jawal. El dueño, Asunción, Alí y yo vivíamos sobre el local, en una vieja y sombría casa de mil puertas e interminables corredores. Pienso que el grueso Pepín de carnes pecadoras estaba enamorado de Asunción, que la quería con reprimido deseo de loco santurrón en una de esas aberrantes pasiones que a veces surgen entre seres desdichados como ellos, y supongo que de ahí nacieron las prebendas de que disfrutábamos. A mí, sin embargo, me había contratado el Gran Alí, y ataviado de esclavo oriental colaboraba en su número, y fuera del escenario le servía de ayuda de cámara, de fiel secretario y compañero. Alí era sobrio en el decir y en los afectos, tenía un talante estoico, duro y bien templado al fuego de la vida, y eso le hacía, si cabe, aún más admirable. Todo el mundo le temía y respetaba, y era digno de verse cómo Pepín sacudía sus mofletes de terror ante la fría furia de Alí, o cómo Asun gemía puercamente implorándole mimos o perdones. Pero Alí era tan implacable como debe serlo todo héroe, porque los héroes no saben disculpar las flaquezas humanas en las que ellos no incurren: la misericordia no es más que el medroso refugio de los débiles, que perdonan sólo para asegurarse de que serán perdonados a su vez. He de decir que Alí me señaló la espalda varias veces con su correa, y siempre con motivo suficiente, o bien porque vertía un plato al servirle la comida, o bien porque me distraía en atender sus demandas sobre el escenario, o porque no sabía comprender su estado de ánimo. Sus castigos, bien lo sé, me curtieron y limaron de blanduras. Sus castigos eran sobrias lecciones de entereza, porque Alí repartía justa sabiduría con la punta de su correa de cuero, lo mismo que Licurgo supo batir el hierro de sus espartanos hasta convertirlo en acero con la ayuda de la dureza de sus leyes. Teníame en buen aprecio Alí, porque nunca escurrí el bulto a sus castigos ni salió de mi boca queja alguna, aun cuando me golpeara con el bronce de la hebilla; y ni tan siquiera grité aquella vez que rompí por pura torpeza el cristal de la bola levitadora y Alí me quebró el espinazo a palos. Más de tres semanas estuve en un suspiro, baldado y encogido en el jergón, y al atardecer Asunción venía a darme la comida, y se acurrucaba a los pies de la cama, hecha un ovillo de carnes y arrugas, y me miraba con sus ojos vacunos y vacíos, y exhalaba blandos quejidos de debilidad impúdica. Su conmiseración por mí me daba náuseas y hube de llamarle la atención: «Eres una ingrata», le dije, «no comprendes nada, no sabes merecerle», y ella lo único que hacía en respuesta a mis palabras era arreciar en gimoteos y retorcerse los dedos de las manos. Asunción era un residuo humano deleznable.

Alí solía desaparecer de vez en cuando. Se marchaba al final de la función y no volvía a saberse de él en dos o tres días. Pepín admitía sus escapadas de gran amo en busca de horizontes más propicios, y Asunción le lloraba pálida y descompuesta por las noches. Regresaba Alí trayendo un olor a hazaña y riesgo prendido en los cabellos, los ojos tenebrosos, el tinte de su tez más vivaz, la piel bruñida y tensa sobre la delicada agudeza de sus pómulos. La experiencia me enseñó que ésos eran sus momentos dolorosos, los instantes en los que vivía el drama de su destino heroico. Yo solía acurrucarme a su lado en silencio, recibía algún pescozón o puntapié como desfogue de su trágico barrunto de tristezas, y luego mi señor, mi bien, mi amado, acostumbraba a hacerme confidencias. «Esta vida no es vida, Chepa», decía sombrío y con la mirada preñada de presagios, «esto es un vivir de perros, yo me merezco otra suerte». Sacaba entonces su navaja cabritera, la abría, pasaba un dedo pensativo por el filo de la hoja, «cualquier día haré una locura, mejor morir que vivir en este infierno», y me miraba con su divino desprecio, y añadía, «claro que tú qué sabes de esto, Chepa, tú qué sabes lo que es ser un hombre muy hombre como yo y estar condenado a pudrirse en esta miseria», y diciendo esto sus ojos echaban relumbres lunares y fosfóricos. Estaba tan bello, tan dolorosamente bello en su ira de titán acorralado…

En una ocasión tardó más de tres semanas en volver, y cuando lo hizo encontró que Pepín había contratado a un transformista para fin de fiesta. Yo le vi llegar, el espectáculo estaba a la mitad y el travestí bailoteaba en el tablado con paso incierto sobre sus zapatones de tacón de aguja. Sentí un repentino frío en la nuca y miré hacia atrás: allí estaba Alí, como un semidiós de espigada y ominosa mancha, una sombra apoyada junto a la cortina de la entrada. Observé cómo Pepín se agitaba en gelatinosas trepidaciones de pavor, y cómo intentaba hundirse en el escaso hueco del chiscón y parapetarse bajo el mostrador. Alí, sin embargo, no le prestó atención: vino en derechura al escenario, interrumpió el canto de sirena del descolorido travestí, le agarró del pescuezo ante el paralizado estupor de los clientes. «Tú, cabra loca», masculló, «Lárgate antes de que me enfade de verdad». La criatura se retorcía entre sus manos y protestaba en falsete: «Ay, ay, bruto, más que bruto, déjame». Alí le arrancó las arracadas de las orejas, dejándole dos caminitos de sangre sobre el lóbulo, y arrojó los pendientes en dirección a la salida como marcándole el rumbo. «Aire, guapa, aire», ordenó al travestí rubricando sus palabras con unos cuantos empellones, y el malhadado salió tropezando en sus tacones, embrollándose en su huir con la desordenada fuga de los clientes de la sala.

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