Antonio Molina - Beatus Ille
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Minaya es un joven estudiante, implicado en las huelgas universitarias de los años 60, que se refugia en un cortijo a orillas del Guadalquivir para escribir una tesis doctoral sobre Jacinto Solana, poeta republicano, condenado a muerte al final de la guerra, indultado y muerto en 1947 en un tiroteo con la Guardia Civil. La investigación biográfica permite a Minaya descubrir la huella de un crimen y la fascinante estampa de Mariana, una mujer turbadora, absorbente, de la que todos se enamoran. Envuelto por las omisiones, deseos y temores de los habitantes del cortijo, Minaya se acerca lentamente hacia la verdad oculta. La indagaci6n del protagonista de Beatus Ille permlte al autor una delicada evocación literaria, de impecable belleza expresiva, con técnica segura y eficaz, de una época, de una casa y los personajes que en ella viven y se esconden.
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Bebí sentado frente a la puerta del jardín, frente al sendero amarillo que dibujaba la luz sobre la grava y que se detenía justo al pie del columpio y de la palmera. A Mariana le gustaba mecerse allí muy despacio, rozando el suelo con la punta de sus sandalias blancas, tan ensimismada y rítmica en su movimiento que sus gestos parecían una manera de medir el tiempo o de rendir la vida a su deshabitada duración. Cuando ella y Manuel entraron en el comedor yo había terminado mi cigarrillo y mi copa y me disponía a subir a mi dormitorio, calculando de antemano el miedo con que cruzaría otra vez el patio y subiría las escaleras donde tal vez ella iba a aparecer, el miedo a verla y a no saber decirle nada o a no verla y apurar el desengaño de cada uno de mis pasos por los corredores vacíos. Imaginaba que mi viaje de regreso hacia el dormitorio y el insomnio no iba a terminarse nunca porque no podía aceptar la posibilidad de no volver a verla aquella noche. Era igual que otras veces, en los años pasados, cuando la acompañaba hasta la puerta de su casa contando los pasos y los minutos que faltaban para llegar a ella y sabiendo que la dejaría sola mientras buscaba la llave de su portal y caminaría luego de regreso por las mismas calles esperando con una infinita sensación de deseo y fracaso que fueran sus pasos los que escuchaba a mis espaldas, que viniera su voz para pedirme que volviera con ella, inventando una excusa, ofreciendo una última copa. Igual que entonces, cuando me volvía creyendo que me llamaba alguien y que era su voz la que pronunciaba mi nombre, la oí ahora, próxima e imposible, oí su risa irrumpiendo en el comedor y cuando me volví hacia la puerta temiendo que el espejismo de su voz no fuera sino una de las usuales trampas del deseo, los encontré a ellos, a Mariana y a Manuel, que venían abrazados y se separaron al verme, porque nunca se abrazaban cuando estaban conmigo.
Huíamos cada uno de la mirada de los otros y nada era más temible que el silencio, o que una mirada detenida en el silencio. Mientras Manuel llenaba las copas y encendíamos los cigarrillos aún estábamos a salvo, no era del todo necesario hablar sin que quedara una sola tregua o un resquicio entre las palabras, pero luego, cuando nos sentamos los tres, la conversación adquirió el desasosiego de una huida contra un jinete que nos persiguiera sin apartarse nunca de nuestros talones, y escuchábamos nuestras propias palabras sintiendo la cercanía acuciante de su final, tras el que estaba el silencio y también las únicas palabras que nos importaban y que no íbamos a decir. Un segundo de silencio era tan intolerable como una copa vacía o una mano que no sostuviera un cigarrillo, y ese juego de palabras tranquilas y entrelazadas por la desesperación se hacía más arduo porque había muy pocas cosas de las que pudiéramos hablar que no contuvieran la posibilidad de un agravio o no aludieran al viaje que al cabo de dos días iba a separarnos. Igual que se habían apartado el uno del otro cuando me vieron en el comedor, ahora hablaban de su viaje a París eludiendo toda señal de entusiasmo excesivo, enumerando la probable incomodidad del avión que tomarían en Valencia, los trámites oficiales que les aguardaban en cuanto llegaran a Francia, el miedo a no saber instalarse en un país y en un idioma extranjero. «Yo», dijo Manuel, «que casi nunca he salido de Mágina», y bajó la cabeza como si de pronto lo hubiera vencido una melancolía que no formaba parte del juego de mitigar su felicidad para no excluirme de ella. «Manuel tiene miedo», dijo Mariana, mirándome por primera vez con tan intensa fijeza que vi un pozo de soledad en sus pupilas grises o azules. Ahora las palabras empezaban a nombrar las cosas oscuramente guardadas en el silencio, y por un momento adiviné que no era sólo de la culpa o del pudor de lo que estábamos huyendo. «Tiene miedo de que perdamos la guerra y no podamos volver a España.» Ella y Manuel y yo sabíamos que no era eso o no exactamente eso, pero lo estaba desafiando y me miraba para saberse más firme, con esa parte de frialdad que había en ella, esa manera suya -y de Beatriz, pensé de golpe, asombrándome de haber tardado tanto tiempo en descubrir esa similitud con Mariana- de no aceptar la cobardía y la dilación de los hombres, capaces, como Manuel, como yo mismo, de gastar la vida en una perpetua simulación de rebeldía o decencia que no les sirve para renegar del todo de los deseos que alguna vez merecieron e instalarse resignada o serenamente en la realidad ni para rasgar los límites de vergüenza y sucia desidia que no les permiten alcanzarlos. Al comprender me estremecí como si mientras me miraba Mariana estuviera usando mi presencia para transmitir a Manuel la herida de su desafío. Ahora yo, que tanto me había complacido en espiar su mutua ternura para ofrecérmela a mí mismo como el contrapunto de mi abandono, de mi desesperación y mi rencor, formaba parte de la misma trama enconada y oscura que latía bajo sus abrazos igual que las palabras no dichas en el silencio del que ya no sabíamos huir. «A Manuel le da miedo marcharse de Mágina», dijo Mariana, limpiándose los labios después de haber apurado su copa con premura excesiva, buscando aliento en el alcohol, entendí, no audacia, sólo la tentadora sensación de que las palabras no obedecen a la voluntad, sino a una especie de fatalidad o letargo que ellas mismas impulsan: «Le da miedo dejar su casa y su biblioteca y su palomar. A él le gustaría que no fuera preciso pagar para conseguir lo que uno desea. Quiere tenerlo todo al mismo tiempo, su casa, su mujer, su ciudad. Su amigo Jacinto Solana. Díselo ahora, Manuel. Dile que te gustaría que todo siguiera siendo como el día en que él nos presentó.» Cuando Manuel levantó la cabeza me di cuenta de todo el tiempo que hacía que no nos mirábamos a los ojos. Tomó aliento y entreabrió los labios pero no dijo nada, sólo llenó la copa de Mariana y la mía y volvió a dejar la botella en el suelo, mirando hacia el jardín, como si hubiera creído descubrir en la oscuridad una presencia furtiva. Bebí un trago y hablé para que el silencio no pudiera derribarnos del todo o para eludir el rostro sereno y frío y los ojos de Mariana tan cobardemente como aquella tarde de 1933, en el estudio de Orlando, me había puesto a mirar el lienzo recién empezado y los dibujos colgados en la pared para no ver a Mariana desnuda. «Qué más quisiera yo que poder marcharme. No a París, como vosotros, sino mucho más lejos, y no volver nunca, o únicamente cuando ya fuera un extranjero y lo pudiera mirar todo como un extranjero.» «Adonde», dijo Mariana, reclinada hacia mí. Con las dos manos mantenía su pelo castaño apartado de la cara y apoyaba los codos en las rodillas abiertas, como si el alcohol o una devastadora sensación de desarraigo no le permitieran sostener en alto la cabeza. Dijo adonde y la pregunta era una parte contenida y fiera de su desafío, pero yo no le respondí porque Manuel había empezado a hablar al mismo tiempo, y sus palabras no borraban la interrogación de Mariana, sólo la dejaron suspendida en el aire, en medio de nosotros, igual que la mirada gris o azul que permanecía firmemente detenida en mis ojos: «Siempre queríamos marcharnos. Mirábamos aquel mapa de la escuela, te acuerdas, muy agrietado, de hule, tan antiguo que en el centro de África seguía habiendo un gran espacio en blanco. Tú me lo señalabas y decías que nos escaparíamos de Mágina para descubrir las fuentes del Nilo.» «Jacinto se escapó», dijo Mariana, sonriendo, y por un instante su sonrisa nos absolvió a los tres. «No lo suficiente. Si lo hubiera hecho ahora no estaría aquí.» Premeditadamente callé y la pregunta de Mariana, que había permanecido en el aire como la nota de un violín que se prolonga en otra más aguda cuando ya su sonido se extinguía, volvió a su voz al tiempo que ella se levantaba sin motivo y daba unos pasos hacia las puertas del jardín, volviéndose desde allí para mirarnos como si nos hubiéramos quedado muy rezagados en el tiempo y nos invitara a seguirla. «Dónde estarías.» Recordé un mapa y un libro y una postal coloreada a mano donde se veían despedazadas escalinatas y columnas rojas. Nunca había sido un propósito, sino un nombre que relumbraba como cobre batido y un lugar imposible, encrucijada de longitud y latitud que señalaba el dedo índice sobre el azul inviolado de los planisferios. «En Creta, por ejemplo. O en la isla donde Ulises vivió siete años con la ninfa Calipso. Nunca entendí por qué la dejó para volver a Ítaca. Me gustaba imaginar que la Odisea es un poema incompleto, y que en el último canto, que debió perderse o que tal vez fue condenado al fuego, Ulises abandona Ítaca a las pocas semanas de dormir con Penélope y se hace al mar de nuevo para volver a la isla de Calipso. Debe ser intolerable vivir en el sitio que uno ha recordado sin tregua durante veinte años.» «Por qué», dijo Mariana, no mirándome a mí, sino a Manuel, que aún parecía perdido en el letargo de una meditación deshecha por el alcohol. «Porque no hay nada ni nadie que merezca tanta lealtad.» Mariana volvió hacia nosotros dejando gotear su vaso vacío junto a la cadera, oscilando un poco, como si estuviera bebida o intentara un paso de baile que no acertaba a recordar. Con ella venía el silencio a ocupar otra vez su sitio entre nosotros, el deseo inútil de adelantar mi mano para entreabrir un poco más la camisa de Mariana y rozar sus pechos que imaginaba tan tibios y translúcidos como la piel de sus sienes, y también la conciencia de cada uno de los minutos de la tregua secreta que me había ido concediendo yo mismo desde que los vi entrar en el comedor y supe que tenía que irme y que no podía irme. Tregua cada palabra, cada cigarrillo y bocanada de humo y trago crudo de alcohol quemándome los labios, tregua y límite y reloj detenido cuando ya no era posible intentar ninguna palabra contra el silencio. Por eso los tres nos sentimos ávidamente salvados cuando la voz y la risa de Orlando entraron en el comedor como un golpe de viento que estremeciera las ventanas. Él y Santiago traían el pelo húmedo y los ojos brillantes y olían a ropa limpia y a una colonia femenina que era como un aviso impúdico de su felicidad. «Traidores», dijo Orlando, apoyándose en el hombro desnudo de Santiago, apuntándonos con el dedo índice como un tirador ebrio que no logra detener su punto de mira en el blanco, «parecía que toda esta casa era ya un mausoleo pero vosotros seguíais aquí para beberos a nuestras espaldas la última botella». Buscaron copas en el aparador y al abrir la puerta de cristal derribaron una bandeja provocando un estrépito de vidrios rotos y agudos en el suelo que nadie fue a limpiar. Él y Santiago apartaron a puntapiés los cristales rotos y llenaron luego sus copas hasta que el whisky se derramó en los bordes y les manchó las manos que se limpiaron sin apuro en el costado de los pantalones, riéndose y apoyándose el uno en el otro como si la fatiga no les permitiera del todo estar borrachos, sólo fingir la ebriedad, una obstinada y vacua y desesperada alegría. «Te he estado oyendo, Solana», dijo Orlando, «estábamos Santiago y yo detrás de la puerta y te oíamos contar esas historias tuyas de viajes que no vas a hacer nunca. Solana, hermano mío, judío errante, ¿estás seguro de que tu padre no es cristiano nuevo? Porque si no lo es no me explico ese destierro tuyo, ese no ser de ninguna parte ni de nadie y ni siquiera de tu pudor y tu vergüenza que es judía y católica. Miradlo: míralo tú, Mariana. Todavía tiene vergüenza. Todos vosotros la tenéis. Y me parece que la República es el nombre que dais a vuestra vergüenza, aunque sabéis que esta República no es vuestra y que esta guerra que todos vamos a perder no hubiera sido nunca vuestra victoria. Gane quien gane, y no vamos a ganar nosotros o vosotros o quienquiera que sea esa República de las banderas y la Gaceta Oficial, tú habrás perdido, Solana, no porque tu bando sea más débil o porque esos hijos de puta de franceses e ingleses se hayan inventado ese sucio mandamiento católico de la no intervención, sino porque tu sangre de judío sin patria te impide la posibilidad de pertenecer a un bando de vencedores. No me miréis así. Pertenezco a la Federación Anarquista Ibérica porque me falta el pudor o la vergüenza que obligan a mi amigo Jacinto Solana a ser miembro del Partido Comunista. Si a principios de este mes yo hubiera estado en Barcelona y no en Madrid ahora estaría fusilado o encerrado en una de esas cárceles republicanas que defiende la vergüenza, pero Dios o el príncipe Piotr Kropotkin han querido que viviera en Madrid y que vosotros me invitaseis a esa boda de mañana en la que os vais a casar con la decencia, Mariana y Manuel, igual que mi amigo Solana se casó con el pudor cuando se afilió al Partido Comunista. Dicen, primero la guerra y luego la revolución, exactamente igual que una muchacha decente entretiene a su novio en el portal, porque primero son las caricias, y luego la entrega feliz en el matrimonio. Pero esa espera es un fraude: esta guerra es el acabamiento del mundo, y no vendrá un porvenir tras ella».
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