Augusto Bastos - Yo el Supremo

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Yo el Supremo Dictador de la República: Ordeno que al acaecer mi muerte mi cadáver sea decapitado, la cabeza puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República donde se convocará al pueblo al son de las campanas echadas al vuelo. Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres. Esa inscripción garabateada sorprende una mañana a los secuaces del dictador, que corren prestos a eliminarla de la vida de los aterrados súbditos del patriarca. Así arranca una de las grandes novela de la literatura en castellano de este siglo: Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, Premio Cervantes 1989. La obra no es sólo un extraordinario ejercicio de gran profundidad narrativa sino también un testimonio escalofriante sobre uno de los peores males contemporáneos: la dictadura. El déspota solitario que reina sobre Paraguay es, en la obra de Roa, el argumento para describir una figura despiadada que es asimismo metáfora de la biografía de América Latina.

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En los exámenes de ese año lo ayudé en las pruebas escritas. Rendí por él los orales, los anales. Todo. Desde la primera hasta la última materia. La escuela ya era un quilombo. Las maestras todas excitadas por el furor patriótico, meta escribir cartas a sus ahijados de guerra, y nosotros metiendo la mula en el examen. Raimundo, sin moverse de su asiento, sacó un diez y yo que saqué la cara por los dos un tres. En compensación, como premio consuelo me mostró por primera y única vez la fabulosa pluma que el cuarto nieto de Policarpo Patiño había «heredado» a través de una enmarañada madeja de pequeños azares, más allá de los derechos de una dinastía amanuéntica: -Aquí está la cosa-dijo-. Yo apenas alcancé a tocarla. Me la arrancó en seguida de las manos. ¡Te la compro, Raimundo! -grité casi-. ¡Ni loco!-dijo Loco-Solo-. Te vendo si queréis lo que soñé anoche, pero esto no. ¡Ni muerto! Me quedó en la yema de los dedos el picor de la cachiporrita de nácar.

En vísperas del Éxodo que comenzó en marzo de 1947, fui a visitar por penúltima vez a Raimundo. No le quedaban ya sino la piel y los huesos. -Dentro de poco se va a poder hacer botones de vos-le dije por hacerle un chiste. Me miró con sus ojos de degollado que parpadeaban sanguinolentos en las bolsas de los párpados.-Hée. Eso mismo luego es lo que me espera -dijo, y tras un largo silencio: -Mirá, Carpincho, yo te conozco demasiado bien y sé que sos un desalmado-desarmado. Un desalmado-amansado. Desde hace mucho tiempo, yo más bien te diría que desde la eternidad y un poquito más, no sólo desde el banco de la Escuela República de Francia y nuestras puterías por los quilombos de la calle General Díaz, sino antes mismo luego de nacer. Lo único que querés es la Pluma de El Supremo. La boca se te hace agua. Las ideas se te mojan de pensar en ella. Se te derrite el seso y tus manos tiemblan más que mis manos de borracho, de epiléptico, de bebedor de polvos de güembé y de cocaína que me dan las enfermeras, que me traes vos mismo. Me has rondado, me has sitiado, me has ayudado a morir con una paciencia más porfiada que el amor. Pero el amor no es más que amor. Tu deseo es otra cosa. Ese deseo, no de lo que soy, sino de lo que tengo, te ha encadenado a mí. Ha hecho de vos un esclavo, un perro que viene a lamer mi mano, mis pies, el piso de mi rancho. Pero no hay amistad, amor, ni afecto entre los dos. Nada más que ese deseo que no te deja dormir, ni vivir, ni soñar más que en eso . Día y noche. No te envidio. Estás mucho peor que yo. Pensá un poco, Carpincho. Yo he nacido lentamente y también he venido muriendo de a poco. Lo hecho, hecho. Por mi voluntad. Algunos buscan la muerte y no la encuentran. Quieren morir y la muerte se les escapa. Tienen dientes de león, pero son como mujeres. Mujeres que no saben que son putas. Vos sos uno de ellos. Peor tal vez, mucho peor. Te esperan muy malos tiempos, Carpincho. Te vas a convertir en migrante, en traidor, en desertor. Te van a declarar infame traidor a la patria. El único remedio que te queda es llegar hasta el fin. No quedarte en el medio. Anda ya haciéndole punta al palito. -Se calló jadeando, tal vez más que por el esfuerzo de las palabras por el esfuerzo del largo silencio que había reventado al fin. Sus pulmones comidos por la tisis hacían más ruido que un carro lleno de piedras. Escarró un cuajaron de sangre contra la tapia. Con voz de enano continuó: -Va a llover por lo menos otro siglo de mala suerte sobre este país. Eso ya se huele luego. Va a morir mucha gente. Mucha gente se va a ir para no volver más, lo que es peor que morirse. Lo que no importa tanto porque las gentes como las plantas vuelven a crecer en esta tierra donde vos pegas una patada y por uno que falta salen quinientos. Lo que importa es otra cosa… pero en este momento ya no me acuerdo, se me fue lo que te iba a decir-. Quise interrumpirle. Levantó la mano: -No, Carpincho, por mí no te preocupes más. Los milicos van a internarme en el asilo porque dicen que además del mal ejemplo que doy aquí cerca de su hospital, yo apesto el lugar. ¿Y entonces las putas de los burdeles que se apilan en toda la cuadra? Yo aquí soy el único Ángel del Abismo. El Lázaro Exterminador. Las familias de los oficiales internados han puesto el grito en el cielo. Han mandado cartas al presidente, al arzobispo, al jefe de policía. Pero yo no voy a ir al asilo. Al asilo no me van a llevar ni muerto. ¡Ni muerto! Soy Loco-Solo. Seré Loco-Solo hasta el final. ¡No me encerrarán en el asilo! Prefiero enterrarme en el arroyo que arrastra los algodones sucios, las inmundicias y porquerías del Hospital Militar, los trapos sucios de las prostitutas, los fetos de sus abortos… -Un nuevo gargajo humeó al estrellarse en los adobes. -No sé si voy a pasar esta noche. Sé que no voy a pasar. Allí, en el solero del rancho dentro de un tubo de lata, está la Pluma. Agarra y llévala y ándate con ella al mismísimo carajo. No es un regalo. Es un castigo. Esperaste mucho tiempo el tiempo de tu perdición. Yo voy a ser libre esta noche. Vos nunca más vas a ser libre. Y ahora ándate, Carpincho. Agarra la Pluma y ándate rapidito. No quiero volverte a ver. Ah, espera un tranco. Si llegas a escribir con la Pluma, no leas lo que escribas. Mirá las figuras blancas, grises o negras que caen a los costados, entre los renglones y las palabras. Verás amontonadas en racimos cosas terribles en lo sombrío que harán sudar y gritar hasta a los árboles podridos por el sol… Mirá esas cosas mientras los perros del campo aullan en medio de la noche. Y si sos hombre borra con tu sangre la última palabra del pizarrón… -¿Qué palabra, Raimundo?

No habló más. Me volvió la espalda costrosa de llagas secas por el frote del piso de tierra en las convulsiones de los ataques, en los revolcones de los espasmos alucinatorios provocados por la contrayerba y las drogas. La silueta de es pectro de Raimundo se fue reduciendo a esa espalda encorvada que me miraba. Pero era yo quien contemplaba mi propia espalda. Bajo la raída piel semejante a una corteza cruzada de inscripciones y tachaduras, las vértebras derruidas por la artrosis, me apuntaban con sus picos de loro. ¿Iba a ponerse a sudar y a gritar esa espina cada vez más blanca en la pe numbra, que era mi espina y se me clavaba en los ojos? Me oí respirar a media rienda. Del otro lado, el estertor iba creciendo con ese rui do de hojas secas que la amenaza de tormenta arranca a la calma chicha del verano.

Sólo mucho después he venido a enterarme de que Raimundo murió aquella noche, tal como lo había previsto. Durante toda su vida, por lo menos desde que lo conocí, cultivó el gusto de su muerte con su temor a la muerte. Lo encontraron muerto de varios días. Su cuerpo atrancaba la puerta, que en vida nunca había cerrado puesto que no usaba cerrojo ni llave. Tan liviano era ese cuerpo de hombre semejante al cadáver de un pájaro, que el viento mismo entornó la hoja. Por el hueco salió el olor de Loco-Solo, ya que otra cosa no podía salir de él; largó el aviso de que ya se había internado en su propio Asilo. Instalado en la comidilla del barrio hospitalero Curado en ausencia. Transformado en ese doble apodo que nombraba para siempre la leyenda fatalmente engañosa de un hombre. Unos dicen que lo enterraron en el cementerio del Hospital Militar, lo que resulta improbable teniendo en cuenta las rígidas normas castrenses. Otros dicen que el cadáver fue arrojado al arroyo. Lo que resulta al menos más natural, según lo deseó el propio Loco-Solo. Por otra parte, no hubiera habido gran diferencia entre ambas ceremonias. (N. del C.)

Mientras escribo pone la mirada entre paréntesis. La lleva a otra escala. Interversión de todos los ángulos del universo. Intervención de todas las perspectivas concentradas en un solo foco, Escribo y el tejido de las palabras ya está cruzado por la cadena de lo visible. ¡Carajo no estoy hablando del Verbo ni del Espíritu Santo transverberado! ¡No es eso! ¡No es eso! Escribir dentro del lenguaje hace imposible todo objeto, presente, ausente o futuro. Estos apuntes, estas anotaciones espasmódicas, este discurso que no discurre, este parlante-visible fijado por artificio en la pluma; más precisamente, este cristal de acqua micans empotrado en mi portapluma-recuerdo ofrece la redondez de un paisaje visible desde todos los puntos de la esfera. Máquina incrustada en un instrumento escriturario permite ver las cosas fuera del lenguaje. Por mí. Sólo por mí. Puesto que lo parlante-visible se destruirá con lo escrito. El zumo del secreto se esfumará en humo. No importa que la cachiporrita de nácar transmigrante vaya reflejando las playas soleadas de las carpinterías de ribera donde se construye el Arca del Paraguay. Recoge los gritos, los ruidos, las voces de los armadores, de los artesanos, el brillo aceitoso del sudor de los operarios negros. Sus dichos intraducibies, sus interjecciones, sus exclamaciones soeces. ¿Qué sentido pueden tener ante esto los juegos de palabras? Decir por ejemplo: El Paraíso es un alto bien habitado lugar florecido que vuelve coristas a los justos. O el gallo del invierno patalea cuando tarda la aurora. O como lo afirma el indiólogo Bertoni, la creencia de que el hijo descendía exclusivamente del padre y no hacía más que pasar por el cuerpo de la madre, transformaba al mestizo en un terrible enemigo. O al pueblo se le embrutece mediante su propia memoria.

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