(En el cuaderno privado)
¿Por qué quieres ahorcar el tambor, Efigenio Cristaldo? Ya estoy viejo, Su Excelencia. Ya no me dan más las fuerzas para sacar del cuero el sonido que conviene al redoble de un Bando, de un Decreto, de una Orden, de un Edicto. Especialmente en la escolta de Su Excelencia. Sabes que ya no salgo a paseo. Será también por eso entonces, Supremo Señor, que no me sale el son. Yo estoy más viejo que tú y seguiré batiendo el parche del Gobierno, salga o no salga el son. Lo más oíble no es lo más oído, Efigenio. Yo continuaré redoblando mientras me reste un hilo de vida. Su vida será larga sin segundo, Excelentísimo Señor. A Vuecencia nadie lo puede reemplazar; a mí, cualquiera de esos jóvenes tamboreros a quienes yo mismo enseñé. Me permito recomendar muy especialmente al trompa Sixto Brítez, oriundo del cerro Ñanduá de Jaguarón. Es el mejor trompa del batallón Escolta, pero su ele es el tambor. Nació luego nomás para tamborero, Supremo Señor, y en eso sí nadie le gana. Sabe llenar de viento la barriga, el pecho, y a golpe de puño sacar cualquier redoble, que se escucha hasta una legua y más, cuando no hay viento. Sobre todo después de la rancheada en que se llena de poroto-jupiká y se come él solo una cabeza entera de vaca. No me vengas con recomendaciones, Efigenio, y menos a favor de ese insigne comilón que tiene además el vicio de meterse la mano en las bragas en plena marcha para ir regalándose con la hedencia recogida en los dedos. ¿Qué es esto de ir oliéndose sigiladamente los efluvios prepuciales? ¿Qué es esto de ir tocándose el pito mientras toca la trompa? Ya recibió varios palos por esta fea costumbre. Se le mandó hacer un pantalón especial, sin bragueta. Ahora lleva descosidas por dentro las faltriqueras. Menos mal que será un buen alférez en la guerra contra la Triple Alianza. A un héroe futuro pueden dispensársele algunos vicios presentes.
Policarpo Patiño trabajó aquí entre estos papeles hasta su último día. Acabó copiando su propia sentencia de muerte. Tu padre, maestro de cantería, labró piedras hasta el último día de su vejez. Era su oficio, Excelencia, como el suyo es ser Gobernante Supremo. Cada uno nace para un oficio distinto, Señor. ¿Cómo dices? ¿El tuyo no es tocar el tambor? Uno nunca sabe, Excelencia. ¿De modo que ahora quieres abandonar el servicio? Acaso tú también piensas que soy el Finado. ¡Nunca jamás he pensado ni pensaré eso, Excelencia! Únicamente me he permitido pedir a Su Merced me releve del puesto para el cual ya no sirvo, por viejo y porque el tambor está cada vez más lejos de mí. En nuestras cortas relaciones con la existencia todo consiste en que hayamos entretenido un poco el ritmo, Efigenio. Vea esto, Supremo Señor. ¿Qué es eso? El callo que me ha formado el tambor de apoyarlo en el pecho. Tan grande como una joroba de cebú, tan duro como una piedra. Necesito palos muy largos, Señor, y el son me sale sin fuerza. En ese callo debe estar enterrado todo el sonido que no te salió afuera. Te has jorobado, Efigenio. Tú también cargas tu piedra, eh. ¿Y qué oficio es el que te gustaría desempeñar ahora? Yo, Señor, lo que desde muy chico quise mucho ser es maestro de escuela. ¿Y has esperado treinta años para decírmelo? Hubiera esperado más también, Excelencia, de haber podido seguir sirviendo de tamborero sin la disconveniencia de esta joroba que me ha salido en el pecho, además de la que también cargo en el lomo. En la solicitud que has presentado dices que quieres reintegrarte a tu trabajo de chacrero como plantador de maíz-del-agua en el lago Ypoá. También es cierto eso, Señor. Pero el oficio para el que he nacido es el de maestro de escuela. No has dicho eso en tu oficio. No me animaba, Excelentísimo Señor, proponerme yo mismo para un oficio tan alto como el de maestro, aunque las dos cosas sean para mí la misma y única razón que me ha traído al mundo. Esto sin demeritar en lo más mínimo el honor de haber servido a las órdenes directas de su Excelencia. Aquí he enseñado a los indiecitos músicos; pero ellos lo único que necesitan aprender son los palotes de las primeras letras. Todo lo demás, que es lo más, ya vienen sabiendo de los montes donde nacieron. ¡Basta! Quedas relevado de tu puesto en el que has estado lastando provisoriamente con el tambor durante treinta años. A cada día le basta su pena, a cada año su daño. Vete a tus flores acuáticas. Dales un cariñoso saludo a esos pimpollos que reflotan a la primera luz del alba con un sonido muy dulce que no está entre las siete notas de la escala. Mira esas flores con mis ojos, si es que puedes. Tócalas con mis manos, si es que puedes. Verás que el cedazo de esas aterciopeladas ruedas flotantes recogen muchas nubes. Moisés hubiera querido nacer en una de esas canastillas. Llévate ese tricornio colgado en el perchero. Póntelo en la cabeza. Vamos. ¡Pomelo! Coge esa flor petrificada que está sobre la mesa, allí junto al cráneo. Póntela bajo el tricornio. Más arriba. Bien pegada al cuero cabelludo. Ahí, ahí. Apriétala más. Antena igual a la de los insectos ciegos. En ella escucharás la voz que continúa. Brasita de todo es el carbón de uno mismo. Uuu, Ah. ¡Cuánto tiempo ha pasado o ninguno! ¿Dónde estás, Efigenio? ¿Me escuchas? ¡No muy bien, Excelencia! ¡Lo escucho como si su voz estuviera bajo tierra! ¡No bajo tierra sino en una lata de fideos! ¿Dóóónde estááás túúú? ¡Aquí en el lago, entre los cedazos verdes con sus pimpollos de seda negra! Tú tampoco estás bueno de salud, Efigenio. ¿No lo has pasado bien últimamente? ¡Viviendo mi suerte con luchas y guerras, Señor! ¡No me puedo quejar! ¡Los niños envejecen muy pronto! ¡Las flores también! ¡No hay tiempo de darse cuenta de nada! Doy fe y sigo!
La transmisión con el ex tamborero se interrumpe. El latón no es buen conductor. Tú eres viejo. Yo soy Viejo. Los Viejos fueron. Los Viejos son. Los sones no son. Los Viejos serán. No en los espacios ni en el tiempo que conocemos sino en el tiempo, en los espacios desconocidos que circulan entre los conocidos. Sus manos
están sobre las gargantas de los vivos. Mas no los ven. No pueden verlos. No pueden verlos aún. (Letra desconocida): Tú sólo puedes espiarlos a oscuras… (roto, quemado)… esperan pacientes porque reinarán de nuevo aquí. Son Viejos porque son sabios. No debes preguntar, te dice la Voz-de -An-tes. No debes preguntar porque no hay respuesta. No busques el fondo de las cosas. No encontrarás la verdad que traicionaste. Te has perdido tú mismo luego de haber hecho fracasar la misma Revolución que quisiste hacer. No intentes purgarte el alma de mentiras. Inútil tanto palabrerío. Muchas otras cosas en las que no has pensado se irán en humo. Tu poder nada puede sobre ellas. Tú no eres tú sino los otros… (falta el folio siguiente).
(Circular perpetua)
Una balandra cargada de tercios de yerba, de las tantas que se estaban pudriendo al sol de (desde) la Revolución, fue autorizada partir. La condición era llevar al expulso Pedro de Somellera. Embarcóse con toda su familia, sus muebles europeos, 1enormes baúles. Jaulones colmados de centenares de monos, animales de toda especie, aves y bichos raros. Otros más, algunos cabecilla.s porteños que no habían cesado de conspirar para atraer una nueva intervención de Buenos Aires contra el Paraguay, también fueron metidos con barras de grillos entre los quintales de yerbas y las jaulas. Lo mismo el cordobés Gregorio de la Cerda.
La balandra partió semihundida a socolladas. Zoológico, jardín de plantas, sobornal de animales. En las barrancas del puerto se apiñaba una multitud de damas patricias y de mezclilla. Habían acudido a despedir al omni compadre llevando la tracalada de ahijados. Capelinas, sombrillas de todos colores se agitaban en la ribera. Al soltar amarras la balandra, soltaron el llanto las comadres. Escenas de desesperación. Rasgáronse las túnicas de seda, levantábanse las polleras para secarse los mocos y las lágrimas, rivalizando con las monas y guacamayas viajeras en lamentaciones y chillidos.
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