Alfredo Echenique - Cuentos
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Aún había sol y se filtraba por algunas ventanas, al extremo de que Sevilla se repitió tres veces en voz baja que en Huancayo no había visitado ningún museo. Pero otra realidad menos confusa y mucho más urgente lo instaló angustiado en plena pinacoteca y nada menos que en la sala XI (El Greco), es decir lejísimos de la sala XXXIX, al lado de la cual se hallaba la redondelita que significaba Servicios, Lavabos y W.C. Allí estuvo debatiéndose entre su devota admiración por el Cristo abrazado a la Cruz («Obsérvese la expresión del rostro de Jesús y lo ingrávido de la cruz que apenas sostienen unas delicadas manos», le dijo casi al oído un guardián que se le acercó de puro amable), y su necesidad de acercase a la sala XXX donde había más Grecos a la vez que se estaba algo más cerca de la ansiada redondelita. Se equivocó Sevilla. Miró a su plano y la sala XXX estaba al lado de la XI y de pronto Achikawa soltó una carcajada porque descubrió que, retrocediendo un poco, se llegaba a la sala X donde había más Grecos todavía. Sevilla se sintió perdido, miraba un cuadro y miraba a su compañero y miraba al plano y calculaba cuánto tiempo más podría aguantar. Muy poco a juzgar por lo que sentía, dolores, retortijones, acuosos derrumbes interiores. Con lágrimas en los ojos se detuvo ante La Sagrada Familia , El Salvador, La Santa Faz (sala XI), y ante La Crucifixión , El Bautismo de Cristo y San Francisco de Asís (sala XXX). Fue entonces que Achikawa lo notó tan conmovido, tan profundamente emocionado de encontrarse frente a tanto lienzo católico, que soltó una carcajada feliz al descubrir que un poquito más atrás había otra sala con más cuadros del mismo pintor. Prácticamente lo arrastró hasta la sala X, donde Sevilla lloró y emitió toda clase de extraños sonidos ante San Antonio de Padua y San Benito y ante El capitán Julián Romero como San Luis Rey de Francia.
La carcajada que soltó Achikawa al ver que la desaforada carrera de Sevilla por todo el museo había concluido en el baño, le impidió escuchar hasta qué punto andaba mal del estómago su amigo peruano. Sevilla reapareció minutos después con el rostro demacrado pero con las mejillas secas. Empleó un tono de voz convaleciente al silabearle Ve-láz-quez, a su compañero, y con un dedo tembleque le señaló las salas XII, XIII, XIV, XIV-A y XV. Nuevamente había que alejarse bastante de la redondelita.
Pero a Velázquez pudo verlo tranquilamente, sala por sala, cuadro por cuadro. Sólo el asunto de Las Meninas resultó un poco desagradable e incómodo. El querría apreciar el cuadro y había adoptado una postura casi reverente, las manos recogidas sobre el vientre como un sacerdote que se acerca al pulpito con sus evangelios. También quería comprender la exacta utilidad del espejo colocado al otro extremo de la sala, pero Achikawa parece que ya empezaba a cansarse de tanto arte occidental y lo arrastró hasta el espejo para que viera la cantidad de morisquetas que era capaz de hacer por segundo. «Ahora te toca a ti», le dijo con señas el japonés, con algo que tenía su poco de sordomudesca comunicación. Sevilla accedió, accedió por temor a que el asunto tomara mayores proporciones y sonrió. Ver en el espejo el tablerito dental en la mandíbula saliente le encantó al de Tokio. Soltó una extraña mezcla de carcajada y llanto que atrajo a un guardián de por ahí y que dejó a Sevilla un poco pensativo. El guardián les puso mala cara y Sevilla, abandonando su preocupación acerca de la utilidad del espejo, le señaló a Achikawa en el plano de la planta baja, la sala LXI, «Mu-ri-llo», le silabeó, contando para sus adentros uno, dos, tres, cuatro… Estaba a cinco salas de la redondelita. La historia volvió a repetirse. A dos salas de distancia tuvo que salir disparado rumbo al baño, pero esta vez Achikawa no lo siguió. Achikawa se quedó haciendo unos movimientos tan raros con la cabeza, algo así como unos «no» rotundos, rapidísimos e inclinados a la izquierda, que el guardián estuvo a punto de apretar un botón de alarma.
Con lo de Goya las cosas empeoraron notablemente, Sevilla, recién salido del baño, estudio y comprobó, no sin cierta satisfacción, que los cuadros del pintor «sordo y atormentado»; como decía en su guía, se hallaban en la planta baja. Lo de la satisfacción provenía de que, habiendo visto los cuadros de Goya, habrían cumplido con lo que el Jefe de Grupo les indicó, sin necesidad de subir para nada a la planta alta donde, según el plano, no había redondelita por ninguna parte. Con el estómago momentáneamente tranquilo, lo más sensato era empezar por la sala más alejada del baño e ir acercándose poco a poco a la redondelita. A Achikawa lo encontró en una sala en que había tres guardianes, contemplando tranquilamente un cuadro llamado La Sagrada Familia del Pajarito. Con un dedo tembleque le señaló la sala LVI-A. «Pinturas negras», decía entre paréntesis, y Sevilla buscó en su guía y pudo leer mientras llegaban eso del «Sueño de la razón produce monstruos». La frase lo asustó, lo desconcertó, le corrió subterráneamente por el cuerpo, y cuando llegaron a la sala sintió que había cometido un lamentable error. Achikawa se puso nerviosísimo, sus carcajadas ante cada cuadro se repetían y cada vez más un elemento de llanto se mezclaba en ellas, la gente protestaba, la falta de respeto del japonés, la insolencia, joven, dígale usted a su amigo que a ver si se calla. Un guardián intervino pero sólo sirvió para que Achikawa se riera más todavía, no lograba contenerse, Sevilla hundía la quijada en el pecho, se moría de vergüenza, «ssshii, ssshii», le hizo a su compañero, pero éste nada de callarse y lo del estómago. No era posible irse dejando a Achikawa en tal estado de disfuerzo, además lo de Achikawa parecía ser tan sólo disfuerzo… Qué hacía… Sevilla no pudo contenerse: estaba buscando el camino más corto hasta la redondelita cuando sintió que empezaba a escapársele caca incontrolablemente.
Por suerte lo de Achikawa se limitó a esa sala y nadie más se enteró de lo ocurrido. Eran ya casi las seis y el señor de la Compañía les había dado cita a las seis. Cuando llegaron a la puerta Murcia y Segovia tenían cara de haber estado esperando hace mil horas. El Cucho Santisteban apareció y les recalcó una y mil veces lo impórtate de la visita que acababan de realizar. En cuanto a Mister Alford, nunca se sabrá en qué cafetería anduvo metido, lo cierto es que llegó diciendo que tenía el reloj atrasado y con un fuerte tufo a cerveza.
– Bien -dijo el Jefe de Grupo-, ahora al hotel a descansar un poco, y a las diez en punto cita en el hall principal para ir a cenar. Para esta noche se les ha preparado cocina típica filipina.
– Yo no podré -se descubrió diciendo Sevilla. Se armó de mayor coraje y agregó tímidamente-: Tengo diarrea…
– De eso no se muere nadie, mi querido amigo. Usted lo que necesita es una buena cena filipina, luego una buena taza de té, y mañana como nuevo.
En el microbús, rumbo al hotel, el silencio fue absoluto. El Jefe de Grupo abrió la ventana por lo del tufo de Mister Alford y Mister Alford abrió la ventana porque este vehículo huele a mierda.
Nada pudo la taza de té contra la comida filipina y, al día siguiente, Sevilla estaba peor aún. De todo lo de anoche, y de todo lo que en los días sucesivos le iría ocurriendo, Achikawa iba entregándole un fiel testimonio: las mil y una fotografías instantáneamente reveladas. Anoche le había aplicado el flash hasta el cansancio, hasta se le había metido en la habitación para fotografiarlo sentado sobre la cama, retardando así el oculto cambio de sábanas y el oculto lavado del calzoncillo que no se había atrevido a dejar para que lo lavasen en el hotel. Y hoy día tocaba la visita panorámica a la ciudad. Partieron en el microbús a eso de las once (Mister Alford llegó de la calle diciendo que tenía el reloj atrasado y apestando a cerveza). Achikawa fotografió a Sevilla en la plaza de la Moncloa, en el Arco del Triunfo, en la Ciudad Universitaria, en el Parque del Oeste, en el Paseo de Rosales, en la Plaza de Oriente (delante del edificio del Palacio y del Teatro Real), tres veces durante el almuerzo (en una de ellas aparecía Sevilla de espaldas, corriendo hacia el baño). Por la tarde lo fotografió en la Puerta de Toledo, en la Plaza de Atocha, en el Paseo del Prado, en el Parque del Retiro (frente al Lago, y al pie del monumento a Alfonso XII), en la calle de O’Donnell, en la Plaza de Toros, en la Avenida del Generalísimo y, por último en la Plaza de Colón, al pie del monumento al descubridor de América. El paseo terminó a las mil y quinientas y con el Jefe de Grupo furioso porque ni la mitad de las paradas estaban previstas. Unas veces fue porque Sevilla necesitaba ir al baño y otras (las más) porque Mister Alford «tenía sed». En fin, mañana día libre para todos, aventura personal, podían efectuar sus compras y pasearse tranquilamente por la ciudad. Mañana sábado la cita era recién a las nueve de la noche por lo del Madrid de noche, Madrid by night.
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