Alfredo Echenique - Cuentos
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Eso se trajo abajo todo el asunto durante una media hora más o menos. Reinaba el silencio mientras comían y cada grupo se servía cerveza de acuerdo a sus necesidades, no compartían ni la sal. Pero el tiempo iba pasando y a Baby la cara de rabia de Calín empezó a gustarle cada vez más, casi como en los viejos tiempos, algo tenía en sus ojos, algo terriblemente atractivo, ni más ni menos que si hubiera vuelto a las andadas, cada vez que él no la veía, ¡paf!, le echaba su miradita. Y eso la hizo pensar y pensar hasta que de pronto se encontró en un callejón sin salida. En efecto, por un lado no podía amistar con Calín si él no le prometía nunca más volver a los billares y a los prostíbulos de la Victoria, pero, ¿acaso el otro día no había sentido que un Calín bueno era poco digno de su amor? Ya sabía: ésa iba a ser su gran noche. No bien se produjera el gran abrazo para el cual se había asistido a esa comida, ella abandonaría la cena diciéndole a Calín que para ella simplemente todo había terminado, que había perdido la fe en él. En ésas andaba Baby cuando Calín propuso un brindis por la única mujer que había amado en su vida, por la única que lo había sabido amar y comprender. Fue igualito que en la ranchera, con el llanto en los ojos alcé mi copa y brindé por ella. Y en este caso ella también quiso quedarse cuando vio su tristeza, pero nada. Baby no alzaría una copa más mientras no se desagraviara a Taquito. Fue media hora más ya sin comida pero con ingentes cantidades de cerveza y por último una botella de pisco para el gran brindis. Baby se sintió triunfal. Calín cedía, sin trampas ni astucias ni falsos brindis lo había hecho llegar exactamente al punto en que quería verlo. Y ahora estaba parado y ella lo estaba queriendo menos, casi nada porque estaba de pie, la cabeza gacha, bastante avergonzado porque seguro por primera vez en su vida iba a pedirle perdón a alguien. Taquito se incorporó al escuchar que pronunciaba su nombre y que brindaban por él con palabras de desagravio. Fue en ese instante, Baby lo deduciría después, que Calín la miró un segundo y le entendió los ojos verdes, triunfales, sonrientes. Bajó su copa y dijo que no podía haber brindis sin previo abrazo. Baby lo quiso menos todavía mientras se acercaba a abrazar a Taquito pero ahí acabó tanto desamor, ahí resurgió nuevamente Calín en todo su esplendor y lo que estuvo a punto de ser el gran abrazo se convirtió en fracción de segundo en una especie de gruñido de tigre, raaajjj, un zarpazo terrible, desconcierto general, Taquito se cubría la cara ensangrentada, los compinches de Calín maniataban a su compañero, mientras Baby sentía nuevamente que era inevitable obedecer y se dejaba arrastrar hasta la calle por un hombre que se la podía llevar a cualquier parte aquella noche.
Pero el tiempo que todo lo borra, dice el tango, y en el caso de Calín esta ley pareció cumplirse inexorablemente desde aquel mes de diciembre en que Baby y Taquito aprobaron su segundo año de Letras y él lo volvió a repetir por tercera vez. Todos como que cambiaron, como que maduraron, y Calín simplemente empezó a perder atractivo. Sus prostibularias historias cesaron de interesarles a unos compañeros que también ya habían hecho sus pininos en los burdeles de la ciudad y que, más de una vez, habían amanecido borrachos en las cantinas mal afamadas de Lima. Y ahora todos pasaban a tercero de Letras, a primero de Derecho, todos empezaban a trabajar en el estudio de papá y a tener su carro propio y a soñar con un lujoso porvenir en el que tipos como Calín no tenían ningún lugar, hasta lo empezaron a ver con algo de pordiosero, como a alguien que los incomodaba con sus sentimientos bastante huachafos y sus problemas absurdamente turbios. De pronto no fue más uno de los suyos sino una especie de huérfano empobrecido y sin un porvenir brillante como el de ellos, de golpe un consenso general decidió tácitamente que en sus futuras casas de Miraflores, de San Isidro, de Monterrico un tipo así no tenía cabida. Qué se iba a hacer, se cansaron de los bajos mundos, de sus mediocres leyes, algo mejor los esperaba, y tal vez todo el asunto quedó sellado una mañana en que Raúl Nieto apareció en la facultad diciendo que qué tanto burdel ni malanoche, seguro que Calín se acostaba tempranito como todos y que antes de venir a clases hacía gárgaras de pisco para llegar apestando a licor como si hubiera pegado la gran trasnochada. Risa general, olvido y vacío en torno a un héroe en desgracia que no tuvo más remedio que irse a buscar su nueva clientela entre los que recién ingresaban a la facultad. Y Baby simplemente lo mandó al diablo.
En cambio Taquito era un hombre nuevo, un flamante miembro de la Academia Diplomática, un entusiasta admirador de Baby de siempre, de la antigua compañera con quien tantos buenos momentos había pasado. Y era, sobre todo, un hombre dispuesto a triunfar en la vida, a hacer una brillante carrera y a hablar en adelante con palabras mayores. Una mañana se levantó, se puso su primer temo con chaleco y, parado frente a un espejo, llegó a casa de Baby y pidió su mano. Sus padres se la concedieron encantados.
Pero claro… siempre aquella pequeña diferencia con la realidad. Y la realidad era que Baby había entrado de cabeza en el gran mundo limeño. Para nada lo había excluido, por supuesto, pero por otro lado ahora salía con tres de los solteros más cotizados de la ciudad. El primero buenmocísimo, un escandinávico y rubio arquitecto cuyo nombre aparecía en casi todas las construcciones de los barrios elegantes. El segundo no paraba hasta conde español y, en cuanto al tercero, abogadazo de nota, era la primera vez que Baby salía con un hombre que pasaba los cuarenta y, lo que es más, experimentado hasta las sienes plateadas. A todos los abrazó Taquito en casa de ella, con todos discutió y a todos los vio partir noche tras noche llevándosela a algún restaurante carísimo.
Pero un día sucedió algo que lo convenció definitivamente de que, en el fondo, era a él a quien Baby amaba. Fue una noche en que no tenía nada que hacer. La llamó por teléfono para ver si podía ir a conversar un rato a su casa, y ella le dijo que desgraciadamente había quedado en salir a comer con el conde español. «Espera», agregó, «si quieres lo llamo y le digo que lo dejemos para otra noche». Taquito se quedó cojudo de felicidad, llenecito de esperanzas, y lo único que atinó a decir fue que no tenía un céntimo para invitarla. Pero Baby tenía demasiada clase como para que eso le importara y una hora después estaban comiendo en la Pizzería de Mirafiores. De ahí pasaron al Ed’s Bar, todo pagado por ella. Taquito la sacó a bailar un slow y le pegó la cara. Media hora más tarde Frank Sinatra estaba cantando Thosefingers in my hand, y Baby le confesó que para ella los hombres más atractivos del mundo eran Frank Sinatra y Antonio Ordóñez.
Menudo problema para Taquito el de parecerse a tremendos tipazos. Pero se vio varias películas de Sinatra y decidió que colocándose un sombrero de lado (con lo cual se convirtió en el hazmerreír de medio Lima), sonriendo de cierta manera y utilizando determinadas expresiones en inglés era posible parecerse al artista, crear un ambiente psicológico parecido al que se desprendía de sus actuaciones en el cine. Esto y whisky porque Sinatra era de los que se tomaban sus buenos tragos no sólo en el cine sino también en la vida real. Faltaba solamente que llegara la ocasión. Whisky, sentimientos latinos, modismos norteamericanos, sombrero ladeado, Baby sucumbiría.
Y qué mejor oportunidad que la que ahora se le presentaba con la fiesta de la Beba Aizcorbe. Ni hablar del peluquero. Él conocía bien esa casa inmensa, de enormes salones archimodernos y ventanales que daban sobre un jardín que seguramente estaría más alumbrado que Beverly Hills para la ocasión. Unos cuantos whiskies antes de la fiesta, justo los necesarios para llegar en forma, para entrar encantado de la vida, saludando a todo el mundo y presentándose finalmente donde Baby con más cancha que Sinatra en Paljoey, cuando apareció en casa de la multimillonaria Rita Hayworth. Perfecto. No podía fallar. Taquito se anduvo entrenando toda la semana, y el sábado a las siete en punto de la noche ya estaba sentado en el Blackout, pidiendo su primer whisky. Ahí hubo un decaimiento. El primer whisky no le hizo el efecto deseado, la verdad es que no le hizo ningún efecto estimulante y el segundo y el tercero lo mismo que el primero, como si nada. Se metió el cuarto a eso de las ocho y otra vez como si fuera agua. El quinto lo mismo y así el sexto y el séptimo, cosa rara en él, pero de pronto el octavo se le trepó hasta el cielo. Tuvo que tener cuidado para no tambalearse al salir pero con un pequeño esfuerzo logró dominarse y utilizar los efectos del licor exactamente para los fines deseados. Entró, pues, a la fiesta tal como lo había planeado, hasta lanzó el sombrero al aire y embocó en una percha, igualito que en el cine, lo único malo es que de repente no supo en qué película estaba y como que se le mezclaron todas. Mejor aún, ése era el verdadero Sinatra, el de todas sus películas, así era el personaje. A Baby la saludó desde lejos haciéndole adiós con la corbata y cuando llegó donde ella le golpeó afectuosamente la mejilla y se echó un poquito para atrás, ni más ni menos que el cantante entonando Cheek to cheek. Baby lo miraba entre asombrada y sonriente y sobre la marcha se dio cuenta de que había bebido algo más de la cuenta. Pero él dale con que dónde está el bar, whisky on the rocksquería, y tú, beautiful one , me vas a acompañar a buscarlo porque no te voy a dejar sola en este barrio mal poblado. Baby lo seguía, lo acompañaba y, por último, le dijo que de acuerdo, que estaba dispuesta a instalarse en uno de los taburetes del bar siempre y cuando hubiese una botella de oporto, porque ella sólo bebía oporto.
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