Alfredo Echenique - Cuentos

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Se estaban pegando la gran tranca juntos, por lo menos eso es lo que él creía y dale con servirse otro whisky sin darse cuenta de que Baby aún no pasaba de la primera copa. «Armemos la gran juerga», gritaba Taquito, «Let’spaint the town», y sentía en lo más profundo de su corazón que estaba igualito a Sinatra cantando Island of Caprí, hasta le parecía escuchar a la orquesta de Billy May acompañándolo. Media hora más tarde tenía a Baby abrazada, encantada de estar con él, y cada vez que ella le celebraba una de sus salidas en inglés él la traía riéndose hacia su cuerpo y ahí la escondía un ratito contra su hombro. Luego volteaba a mirar hacia la terraza donde tanta gente bailaba pero en una de ésas como que vio doble y casi se viene abajo del taburete. «Un momento», dijo, «no te cases en mi ausencia, Baby.» En realidad lo que quiso fue ir en busca de un disco de Sinatra para darle ambiente al asunto, pero en el camino no tuvo más remedio que desviarse violentamente para ir a parar al baño. Se sintió pésimo y, cuando regresó, como que ya no sabía muy bien dónde estaba, se tropezó demasiadas veces antes de llegar donde Baby y una vez a su lado comprendió que le era simplemente imposible volver a subirse al taburete. Pero aceptó feliz el whisky que ella le dio y continuó conversando hasta que de pronto supo que estaba pegándole un rodeo enorme al asunto de la declaración amorosa y que Baby lo escuchaba muy seria. Tuvo la certeza de que Baby le estaba prestando toda la atención del mundo.

Y para siempre guardó la absoluta certeza de que si alguna vez en la vida ella le había hecho caso había sido precisamente esa noche. Pero hasta ahí los recuerdos. Lo demás se le borró desesperadamente y, al despertar el domingo, lo hizo con la total convicción de que algo había sucedido, no necesariamente malo pero sí insuficiente. Sólo Baby podía saber qué había ocurrido, ella le contaría, si ya eran enamorados se dejaría coger de la mano esa tarde, y sin embargo tanto dolor de cabeza y esa espantosa sensación de que lo de anoche no había sido más que un borrón al cual una sensación de inseguridad añadía casi obligatoriamente algo de cuenta nueva.

Fue como se lo esperaba. Vio a Baby, hizo alusión a lo de anoche y, como ella se limitara a sonreír indicando casi que nada había pasado, ya no encontró el coraje para tomarla por la mano y comprobar si algo había pasado. Podían ser dos cosas: que Baby le había dicho que no y que Baby, al comprobar que estaba borracho, había optado por no darle importancia al asunto en cuyo caso qué otra solución quedaba más que la de empezar de nuevo.

La feria de octubre fue la ocasión. Venían toros y toreros españoles y Taquito la invitó a ver las dos corridas del ídolo Ordóñez. Por supuesto que antes se leyó completitas las obras de Gregorio Corrochano y, en lo referente a La estética de Ordóñez, prácticamente se la aprendió de paporreta. A Acho llegó con puro y sombrero cordobés lo cual le valió más de un silbidito tipo hojita-de-té, pero qué diablos si Baby sabía compartir a fondo los verdaderos ambientes y eso precisamente era lo que él le estaba creando. La tarde se presentó perfecta.

Ordóñez, con un faenón de dos orejas y rabo, le dio tanto ambiente al asunto como la música de Sinatra le había dado antes a su encarnación del famoso cantante. La gente gritaba en la plaza, oles a granel, flores en el ruedo, pero Taquito, muy entendido, sabía en qué consiste la seriedad de un torero de Ronda y entre toro y toro le explicaba a Baby cuál era la exacta diferencia entre la escuela rondeña y la sevillana. Realmente la llegó a interesar, y terminada la corrida, ella aceptó gustosa seguir escuchándolo mientras tomaban un par de oportos en el bar del Bolívar. El embrujo se había creado, Baby estaba nuevamente cerquísima de él.

Y en la fiesta de Luz María Aguirre, Taquito, con la serenidad y elegancia de una verónica de Ordóñez, con un solo whisky bien saboreado, le iba a hablar definitivamente de sus sentimientos. No había miedo, no había cortedad posible, como en la escuela rondeña con el mínimo de pases el bello animal se aproximaría ya dominado a la hora de la verdad. Frases seguras, palabras bien dichas, una fina atención a sus deseos, un oporto traído a tiempo, una majestuosa calma serían los equivalentes de una breve y grande faena. El lugar era propicio. Se habían instalado al borde de una gran terraza que se elevaba un metro sobre el jardín. Abajo, en el tabladillo, bailaban las parejas y ellos, allí al borde, conversaban tranquilos, casi graves. Taquito hasta se sorprendía de lo bien que Baby se ajustaba a las circunstancias que él iba creando. Así hasta que llegó el momento en que ella tuvo su oporto y él su whisky. No; esta vez no iba a llegar intempestivamente y con la ayuda de copas a lo que quería; esta vez sin confusión ni engaños era él quien iba a encontrar el momento apropiado, con coraje, con hombría. Y ahora es cuando, ahora en que la orquesta estaba tocando un hermoso pasodoble, ahora en que Baby, volteando ligeramente para observar a las parejas, le había mostrado como nunca la desesperante dimensión de su belleza a los veintiún años. Ordóñez-Taquito se apoyó sólidamente sobre el espaldar de su asiento y echó una bocanada de humo antes de empezar a hablar, Baby, ha llegado el momento en que tenemos que ver muy claro en nuestros sentimientos… Eso es lo que estaba diciendo, apoyándose cada vez más en el espaldar para poder seguir el humo que se elevaba ayudándolo a hablar. No se dio cuenta Taquito de que los muebles suelen ser muy livianos en las terrazas y a punta de apoyarse se fue de espaldas, desapareciendo bruscamente de su declaración de amor.

Ésa fue la última tentativa que hizo por acercarse a la verdad, a lo que debía y tenía que ser la verdad. Dos veces se había acercado y las dos veces algo había ocurrido pero también algo había sido dicho. Entonces ¿por qué no reaccionaba Baby? Taquito llegó a pensar que era por insensible o por falta de inteligencia; cualquier otra persona se habría dado cuenta, habría hecho una alusión al asunto, se habría sentido aludida. Pero por esas épocas andaba demasiado embobado como para dar rienda suelta a tan negativos pensamientos. Qué quedaba más que seguir, seguir viendo a Baby, seguir saliendo con ella cuando no tenía cita con alguno de los tres solteros incasables con que salía a cada rato. Volvió a abrazarse con todos, volvió a compartir sus risas y optimismos, habló en público de los «lazos inseparables» que lo unían a Baby, pero en una comida de ex alumnos de su colegio bebió un poco más de la cuenta y extrañó profundamente las épocas en que hablaba a solas con el padre Manrique.

Sin embargo la vida empezó a darle grandes satisfacciones. De la Academia Diplomática se graduó con excelentes notas y dónde se ha visto un diplomático triste. Estaba tan contento con sus ocupaciones que en el fondo a lo mejor ni quería a Baby. La continuaba viendo, eso sí. Con ella iba a todas partes y ella era su compañera infalible cada vez que salía con algún amigo y su novia. Porque por esa época sus amigos empezaron a tener novias, a regalar anillos con brillantes y hasta a casarse. Ya no salían con amigas o enamoradas, ahora el asunto era con la novia, hasta con la esposa. «No, conmigo no es la cosa», dijo un día Taquito, cuando le preguntaron que cuándo iba a sentar cabeza. Lo dijo sin pensar, casi como un reflejo defensivo y de golpe descubrió que su frase le había encantado. Hombre, por qué no. Por qué no ser como el arquitecto y el conde y el abogadazo. Eso. La soltería, la soltería le caía de perilla, estaba perfectamente de acuerdo con su carácter y aquello de convertirse en un soltero cotizado e incasable le pareció una idea muy atractiva. «Sale con Baby pero ése no se casa nunca.» Exactamente. Era justo lo que iba a decir la gente sobre él, y qué mejor que tener fama de hombre de mundo, de solterón inconquistable.

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