Alfredo Echenique - Cuentos

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Y cómo no iba a querer verla, frecuentar con ella las plateas de los cines a los cuales sus compañeros asistían también con sus primeras enamoradas. Verla y ser visto con ella, exhibirse con Baby, poder contar después en el colegio los plancitos que tiraban en el sofá de su casa, claro que esto último nunca fue verdad, pero a quién le constaba, quién lo iba a poner en duda si por todas partes él y Baby aparecían juntos, interesadísimos el uno en el otro. Baby había encontrado el compañero ideal, hablador, alegoso como él solo, pero siempre dispuesto a callar y darle la razón al fin. Compañero ideal, inteligente y lector, con él se podía hablar de cosas serias, discutir la quinta sinfonía de Beethoven y la existencia de Dios, que siempre, por lo demás, terminaba existiendo, con él se podía intercambiar libros y estudiar los sábados por la tarde, el resto qué importaba, qué importaba por ejemplo que la gente empezara a decir que eran enamorados a punto de tanto andar juntos sábados y domingos, cada vez que él salía del internado. Baby estaba dispuesta a convertirse en una mujer interesante y qué más interesante que saber que la gente hablaba de ella a sus espaldas, qué cosa más interesante que ser alta y guapísima y darse el lujo de tener un enamorado bajito y con fama de medio pesadote, Baby Schiaffino tiene personalidad, eso iba a decir la gente, sí, eso. Por lo demás Taquito no era su enamorado y si con el tiempo podría llegar a serlo fue un problema que Baby simplemente nunca se planteó.

Taquito en cambio como loco: soy su enamorado pero por el momento que nadie lo sepa porque es a escondidas de sus padres, amores prohibidos, comprende, hermano, y no le digas a nadie, como loco Taquito y lleno de confianza porque en el colegio seguía contando lo de los plancitos en el sofá, siempre con la esperanza de que las voces no llegaran hasta donde Baby. Y si llegaban qué diablos, Baby comprendería, las malas lenguas, la envidia de unos cuantos resentidos, enemigos nunca faltan, no, nada pasaría nunca. Mientras tanto él preparaba su camino, todo era cuestión de saber esperar, de saber encontrar el momento, de seguir viendo a Baby hasta que un día, por cualquier motivo, la conversación derivaría hacia algún tema parecido al amor y entonces él empezaría diciendo Baby, gracias a ti he olvidado a Carmen.

Pero había problemas que superar. El primero fue el asunto ése del baile. Sucedió, tenía que suceder: ya él lo había probado mil veces pero por más que trataba no lograba cogerle el ritmo a nada, ni al bolero siquiera, al merengue ni hablar, simplemente no podía, no había nacido para bailar y los esfuerzos de Baby iban a resultar inútiles. Pero cómo decirle, cómo negarse a tan generoso ofrecimiento, Baby estaba dispuesta a enseñarle a bailar y, como siempre, él no tuvo más que aceptar. Para qué, fue humillante, muy humillante. Sábado tras sábado Baby lo tuvo en sus brazos, lo apretó, lo movió, le dio vueltas como a un muñeco. Y nada, él no respondía, a duras penas si logró aprender a bailar mal el bolero con ella. Pero la poca satisfacción que eso pudo causarle se derrumbó ante la evidencia de una cosa que sí que lo molestaba: aquella intimidad del salón oscureciendo en casa de Baby y él que nunca supo sacar partido de la situación, nunca se atrevió a nada, a pegársela un poquito más, a apretarla un poquito, tenía los senos, los brazos, las maravillosas caderas de Baby prácticamente entre sus manos, y sin embargo siempre esa sensación de fatiga, no, de fatiga no, de desasosiego, peor todavía, de nostalgia y de pena, de pena y de algo que nunca quiso aceptar, la abrupta soledad de aquella tarde en que sintió que estaba ante una inalcanzable dimensión de la belleza.

Pero eso los sábados y/o domingos. Otra cosa eran el lunes, el martes, allá en el colegio: se la había bailado riquísimo en su casa, apenas una lamparita encendida y sus padres en vermouth, el mayordomo, la cocinera, la chola, todo el mundo en la cocina y ellos solitos en el salón, había tal lujo de detalles en las descripciones de Taquito que hasta el mismo Lucho empezó a escucharlo con atención, por lo pronto salía con ella siempre y eso ya era algo. Algo también eran los encuentros de Taquito con su almohada, a veces hasta le daba manotazos para que se callara, para que no jodiera, déjame dormir tranquilo, le decía casi, al apagar la luz, y la verdad es que con el tiempo Taquito Carrillo empezó a dormirse sonriente, plagado de aventuras con Baby Schiaffino, como si él fuera el mayor embaucado en aquel oscuro negocio de su carácter que con el tiempo se iba transformando en su «gran capacidad».

«Gran capacidad de asimilación», había señalado un cronista deportivo, refiriéndose a la resistencia a los golpes que poseía Archie Town, un boxeador norteamericano que andaba por entonces en Lima. Y Taquito había sentido que eso se le parecía aunque en su caso era también algo más, era contar una mentira alegre y sentir la alegría de la verdad, y era sobre todo sonreír cuando las cosas le salían mal como si en alguna región ignorada del alma le estuvieran saliendo bien, sonreír sonreír, sonreírle siempre a la vida porque la vida no está a la altura de lo que uno espera, la vida es en el fondo triste pero existía felizmente la vida con la gente, mentira y sonrisas, sonrisa y mentiras. Y eso tenía que ser verdad, Taquito lo sabía, lo sentía hasta tal extremo que una tarde un alfiler de la inteligencia le incrustó la convicción de que tanto besuqueo tumultuoso con Baby Schiaffino, tanto feroz manoseo en el sofá de su casa lo estaban convirtiendo en un hombre experimentado en la vida y en el amor.

Y sin embargo no eran épocas fáciles. Los dos, Baby y él, estaban por terminar el colegio y pronto arrancaría todo el asunto de las fiestas de promoción. Por supuesto que Baby aceptó encantada ir con él, pero en cambio no le dijo ni pío de invitarlo a la suya. Qué pasaba. No lo entendía muy bien. Lo lógico era que Baby lo llevara de pareja, aunque claro, por supuesto, él no sabía bailar, seguro que por eso Baby no lo iba a escoger, a ella le gustaba bailar y ya bastante se había sacrificado pasándose noches enteras sentada conversando con él, él sólo la sacaba cuando tocaban un bolero. La fiesta de promoción era otra cosa, allí todo el mundo era enamorado o iba a divertirse como loco. Y eso de divertirse y de bailar frenéticamente a Baby le encantaba, tenía el ritmo en la sangre, se movía como negra, casi daba vergüenza verla cuando alguien los interrumpía en plena conversación y la sacaba a bailar un calypso, un mambo, un rock. Baby se volvía loca, a una aguda quebrada de cintura del tipo una agudísima de Baby, le pedía que qué con la cara, los ojos, la boca, se despeinaba, se hacía ver grandaza en el centro de la pista, prácticamente se abría campo a caderazos, sólo Taquito sabía que tanta locura era calculada, bastaba ver la tranquilidad con que luego volvía y continuaba hablándole de La rebelión de las masas, por ejemplo.

No lo invitaría, pues, y en efecto no lo invitó. Sonrisas y una nueva mentira y llegó la noche de la promoción de Baby y Taquito estuvo genial, eso sí que era tener lo que se llama clase. A las ocho en punto ya estaba donde Baby conversando con todo el mundo y listo a recibir con bromas y comentarios al suertudo de Cuqui Suero, tercer año de agronomía, un tipazo y de los pintones además, hasta lo abrazó como a viejo amigo al verlo entrar a la casa, medio muñequeado el pobre frente a los padres de Baby, crecido ante las circunstancias, él con esa familia estaba como en su casa, y ni hablar de que fue el primero en gritar ¡guapísima!, no bien apareció Baby en la escalera. Pero ahí cambiaron las cosas, él bajó los ojos y Cuqui los mantuvo fijos: era más que obvio que, bajo el escotado traje color turquesa, Baby, agrandadísima, había dejado sus senos en completa libertad. Bueno, había llegado la hora de partir, no correr mucho en el auto, que no volvieran muy tarde, y Taquito sonriendo como si al mismo tiempo dijera consejos de madre, tonteras de la vieja, y tiene usted toda la razón señora. Pero cuando la pareja desapareció las cosas se deterioraron momentáneamente, algo así como qué diablos hago yo aquí, y ahora qué. Eso sólo un instante sin embargo, al minuto ya estaba de nuevo feliz porque el padre de Baby le acababa de ofrecer un whisky, tenía su encanto lo de quedarse conversando con los viejos, demostraba madurez, aunque claro, mucho no podía durar. Y poco rato después Taquito tuvo que enfrentarse con la calle vacía, a las nueve de la noche de una maravillosa noche de diciembre. Inmediatamente supo que iba a hacerlo, ni siquiera se preguntó si era alegre o triste, sólo sintió que iba a hacerlo porque así se le había ocurrido y porque era más fuerte que él. Carro no le faltaría porque acababa de aprobar con muy buenas notas todos sus exámenes y su padre le prestaría el suyo siempre que se lo pidiera. Comió pues con sus viejos y luego subió a su dormitorio contándose la mentira de que iba a probarse el smoking. Después de todo, por qué no, dentro de tres días era su fiesta de promoción y por qué no. Pero a escondidas se lo quedó puesto y a escondidas partió en el auto y casi a escondidas estuvo dando vueltas por Lima hasta que, a las dos de la mañana, ya era hora.

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