Ha vuelto ha ponerse las gafas y mira por la ventana, no hacia el patio, sino por encima de los tejados y de la torre vigía del colegio, como si buscara en el cielo un rastro de la nave Apolo.
– La vida empezó en el agua, según los científicos. Al cabo de muchos millones de años algunos de aquellos seres marítimos abandonaron torpemente el agua y empezaron a ocupar la tierra. Y ahora, quizás, estos mismos días, la vida emprende un salto mucho mayor, de la tierra al espacio. ¿Y no hay un porqué para ese esfuerzo inmenso, un motivo para esos saltos formidables, nada más que la lucha por la vida, que la supervivencia y la reproducción? El simio, para alcanzar la posición erecta, ¿no está apartando sus ojos de la superficie de la tierra, no lo hace por el deseo de mirar al cielo? El proceso de hominización es en el fondo el resultado de un anhelo de trascendencia. Te hablé del padre Teilhard de Chardin y quizás ha llegado el momento de que te acerques a su obra, mucho antes de lo que yo esperaba. La mente juvenil quema etapas que para el adulto equivalen a largos períodos de aprendizaje. Es natural, tú desconfías de tus superiores, de estos hombres con sotana que te obligamos a rezar de memoria y te decimos que si no crees que Dios creó el mundo en seis días y que la mujer procede de una costilla del hombre te vas a condenar…
– Eso dice el Padre Director.
Que todo lo que dice la Biblia es dogma de fe.
– ¿Y que Josué le mandó al Sol que se parara en el cielo y el Sol obedeció? ¿Y que un carro de fuego arrebató al profeta Elías? -A lo mejor era una nave extraterrestre, como dicen que era la estrella de Belén.
– El mensaje bíblico no es fácil -el padre Peter tiene ahora una sonrisa de conmiseración hacia mí-. Mentes de primera categoría, desde los padres de la Iglesia, se han esforzado en comprenderlo durante diecinueve siglos. Sabios, historiadores, eruditos, expertos en lenguas orientales, en jeroglíficos, en escritura cuneiforme. ¿Y vamos nosotros a pensar que lo entendemos todo, en una simple lectura, como se entiende una noticia del periódico? El padre Teilhard de Chardin no fue un sacerdote cualquiera, un simple teólogo. Fue un científico, y uno de los grandes del siglo Xx. Un paleontólogo de primera categoría, descubridor de fósiles como el}Homo pekinensis}. Pero para él la evolución no era un proceso ciego, guiado por la casualidad o por la ley terrible, la ley injusta de la supervivencia de los fuertes. La evolución tiene un sentido, un impulso ascensional, que está en toda la naturaleza, en la semilla y en el árbol que crecen desde el interior de la tierra, en el simio que alza sus manos y su cabeza de ella para mirar al horizonte, para caminar erguido. En el astronauta que rompe la fuerza de la gravedad levantado hacia el cielo por la fuerza inmensa del cohete Saturno. Detrás de la evolución está el diseño de Dios, que es a lo que los cristianos hemos llamado siempre la Providencia…
– ¿Y si hay otros seres más inteligentes y más evolucionados que el hombre en planetas de otras galaxias? -Daría lo mismo -dice el padre Peter, después de unos segundos de vacilación-. La acción salvadora de Cristo reviste dimensiones cósmicas.
– ¿Y los dinosaurios? -¿Qué pasa con los dinosaurios? -al padre Peter se le está acabando la paciencia.
– Se extinguieron hace sesenta y cinco millones de años, por culpa del impacto de un meteorito gigante sobre la Tierra.
– Es sólo una hipótesis, como sabes.
– Gracias a la extinción de los dinosaurios pudieron prosperar otras especies, como los primeros mamíferos…
– Seguimos en el terreno de la hipótesis -el padre Peter pone cara de intensa meditación, las manos juntas y rectas delante de la boca, como si rezara, las uñas a la altura de la nariz-. ¿Adónde quieres llegar? -Si no desaparecen los dinosaurios no hay mamíferos que progresen en la Tierra -tomo aliento, nervioso, embriagado de mi propia temeridad, de mi palabrería-. Y si no hay mamíferos no hay simios, ni homínidos, y por lo tanto no hay seres humanos. ¿Fue Dios, o la Divina Providencia, quien envió aquel meteorito gigante a chocar contra la Tierra, para que se extinguieran los dinosaurios? El padre Peter observa mi excitación, mi nerviosismo: adopta una expresión voluntaria de paciencia, una actitud entre de ironía y de afectuosa mansedumbre.
– Así que, según tú, no hay lugar para Dios en el orden del Universo.
?Eres ateo? -Soy agnóstico, padre -trago saliva al decir esa palabra, que aprendí no hace mucho de él.
El padre Peter mueve la cabeza pensativamente, mira la hoja en la que ha estado dibujando flechas, esquemas, diagramas, líneas que se entrecruzan.
Se pone en pie y yo aprovecho para levantarme, suponiendo con alivio que da por terminada la entrevista. Se me acerca, ahora menos alto que yo, y me pasa una mano por el hombro, confidencial, sin rendirse, lleno de serena paciencia.
– Comprendo tus inquietudes -dice, en voz baja, y puedo oler su aliento cercano-. Sé que sigues buscando, y que el camino no es precisamente fácil. ¿Quieres que te confiese? -No tengo tiempo -miento de nuevo, y me desprendo de él-. Tengo que irme al campo a ayudar a mi padre.
Vivo escondiéndome, refugiado en los libros, y en las noticias sobre el viaje del Apolo Xi. Aguardo con impaciencia los boletines horarios de la radio y los telediarios en los que se ven imágenes borrosas de los astronautas flotando en el interior de la nave, moviéndose entre cables y paneles de control. Audaces y a la vez muy protegidos, abrigados en un interior translúcido como el que habitan dentro de sus capullos los gusanos de seda.
Separados del espacio exterior por unos pocos milímetros de aluminio y de plástico, avanzando en un silencio absoluto y en una perfecta curva matemática en medio del vacío que separa la órbita de la Tierra de la de la Luna, lentos e ingrávidos y a la vez moviéndose a treinta mil kilómetros por hora, la nave girando cada cuatro minutos en una rotación que le permite no ser incendiada por los rayos solares, no sucumbir al frío antártico en el que cae instantáneamente el lado que se queda en la sombra. Cada cuatro minutos la Tierra aparece en una de las ventanas circulares, un globo azul, cada vez más lejano, con manchas pardas y verdosas y espirales blancas, un lugar solitario, tan frágil como una esfera de cristal transparente.
Los libros que me gustan tratan de naves espaciales, de aerostatos que sobrevuelan las selvas y los desiertos de África, de buques submarinos, de viajeros que quieren descubrir el mundo y a la vez huir de la compañía de los seres humanos. Pero ahora las aventuras y las máquinas voladoras o submarinas de los libros de pronto son menos novelescas que las de la realidad, y yo aguardo las noticias de la radio o de la televisión con la misma impaciencia con que otras veces he vuelto a mi casa para reanudar la lectura de julio Verne o de H. G.
Wells. Me han alimentado la imaginación y el gusto apasionado por las novedades de la ciencia, y justo ahora, cuando la novela de la ciencia puedo seguirla cada día en las noticias, Verne y Wells pierden el resplandor de la anticipación y se vuelven tan anacrónicos de un día para otro como las ropas que visten los personajes en las ilustraciones de sus libros.
"Julio Verne, profeta de la aventura espacial", dice un artículo de L. Quesada en}Singladura}, el periódico de nuestra provincia.}Llegó a anticipar con pocos kilómetros de equivocación hasta el lugar en la península de La Florida desde donde se produciría el despegue}, escribe el reportero Quesada, que en realidad no es periodista, sino dependiente en los almacenes de tejidos El Sistema Métrico, donde mi madre y mi abuela compran siempre las telas, incluidos los retales blancos para los atroces calzoncillos de los que se burlan mis compañeros en clase de Gimnasia. Pero los astronautas de Verne viajan a la Luna en una bala hueca de cañón, y llevan consigo una pareja de perros y una jaula con gallos de corral. La nave de los viajeros de Wells es una esfera de cristal, protegida por un sistema absurdo de persianas o cortinillas que han sido untadas con una sustancia llamada cavorita, por el nombre de su descubridor, el científico Cavor. La cavorita es un compuesto en el que interviene de algún modo el helio, y vuelve inmune a la fuerza de la gravedad cualquier objeto que haya sido pintado con ella. En la Luna de Wells hay depósitos de aire congelado en el fondo de los cráteres, y cuando les da el sol se vuelven líquidos y luego acaban formando una densa capa de niebla que permite la respiración y dura en su estado gaseoso hasta que la noche lunar cae de nuevo y el aire vuelve a convertirse en hielo. Bajo la superficie de esta Luna fantástica hay un mundo sofocante de túneles en el que habitan criaturas disciplinadas y maléficas como colonias de termitas. La Luna de Verne es menos improbable, y los viajeros no llegan a poner el pie en ella: pero desde los ojos de buey de la bala hueca en la que han llegado a situarse en la órbita lunar ven de pronto, en la cara oscura del satélite, al fondo de la negrura y de la lejanía, ciudades y bosques, ruinas inmensas, lagos sulfúricos. Hace unos meses, en diciembre, los astronautas del Apolo Viii dieron catorce vueltas a la Luna, y no vieron ruinas, ni cráteres borrosos por la niebla, ni canales de regadío como los que dicen que pueden verse en la superficie de Marte. Veía en la televisión las imágenes tan cercanas, las oquedades, las llanuras grises, las sombras tan exactamente recortadas sobre un paisaje sin la difuminación del aire, y me parecía que yo iba en ese módulo, a tan pocos kilómetros de distancia, y que mis ojos, como los de los astronautas, podían distinguir lo que nunca hasta entonces vieron unos ojos humanos. Mi cara muy cerca del cristal, y yo temerario y a salvo, como si hubiera navegado por el fondo del mar en el submarino del capitán Nemo. Una noche de insomnio, en la radio, escuché a un locutor de voz grave y severa que contaba que la NASA conservaba bajo el máximo secreto imágenes misteriosas tomadas por las cámaras de televisión del Apolo Viii: un cráter de extraña forma triangular, una silueta en el horizonte que se parecía extraordinariamente a algún tipo de torre de control. Los astronautas habían visto y fotografiado una pirámide luminosa, pero el gobierno americano había destruido las fotos, y les había exigido silencio a los tres testigos de aquella visión que según el locutor contradecía todos los dogmas de la ciencia oficial.
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