Gao Xingjian - El Libro De Un Hombre Solo

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…Has escrito este libro para ti, un libro sobre la huida, el libro de un hombre solo. Eres a la vez tu Senor y tu apostol, no te sacrificas por losdemas y no pides que nadie se sacrifique por ti, no puede ser mas justo. Todo el mundo desea la felicidad, por que solo habria de pertenecerte a ti? Dehecho, la felicidad es bastante rara en este mundo? (Gao Xingjian).Un hombre recuerda el principio de su vida en China, su familia, su pais, sus aprendizajes y como esa vida placida desaparece de repente con el estallido dela Revolucion Cultural, que va a acabar con el pensamiento y la libertad. Cada uno va a convertirse desde ese momento en un hombre solo, una mujer sola, unser humano solo ante la desesperanza y el terror. Su supervivencia exige `que el cerebro desaparezca,` que no haya cerebro en las miradas ni en las palabrasni en los actos del dia, y, sin embargo, se puede violar a un ser humano, con violencia fisica o violencia politica, pero no se lo puede poseer porcompleto?, porque su mente siempre le pertenecera. Y esa es la gran belleza de El Libro de un hombre solo, que, reflejando hasta hacernos entremecer la cobardia, el lado oscuro y la tristeza, ha sabidointroducir asimismo la esperanza, se pequeno resplandor en una sociedad espesa como el barro?.La dulzura de los recuerdos y de la infancia, la violencia politica, el amor y tambien el erotismo se mezclan en esta novela sencilla y sorprendente, resumende la vida de un hombre solo y testimonio literario esencial y sublime.Gao Xingjian nacio en Jangsu (China) en 1940. Novelista, poeta, dramaturgo, director de teatro y pintor, como un artista del Renacimiento tiende a abarcarel arte en sus distintas disciplinas, y en cada una deellas investiga una forma personal de expresarse mezclando tecnicas, estilos y generos.

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Tienes que adoptar una pose, luego no moverte, transformarte en estatua.

Necesitas flotar por los aires como una telaraña y desaparecer poco a poco como un pedazo de nube;

Necesitas ser como la rama espinosa del azufaifo, como la hoja del árbol de sebo cuando empieza el invierno, que se vuelve violeta oscuro por el hielo y que tiembla en el viento;

Necesitas vadear los arroyos, escuchar el ruido que producen tus pies desnudos sobre los adoquines grises de la calle;

Necesitas sacar tus recuerdos pesados de la cuba de pintura para manchar el suelo;

Necesitas un escenario brillante para que él se revuelque con una mujer desnuda bajo la mirada de la gente;

Necesitas mirarlos desde arriba con tus ojos vacíos, dos agujeros negros;

Necesitas ver detrás de la puerta las sombras de la luna llena que brilla solitaria en el firmamento;

Necesitas copular con una loba, aullar con ella, con la cabeza mirando al cielo;

Necesitas bailar solo, describiendo un redondel, con pasos pequeños, rápidos y ligeros, ti-ti-ta, ti-ti-ta;

Esperas que él, tu bailarín, saltará en el suelo como un pez fuera del agua;

Esperas que una mano cruel agarrará a ese pez gordo y resbaladizo, que lo abrirá de golpe con un cuchillo, aunque no quieres que muera de ese modo;

Necesitas encontrar una voz muy aguda para contar una historia olvidada, tu infancia, por ejemplo;

Necesitas sumergirte lentamente en el fondo del agua, en la oscuridad, como un barco que se hunde, y quieres ver cómo suben las burbujas a la superficie, en el más absoluto silencio;

Necesitas convertirte en un pez cabezón que se mueva por las algas, agitando la cabeza, moviendo la cola;

Esperas convertirte en un ojo triste, profundo y desconsolado, y contemplar con ese ojo cómo gira y vuelve a girar el mundo, y ese ojo está en el centro de tu mano;

Esperas ser una resonancia, y, en esa resonancia, se distingue una suave voz de barítono ante un muro de sonido;

Esperas ser una canción de jazz, que se interpreta libre e inesperadamente, con improvisación y fluidez, luego, se convierte en una postura extraña, una sonrisa equívoca, un semblante a la vez sonriente y sospechoso, después, se vuelve totalmente insensible y se pone rígido. Más tarde, sigilosamente, te deslizas y te transformas en locha de estanque, mientras conservas en tu rostro impasible una sonrisa extraña; abres la boca, mostrando los dientes, dientes ennegrecidos por el humo de tabaco, o dos grandes dientes de oro que brillan en medio de ese rostro risueño y petrificado, es muy divertido.

Esperas convertirte en el niño que orina en la esquina de una calle del centro de Bruselas. Los hombres y las mujeres van a beber el agua que mea, las chicas no paran de reírse al lado, mientras que tú eres un viejo que contemplas el espectáculo desde un bar cerca de allí. Estás tan viejo, tu rostro está cubierto de arrugas tan profundas, que tu expresión se queda igual, rías o no, y bebes una cerveza dulce, tan negra como la salsa de soja.

Te gustaría echarte a llorar a moco tendido delante de todo el mundo, pero sin ruido, las personas no sabrían por qué lloras, ignorarían si lloras realmente o si finges; asimismo, te gustaría llorar sobre este mundo afectado, también sin hacer ruido, haciendo el papel del hombre que llora, dejando perplejos a los distinguidos espectadores. Después te encantaría poder abrirte el pecho ante todos y sacar un corazón de plástico rojo, después un puñado de paja de arroz o de papel higiénico y lanzarlos hacia los que aceptan aclamarte; avanzar con paso ligero, luego resbalar, caer al suelo y no poder levantarte, morir de un infarto en el escenario, en realidad no necesitas que te socorran, sólo haces comedia, sólo de esta manera querrías mostrar la pena y la alegría, la tristeza y el deseo, con una pequeña sonrisa llena de astucia, ¿sonrisa o mueca? Más tarde te irías discretamente con una chica que acabarías de conocer, que se habría enamorado de ti, haríais el amor de pie en los lavabos, sólo se verían tus pies, sus piernas estarían rodeando tu cintura, tirarías de la cadena para que se oyera el ruido del agua, purificándote, haciendo que las lágrimas cayeran sobre todo el mundo, llenando de lluvia los cristales del planeta, que el mundo entero se hiciera borroso, tan borroso que no se supiera si es por la lluvia o la niebla, y tú te quedarás de pie al lado de la ventana contemplando los copos de nieve que caen silenciosamente y cubren por completo la ciudad, como un gigantesco sudario blanco, y tú, delante de la ventana, piensas tristemente que él mismo se ha perdido…

También podemos cambiar el punto de vista, tú te encuentras entre los espectadores, lo ves subir al escenario, un escenario vacío, está de pie, desnudo, y bajo la luz cruda de los proyectores debe habituarse durante unos instantes a esa luminosidad antes de que pueda, a través del haz de luz que ilumina el escenario, distinguirte a ti, sentado en un sillón de terciopelo rojo en la última fila del teatro, también vacío.

32

En la mochila que dejó la joven había un carné de estudiante con el apellido de Xu, como ella había dicho, pero el nombre era Qian. También había pequeños diarios y octavillas que denunciaban la situación. Probablemente iba a Beijing a poner una denuncia. Sin embargo, aquellos documentos se difundían públicamente. Quizá sólo fuera a Beijing a refugiarse. Demostró que tenía mucho miedo de que la reconocieran cuando le puso en las manos la mochila que contenía sus papeles, pensó.

Como no tenía ningún medio de saber qué le había ocurrido, sólo podía buscar las novedades de aquella ciudad en los dazibaos pegados en las calles y en las octavillas. Recorrió en bicicleta la avenida Chang'an, desde Dongdan hasta Xidan, luego fue a la estación que está más allá de Qianmen, volvió a la puerta de detrás del parque Beihai, examinando uno a uno los dazibaos que denunciaban los enfrentamientos armados que estaban teniendo lugar en otras ciudades y provincias. Leía todo tipo de denuncias, incidentes sangrientos, fusilamientos, torturas atroces, a menudo acompañadas de fotos de cadáveres. Tenía la sensación de que Xu Qian estaba siendo víctima de todos aquellos dramas; lo pasaba fatal.

En la mochila también había la camisa de cuello redondo, sin mangas, adornada con pequeñas flores amarillas, que conservaba su olor, junto con sus braguitas arrebujadas, manchadas de sangre, y otros objetos que le dejó, haciendo que naciera en él un dolor difuso. Como si fuera por fetichismo, no paraba de sacar y examinar los objetos de la mochila. Luego se le ocurrió quitar la tapa de plástico de El Libro rojo y encontró una nota en la que estaba escrita una antigua dirección, calle de los Grandes Hombres, que había cambiado su nombre por el de calle de la Estrella Roja, probablemente la dirección de su tía. Salió de casa corriendo, luego reflexionó un poco y volvió a su habitación para volver a meter en la bolsa las cosas que había puesto en la mesa y llevárselas consigo. Tan sólo dejó la ropa que la joven llevó aquella noche.

Pasadas las diez de la noche, llamó a la gran puerta de un edificio cuadrado. Un mozo robusto le cerró el paso y le preguntó secamente:

– ¿A quién busca?

Él explicó que quería ver a la tía de Xu Qian, pero el mozo se frotó las cejas con aspecto hostil, pensó que era un guardia rojo de sangre pura. Su entusiasmo cayó por los suelos y dijo fríamente:

– Sólo he venido a dar una noticia, tengo algo para su tía.

Su interlocutor le dijo entonces que esperara y cerró la puerta. Algo más tarde, el joven regresó con una mujer de mediana edad. Ésta lo miró de arriba abajo y le invitó con amabilidad a que dijera lo que había venido a decir. El sacó el carné de estudiante de Xu Qian y dijo que quería explicarle algo.

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