Orhan Pamuk - El libro negro

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Galip se despide de Ruya su mujer, como todos los días, sale de su casa, como todos los días, llega a su despacho de abogado, como todos los días. La noche cambiará su vida, nada será como fue siempre. En diecinueve palabras, en una pequeño papel arrancado de un cuaderno, Ruya le dice que se va,que le ha dejado. Para Galip comenzará una búsqueda de su mujer a través de los indicios, reales o no, que la vida le ha dejado o le va dejando. Su búsqueda será la búsqueda de ella desde él mismo y de el complejo mundo que conforma la sociedad Turca, casi siempre interpretada por los artículos de un periodista Celal, su tío, que deambula por Estambul buscando, él también, el origen y el fin de la vida de tantos hombres, de tantas mujeres, de tantas cosas que se perdieron…

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– No está aquí, no ha venido. ¿Quién es usted? -decía su padre-. Gracias… Soy su tío. Por desgracia esta noche no nos acompaña…

«Alguien que pregunta por Rüya», pensó Galip.

– Una que preguntaba por Celâl -dijo su padre después de colgar. Estaba contento-. Una anciana, una admiradora, toda una señora, le ha gustado mucho su artículo y quería hablar con Celâl, preguntaba por su dirección y su número de teléfono.

– ¿Qué artículo? -preguntó Galip:

– ¿Sabes, Hâle? -continuó su padre-. Es muy raro. La voz de la pobre mujer se parecía mucho a la tuya.

– No hay nada más natural que el que mi voz se parezca a la de una vieja -contestó la Tía Hâle. Pero de repente estiró su cuello color pulmón como lo hace una oca-. ¡Pero mi voz no es así, de ninguna manera!

– ¿Cómo que no?

– Esa supuesta señora ya llamó esta mañana -le contestó la Tía Hâle -. Y tenía la voz, más que como la de una señora, como la de una cotilla que intenta que le salga la voz de una señora. Incluso parecía la voz de un hombre intentando imitar a la de una anciana.

Entonces Galip le preguntó a su padre: ¿Cómo había encontrado esa anciana señora este número de teléfono? ¿Se lo había preguntado Hâle?

– No -respondió la Tía Hâle -, no lo consideré necesario. Como ya no me sorprende nada de Celâl desde el día en que comenzó a publicar en su periódico nuestros trapos sucios como quien escribe un cuento de nunca acabar, pensé que quizás, quizás al final de uno de esos artículos en los que se burla de nosotros habría incluido nuestro número de teléfono para que sus curiosos lectores se divirtieran aún más. De hecho, ahora comprendo, cuando pienso en lo que sufrieron mis difuntos padres por su causa, que lo único que me sorprendería no sería que le diera nuestro número de teléfono a sus lectores para que se divirtieran, sino enterarme de la razón por la que lleva odiándonos tantos años.

– Nos odia porque se ha vuelto comunista -dijo el Tío Melih encendiendo victorioso un cigarrillo tras haber vencido a la tos-. Por aquel entonces, cuando por fin se les metió en la cabeza que no podrían engañar ni a los trabajadores ni a la nación, los comunistas quisieron engañar a los militares y llevar a cabo la revolución bolchevique a la manera de un levantamiento de jenízaros. Y él se convirtió en un instrumento de esa fantasía con sus columnas que apestan a sangre y rencor.

– No -contestó la Tía Hâle -. Tampoco es para tanto.

– Me lo ha dicho Rüya, lo sé -le replicó el Tío Melih. Lanzó una carcajada, pero no tosió-. Como le habían engañado prometiéndole que sería ministro de Exteriores o embajador en París de ese nuevo régimen jenízaro-bolchevique a la turca que se establecería después del golpe militar, comenzó a estudiar francés él solo en su casa. Y no es que al principio me desagradara aquella especie de oración a una revolución imposible porque al menos el francés le serviría para algo a ese hijo mío que de joven fue incapaz de aprender siquiera una lengua extranjera porque se pasaba el día con maleantes. Pero cuando la cosa se salió de madre le prohibí a Rüya que lo viera.

– ¡Pero si eso nunca ha pasado, Melih! -terció la Tía Suzan -. Rüya y Celâl siempre se han visto, se han buscado, se han querido no como hermanastros sino como auténticos hermanos.

– Sí que ha pasado, sí que ha pasado, pero yo intervine demasiado tarde. Como no pudo engañar a la nación y al ejército turcos, engañó a su hermana. Y así Rüya se volvió anarquista. Si Galip, hijo mío, no la hubiera sacado de entre esos intrigantes, de ese nido de ratas, Rüya no estaría ahora en su casa, en la cama. ¡Quién sabe dónde estaría!

Galip, al meditar por un momento en que todos se imaginaban a la vez a la pobre Rüya enferma yaciendo en su cama, se miraba las uñas y pensaba si el Tío Melih añadiría algo nuevo a la lista que recitaba cada dos o tres meses.

– Quizás entonces Rüya estuviera en la cárcel porque no es tan prudente como Celâl -y el Tío Melih prosiguió dejándose llevar por el entusiasmo de su lista y sin que le importaran los «Dios nos libre»-. Entonces quizá Rüya se mezclara con esos bandidos en compañía de Celâl. La pobre Rüya se mezclaría con los gángsteres de Beyoglu, los fabricantes de heroína, los chulos de cabaret, rusos blancos cocainómanos, entre toda esa panda de disolutos con la excusa de una entrevista. Nos veríamos obligados a buscar a nuestra hija entre ingleses que han llegado hasta el mismo Estambul persiguiendo sucios placeres, homosexuales interesados en historias de lucha turca y en luchadores, americanas que se apuntan a las orgías de los baños, timadores, con esas estrellas de cine nuestras que en cualquier país europeo no podrían ser, no ya artistas, sino ni siquiera putas, oficiales expulsados del ejército por desobediencia y deudas, entre cantantes hombrunas de voz rota por la sífilis, entre bellas de arrabal que se creen mujeres de la alta sociedad. Dile que tome Isteropiramicina.

– ¿Qué? -preguntó Galip.

– Es el mejor antibiótico contra la gripe. Con Bekozime Forte. Una cada seis horas. ¿Qué hora es? ¿Estará despierta?

La Tía Suzan dijo que probablemente en ese momento Rüya estaría durmiendo. Galip pensó en lo que todos estaban pensando a la vez, en Rüya durmiendo en su cama.

– ¡No! -gritó la señora Esma mientras recogía cuidadosamente el desdichado mantel que todos, como herencia de una mala costumbre del Abuelo y a pesar de la Abuela, usaban, no sólo como mantel sino también como si fuera una servilleta manchada, limpiándose los labios con sus bordes después de comer-. No, no permito que en esta casa se hable mal de mi Celâl. Celâl se ha convertido en un gran hombre.

Según el Tío Melih, su hijo de cincuenta y cinco años no llamaba nunca a su padre de setenta y cinco precisamente porque eso pensaba, no le decía a nadie en qué piso de qué edificio de Estambul estaba, y para que, no ya su padre, sino nadie de la familia -incluida la Tía Hâle, que siempre era la primera en perdonarle- pudiera localizarle, desconectaba los teléfonos, cuyos números ocultaba a casi todo el mundo. Galip se aterrorizó pensando que en los ojos del Tío Melih aparecerían algunas lágrimas falsas, no por pena, sino por costumbre. Pero no le ocurrió aquello, sino otra cosa que también temía: el Tío Melih, de nuevo como resultado de una vieja costumbre e ignorando la diferencia de veintidós años, repitió otra vez que siempre le hubiera gustado tener un hijo no como Celâl sino como Galip; alguien como Galip, con la cabeza sobre los hombros, maduro, tranquilo…

Veintidós años antes (o sea, que Celâl tenía entonces su edad), en los años en que su cuerpo crecía a una velocidad vergonzosa y en que sus manos y brazos cometían torpezas aún más vergonzosas, la primera vez que Galip oyó aquella frase y se imaginó que podría ser cierta, creyó que podría librarse de aquellas cenas incoloras e insípidas que tomaba con Mamá y Papá en las que cada cual fijaba la mirada en un punto del infinito fuera de las paredes que rodeaban la mesa con sus ángulos rectos (Mamá: Han quedado verduras en aceite de mediodía, ¿te pongo? Galip: Humm, no quiero. Mamá: ¿Y tú? Papá: ¿Y yo qué?) y que cada noche podría sentarse a la mesa con la Tía Suzan, el Tío Melih y Rüya. Luego hubo otras cosas que se le venían a la cabeza y le mareaban: que al ir al piso de arriba para jugar con Rüya los domingos por la mañana (al Pasaje Secreto o al No Te Veo), la hermosa Tía Suzan, a la que había visto aunque sólo fuera de vez en cuando con su camisón azul, se convertía en su madre (mucho mejor); el Tío Melih, cuyas historias de abogados y de África le encantaban, se convertía en su padre (mucho mejor); y Rüya en su hermana melliza, ya que tenían la misma edad (aquí su mente se detenía indecisa examinando las terribles consecuencias).

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