Orhan Pamuk - El libro negro
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Mientras se recogía la mesa Galip mencionó que los de la BBC buscaban a Celâl pero no lograban encontrarlo, pero al contrario de lo que esperaba aquello no avivó los comentarios sobre el hecho de que Celâl ocultaba a todo el mundo sus direcciones y números de teléfono ni de que corrían todo tipo de rumores sobre que los números podían proporcionar el lugar de los pisos que tenía diseminados por Estambul y la manera de encontrarlo. Alguien dijo que nevaba: así que se levantaron de la mesa y, antes de hundirse en los sillones de siempre, entreabrieron las cortinas con el dorso de la mano y miraron a través de la fría oscuridad el callejón en el que suavemente cuajaba la nieve. Nieve silenciosa, limpia (¡la repetición de una escena que había usado Celâl, «las antiguas noches de Ramadán», más que para compartir la nostalgia de sus lectores para burlarse de ellos!). Galip fue tras Vasif, que se retiraba a su habitación.
Vasif se sentó en el borde de la enorme cama, frente a Galip. Vasif se pasó la mano por el blanco pelo llevándosela hasta el hombro: ¿Y Rüya? Galip se golpeó el pecho con el puño e hizo como si se ahogara tosiendo: ¡Enferma con tos! Luego inclinó la cabeza y la apoyó sobre la almohada que había formado uniendo las manos: Está acostada. Vasif sacó de debajo de la cama una gran caja de cartón: una selección de los recortes de periódicos y revistas que había reunido a lo largo de cincuenta años, quizá los mejores. Galip se sentó a su lado. Miraron las fotografías que sacaban al azar de la caja como si al otro lado de Vasif se sentara también Rüya, como si se rieran juntos con lo que Vasif les enseñaba: la sonrisa jabonosa de un famoso futbolista que veinte años antes se había llenado la cara de espuma para un anuncio de crema de afeitar y que después había muerto de un derrame cerebral al golpear con la cabeza el balón lanzado desde un córner; el cadáver de Qasim, el líder iraquí, reposando en su ensangrentado uniforme después del golpe militar; un dibujo que representaba el famoso «Crimen de la plaza de Sisli» («Veinte años después, al jubilarse, el celoso coronel comprendería que le habían engañado y dispararía al periodista seductor y a su joven esposa mientras estaban en un coche tras seguirles la pista durante días», decía Rüya imitando la voz del teatro radiado); el presidente Menderes perdonando a un camello que iban a sacrificar en su honor mientras detrás de él el reportero Celâl, como el camello, mira hacia otro lugar. Galip estaba a punto de levantarse para regresar a casa cuando le llamaron la atención dos artículos antiguos de Celâl que Vasif había sacado de la caja de manera automática: «La tienda de Aladino» y «El verdugo y el rostro que lloraba». ¡Algo para leer la noche en vela que se le avecinaba! No tuvo necesidad de hacer demasiada mímica para que Vasif se los prestara. Comprendieron que no se tomara el café que había servido la señora Esma. Así que el gesto de «mi mujer está enferma en casa» se le había grabado bien en el rostro. Estaba en el umbral de la puerta abierta. Incluso el Tío Melih dijo: «Sí, que se vaya. ¡Que se vaya!». La Tía Hâle se inclinó hacia su gato Carbón, que volvía de la calle nevada; desde el interior volvieron a gritarle: «Dile que se mejore, dile que se mejore, saluda a Rüya de nuestra parte, ¡saluda a Rüya de nuestra parte!».
En el camino de vuelta Galip se encontró con el sastre de las gafas, que estaba bajando las rejas de su establecimiento. Se saludaron a la luz de las farolas de cuyos lados colgaban pequeños carámbanos y caminaron juntos. «Se me ha hecho tarde -le dijo el sastre quizá para romper el excesivo silencio de la nieve-, mi mujer me espera en casa». «Hace frío», le dijo Galip a su vez. Caminaron juntos escuchando la nieve que se aplastaba bajo sus pies hasta que se vio la casa en la esquina de la calle y la apagada luz de la lámpara de la mesilla de noche del dormitorio situado en el rincón superior del edificio. A veces caía la nieve, a veces la oscuridad.
Las luces del salón estaban apagadas, tal y como Galip las había dejado al salir de casa, y las del pasillo encendidas. En cuanto entró en la casa, Galip puso agua al fuego para prepararse té, se quitó el abrigo y la chaqueta y los colgó, entró en el dormitorio y se cambió los empapados calcetines a la apagada luz de la lamparilla. Luego se sentó a la mesa del comedor y leyó de nuevo la carta que Rüya le había dejado al abandonarlo. La carta, escrita con el bolígrafo verde, era más breve de lo que recordaba: diecinueve palabras.
4. La tienda de Aladino
«Si tengo un defecto, es el de divagar.»
Disculpas y burlas , BIRÓN BAJÁ
Soy un escritor «pintoresco». He acudido a los diccionarios pero no he podido descifrar demasiado bien el significado de esa palabra; simplemente, me gusta cómo suena. Siempre soñé con contar otras cosas: siempre soñé con hablar de hombres armados a caballo, de ejércitos de hace trescientos años que se preparan para lanzarse uno contra otro a ambos extremos de un valle oscuro en una mañana brumosa, de infelices que se relatan unos a otros en las tascas sus historias de amor en las noches de invierno, las aventuras interminables de amantes que se pierden en la negrura de la ciudad persiguiendo un misterio, pero Dios sólo me ha dado esta columna, en la que tengo que contar otras historias, y a vosotros, lectores míos. Y con eso nos apañamos unos y otros.
Si el jardín de mi memoria no hubiera comenzado a secarse, quizá no me quejara en absoluto de esta situación mía, pero cada vez que cojo la pluma se me aparecen ante los ojos vuestras caras, lectores míos, esperando de nuevo algo de mí, y las huellas de mis recuerdos que, uno a uno, huyen de mí en un jardín marchito. Encontrarse sólo con los rastros en lugar de con los recuerdos en sí se parece a mirar con lágrimas en los ojos a la huella que ha dejado en un sillón vuestra amante después de abandonaros para no volver más.
Y así fue como me decidí a hablar con Aladino. Al enterarse de que iba a mencionarle en el periódico pero que antes quería hablar con él, abrió sus ojos negros y me preguntó:
– Hermano, ¿va eso a perjudicarme?
Le expliqué que no. Le expliqué la importancia que tenía en nuestras vidas su tienda en Nisantasi. Le expliqué cómo se mantenían vivísimos en la memoria de todos nosotros, con sus colores y sus olores, los miles, las decenas de miles de productos que vendía en su pequeña tienda. Le expliqué cómo los niños que yacen enfermos en sus camas, encerrados en casa, esperan impacientes el regreso de sus madres, que han ido a la tienda de Aladino a comprarles un regalo: juguetes (soldados de plomo) o un libro (El niño pelirrojo) o un tebeo (el número diecisiete, en el que Kinova resucita). Le expliqué cómo miles de niños de las escuelas de los alrededores esperan que suene la última campanilla, después de haberlo hecho tantas veces en su imaginación, y sueñan que entran en esa tienda y compran barquillos de chocolate en los que les saldrán cromos de futbolistas (Metin, del Galatasaray), luchadores (Hamit Kaplan) o artistas de cine (Jerry Lewis). Le expliqué cómo las muchachas que le compraban un botecito de acetona para quitarse la pálida pintura de uñas antes de ir a la Escuela Nocturna de Artes Aplicadas, años después soñaban con la tienda de Aladino como si fuera un lejano cuento de hadas cuando recordaban desdichadas sus amores de la primera juventud en la cocina insípida de un matrimonio insípido, entre hijos y nietos.
Hacía ya rato que habíamos llegado a casa y nos sentamos el uno frente al otro. Le conté a Aladino las historias de un bolígrafo verde y la de una novela policíaca mal traducida que años atrás había comprado en su tienda: al final de la segunda, la protagonista de mi historia, a la que regalé el libro y a quien amaba profundamente, quedó condenada a no hacer nada el resto de su vida excepto leer novelas policíacas. Le conté cómo se habían reunido en la tienda de Aladino uno de los oficiales patriotas y uno de los periodistas que planeaban un golpe de Estado, una conspiración que cambiaría nuestra historia, toda la historia de Oriente, después de su primera e histórica reunión. Le conté cómo una noche, mientras se desarrollaba aquella histórica reunión, Aladino, sin darse cuenta de nada, se escupía en los dedos y contaba los periódicos que devolvería al día siguiente tras el mostrador cubierto de torres de libros y cajas que se elevaban hacia el techo. Le conté cómo las mujeres desnudas, locales y extranjeras, que posaban en las revistas que exponía en el escaparate o envolviendo el grueso tronco del castaño que había ante su puerta, aquella noche seducirían en sus sueños a hombres solitarios que pasaban absortos por la acera como si fueran las insaciables esclavas y esposas de los sultanes de Las mil y una noches . Y como había surgido el tema de Las mil y una noches , le conté cómo el cuento que llevaba su nombre no se contaba en realidad en ninguna de las mil y una noches, sino que había sido introducido entre sus páginas de forma artera y hábil por Antoine Galland cuando, hacía doscientos cincuenta años de eso, el libro se publicó por primera vez en Occidente. Le conté que, de hecho, a Galland no se lo había contado Sherezade, sino una cristiana a la que él llamaba Hanna. Y le conté que en realidad Hanna era un sabio de Alepo llamado Yohanna Diyab y que era un cuento turco que probablemente ocurría en Estambul como lo demostraba el detalle del café. Y le conté cómo, a pesar de todo, uno nunca podría saber cuál era el cuento original ni cuál era la vida original. Porque, le conté, lo cierto es que lo he olvidado todo, lo he olvidado todo, lo he olvidado todo. Porque, le conté, en realidad soy un viejo desgraciado, malhumorado y solitario y quiero morir. Porque la verdad es que desde la plaza de Nisantasi llegaba el alboroto del tráfico vespertino y de la radio surgía una música que hacía que uno se ahogara de pena en sus lágrimas. Porque, le conté, lo cierto es que antes de morir me gustaría, después de haberme pasado la vida contando historias, escucharle a Aladino, una a una, las historias de todo lo que había olvidado, de los frascos de colonia, de las pólizas, de los cromos en las cajas de cerillas, de las medias de nailon, de las postales, de las fotografías de artistas, de los anuarios de sexología, de las horquillas para el pelo y de los libros de oraciones que tenía en su tienda.
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