Cuando llegó a mi altura, se aferró a mí y me zarandeó en todas direciones.
– No te he pedido nada -dijo-. Mierda, no te he pedido nada, ¿entiendes?
Trató de abofetearme pero logré esquivarla, estaba demasiado borracha para cogerme por sorpresa. La tomé de la mano e intenté arrastrarla.
– ¡Eres peor que él! -dijo-. ¡¡¡Suéltame!!!
Los sonidos de su voz se elevaban por los aires como trozos de vidrio «Securit» y quedaban suspendidos en mi cabeza. El menor ruido poseía una nitidez terrorífica, y todo el lugar se estremecía bajo el claro de luna. La solté. Se mordió el dorso de la mano sin dejar de mirarme y respiraba a toda velocidad. Me sentí vaciado.
– Santo Dios, ¿qué querías que hiciera? -le pregunté.
Sacudió la cabeza y su cuerpo empezó a sobresaltarse debido a un sollozo nervioso que no lograba llegar a la garganta. Volvió las palmas de las manos hacia mí y sus ojos trataron de hundirse en mi cabeza.
– Yo no quería nada -dijo-, no quería nada, nada de nada.
Empecé a moverme como si bailara, apoyándome primero en un pie y luego en el otro. Quería explicarle por qué había hecho todo aquello, pero cualquier cosa que pensara se convertía inmediatamente en polvo. Era una sensación infernal, como si me hubiera despertado en medio de un campo de minas.
– No sé qué decirte -expliqué.
Permanecimos en silencio y a continuación resoplé profundamente. Caminamos despacio hacia el coche. No podía decirse que fuéramos juntos, simplemente íbamos en la misma dirección. No sentía ni pena ni alegría. No sentía nada de nada. Sólo oía hasta los menores ruidos que ella producía, y la devoraba viva.
Nos instalamos en el coche sin decirnos nada. Nos miramos, pero no aguantamos ni tres segundos. Giré la llave de contacto.
– Pones una cara… -le dije.
Se inclinó para encender la radio. Luego cogió el retrovisor y lo encaró en mi dirección:
– Pues fíjate en la tuya -dijo.
En el momento en que yo arrancaba, el tipo de la radio puso Sweat Dreams .
Estábamos sentados en la cocina. Acabábamos de comernos una inmensa bandeja llena de pasta italiana con salsa de gor-gonzola y no quedaba ni una migaja. Era de noche. Teníamos todas las luces encendidas. Ella me explicaba cosas, tonterías, con los codos apoyados en la mesa y la barbilla en las manos. Yo tenía un público fabuloso y una chica espléndida en primer plano. Las cosas iban bien. No hacía nada. Mi libro había tenido algunas críticas buenas, otras se habían cagado en él y ya hacía tiempo de todo aquello. Había nevado desde entonces.
La miré durante un buen rato, de verdad que era la chica más guapa de las que había tenido. De todas maneras le anuncié la noticia:
– ¿Sabes?, siento que me está viniendo. Creo que pronto voy a ponerme a escribir.
Ella tenía una belleza serena. No apartó la mirada de mí y sonreía como un ángel. Dejó la barbilla apoyada en una mano y con la otra cogió la bandeja.
La sostuvo dos o tres segundos en el vacío. Luego la soltó y el cacharro explotó sobre las baldosas con un ruido infernal.
– Claro -dijo ella-. ¿Cuándo empiezas?
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