Federico Andahazi - El Príncipe

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De lectura ágil, atractiva, hipnótica, original y terriblemente actual, " El Príncipe" contiene todos los elementos que un lector exigente puede reclamarle a una gran novela.
Es la historia del Hijo de Wari, el diablo, un líder nacido en el corazón de la montaña que conquista la voluntad de su pueblo con promesas incompludias, y lo gobierna con la ilusión de una prosperidad inexistente. Cuando se "retira" -junto con sus ministros-apóstoles, aguardando un momento más propicio para gozar de los frutos de la cosecha en el poder-, el pueblo queda clamando por su segunda venida. Detrás de la escena, un consejero inmaterial, maquiavélico, ilumina los pasos del Mesías. Pero dónde se oculta el Hijo de Wari?, qué trama para su regreso?.

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Cierto era que el primer mandatario siempre llevaba consigo un anotador que, día tras día, iba poblándose de máximas y aforismos, de preceptos y estratagemas, de sentencias y apotegmas relacionados todos con la sabiduría en el manejo de los asuntos de Estado que, se sospechaba, le habían sido dictados por su invisible consejero. Quienes a hurtadillas o de reojo pudieron leer algunas anotaciones, se encontraron con pensamientos tales como:

El mandatario siempre ha de tener presente que el vulgo, de voluntad tan voluble como predecible,puede ser igualmente proclive al melodrama y los sentimientos de piedad como la épica y los actos más inhumanos. Puede conmoverse hasta las lágrimas ante la muerte de un inocente y al día siguiente regocijarse como un animal carnicero ante el escarnio público de un reo. El mandatario debe saber aprovechar esta volubilidad a su conveniencia atrayendo hacia sí los sentimientos de compasión y piedad, y los de odio e ira hacia sus enemigos.

No constituye obstáculo alguno para la consecución del favor popular que el mandatario se enriquezca a expensas de su cargo. Esto no obra en desmedro de su prestigio ni credibilidad siempre que el vulgo perciba que su enriquecimiento es justo y merecido, pues no lo ha de considerar como malhabido sino una suerte de cobro por los servicios prestados al bien común. El pueblo ha establecido un claro apotegma: "Que robe pero que haga", demostrando de esta manera su propensión aprestarse como cómplice del mandatario cuando percibe esto como un beneficio propio, y como víctima cuando no. El mandatario deberá persuadir al vulgo de que si no es apto para enriquecerse él mismo, no lo será, tampoco, para enriquecer a sus conciudadanos. Cuanto más rico y ostentoso se muestre el mandatario, tanto más respeto obtendrá de la plebe. El vulgo se sentirá indignado ante la corrupción oficial en la misma medida en que se sienta excluido de ella. Si en cambio conserva la ilusión de que el fraude habrá de beneficiarlo, preferirá guardar un silencio colaborador, como sucede en los cotejos deportivos ante un fallo injusto pero que beneficia a los de la propia bandería.

Si las circunstancias políticas han excedido por completo las posibilidades de que el mandatarío se mantenga incólume, si acaso los vaivenes del manejo público se han tornado insostenibles, no debe permitir el gobernante que los escombros de la catástrofe se desplomen sobre su persona. Lo más aconsejable, por duro que pueda parecer, es aplicar una cauta retirada dejando que el peso del desastre recaiga sobre su enemigo. Sin embargo el alejamiento no debe parecer un acto de pusilanimidad ni de desidia ni de renuncia ni, mucho menos, de pánico. Al contrario, el mandatario deberá retirarse de un modo magnánimo, lleno de gloría y victoríoso, de modo que el vulgo lo recuerde con adoración y proclame la necesidad de su regreso.

Fue, exactamente, la justa combinación de estos tres consejos lo que había decidido la insólita partida del Presidente y sus Apóstoles a perderse en las misteriosas alturas de los inolvidables.

8

Había sido una retirada magnánima, gloriosa, digna de un Mesías y no había requerido mayores artificios que los que podría aplicar un mago de mediana astucia. Por otra parte, en efecto, su aletargado sucesor veía cómo se desplomaban los escombros del desastre sobre la ruinosa madriguera del despacho donde hibernaba, durmiendo sobre los marchitos laureles de la desidia. El estado de las finanzas públicas se resumía en la triste imagen de las puertas abiertas del Tesoro Nacional que ahora albergaba en su interior a las familias de los empleados despedidos. Los balances oficiales eran una larga suma cuyas cifras se apilaban en la roja columna del Debe dejando el Haber en la más absoluta orfandad. La gente recordaba a Su Excelencia con la misma añoranza con que se recuerda la juventud perdida, con la misma nostalgia que tiñe al pasado con la ilusoria impresión de que ya nada volverá a tener ese dorado resplandor de los viejos y buenos tiempos. Las vacas flacas del pasado parecían, a la luz de los posteriores acontecimientos, gordos y saludables terneros que se ofrecían generosamente a los nuevos apetitos, rayanos con el hambre. Todos esperaban el regreso de Su Excelencia con la misma devoción con que se espera la vuelta de El Salvador. Por otra parte, siguiendo el sabio consejo acerca del necesario enriquecimiento del mandatario, el Presidente consideraba que el generoso botín que lo esperaba en las lejanas tierras de los cantones era dinero suficiente para sobrellevar el tiempo de misteriosa ausencia durante el cual habría de forjarse el bronce del mito y preparar el más triunfal de los regresos y entonces sí, habría de quedarse para siempre investido con todos los atributos, prerrogativas, honores y facultades con las que se corona a un rey. Desde el día de su asunción hasta la noche de la Ascensión, el Hijo de Wari no albergó esperanza más alta que la de fundar una nueva y majestuosa monarquía.

El Presidente se preguntaba con más amargura que indignación el porqué de la traición de su único amigo en el gabinete, el doctor Orestes Morse Santagada. Sin su presencia, la posibilidad de encontrarse con el anhelado botín se escurría como el agua entre los dedos. ¿Qué motivos habría de tener para renunciar a la gloria eterna? ¿Por qué él, justamente él, su compañero de celda, su cómplice y guardián de los más recónditos e inconfesables secretos, había decidido desertar hacia el bando de los infelices, de los fracasados, de los perdedores? ¿Por qué esa súbita vocación de perro del hortelano que lo llevaba a abjurar de la más holgada de las riquezas, arrastrando a sus compañeros a su mismo desgraciado destino? Pero lo más desesperante del caso era la posibilidad de que se le ocurriera hablar.La posibilidad de que, frente al acoso de la justicia, de la prensa y de la indignación popular su ex Ministro se resolviera a revelar el secreto de la fuga, aterraba al Presidente. Pero, en el fondo de su corazón, el primer mandatario albergaba la esperanza de su inminente llegada. Esperaba verlo atravesar el portón de los estudios de Palatina Sono Film y confirmar, de una vez, que todo había sido un malentendido, que jamás habría de traicionarlo y entonces se estrecharían en un abrazo tan prolongado como la historia que los unía.

Pero hasta que ese momento llegara, el plan finamente fabricado por su anónimo consejero parecía condenado a zozobrar.

9

Era noche cerrada en Estambul. El Presidente, su mujer y su gabinete miraban la borra de café adherida al fondo de sus tazas, intentando descifrar los albures que el destino habría de depararles. Entre las caprichosas formas oscuras que teñían la delicada porcelana de los tiempos de los otomanos, todos creían ver con meridiana claridad el inconfundible rostro del doctor Orestes Morse Santagada.

– No se aflija, Madre -intentaba consolar el Ministro de Interior-, ya va llegar, no se preocupe.-;

Y si no llega?

– No piense en eso, Madre, La Morsa sería incapaz…

– Pero, ¿y si no viene?

– Algo se nos va ocurrir, Madre.

Todos sabían qué significaba aquella frase, "algo se nos va a ocurrir", en boca del Ministro de interior. Nadie ignoraba que aquellas palabras eran el prólogo de una sentencia. Y, habida cuenta de que la existencia misma del doctor Orestes Morse Santagada se había convertido en una amenaza, era hora de empezar a preguntarse si su existencia era conveniente.

"Algo se nos va ocurrir" había dicho también el Ministro de interior ante las investigaciones de cierto periodista que, con la insistencia de una mosca, se obstinaba en meter sus narices en los negocios oficiales; "algo se nos va ocurrir", sentenció antes de que apareciera colgado del mástil del periódico que lo empleaba, con la boca repleta de artículos que llevaban su propia firma. Algo se nos va a ocurrir, había pronunciado el Ministro, días antes de que el fiscal que investigaba el caso del periodista apareciera haciendo la plancha en el río. "Algo se nos va ocurrir", dijo el doctor Cohén, justo el día en que cuatro testigos de la causa del fiscal aparecieran convertidos en una brochette humana, empalados como en una carbonilla de Goya. "Algo se nos va ocurrir", declaró en un suspiro el funcionario, durante la madrugada previa a la noche en que, accidentalmente, se prendiera fuego el juzgado en el que obraba la causa y se quemaran los expedientes, las pruebas y, por cierto, todos los empleados incluido el juez.

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