J. Ward - Amante Despierto

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En las sombras de la noche en Caldwell, Nueva York, se libra una guerra letal entre los vampiros y sus asesinos. Pero también existe una Hermandad secreta que no se puede comparar a ninguna otra que haya existido -seis guerreros vampiros, protegiendo a su raza. De todos ellos, Zsadist es el miembro más atemorizante de la Hermandad de la Daga Negra.
Zsadist, que durante siglos fue un esclavo de sangre, aún porta las cicatrices de un pasado forjado a base de sufrimiento y humillaciones. Célebre por su insaciable furia y siniestras hazañas, es un salvaje temido por igual entre humanos y vampiros. La ira es su única compañera y el terror su única pasión… hasta que rescata a una bella aristócrata de la malvada Sociedad de los Lessers.
Bella se siente hechizada de inmediato por el ardiente poder que emana Zsadist. Pero, cuando el mutuo deseo que ambos sienten comienza a consumirlos, la irrefrenable sed de venganza que Zsadist siente por los torturadores de Bella le lleva al límite de la locura. Ahora, Bella debe ayudar a su amante a superar las heridas de su atormentado pasado y a encontrar un futuro junto a ella…

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Había matado esta noche.

Supuso que sentiría una especie de triunfo con un lesser menos. Pero mientras Zsadist iba hacia el baño con unos pantalones sobre sus brazos, estaba mucho más interesada en su bienestar.

Y también… en su cuerpo. Se movía como un animal en el mejor sentido de la palabra, todo poder latente y elegantes pasos. El sexo que se había despertado en ella la primera vez que lo vio, la golpeó de nuevo. Lo deseaba.

Cuando la puerta del baño se cerró y oyó la ducha, se restregó los ojos decidiendo que estaba loca. El macho se apartó de la amenaza de su mano en su brazo. ¿Pensaba que realmente quería acostarse con ella?

Disgustada consigo misma, miró la comida. Era alguna clase de pollo con hierbas, patatas asadas y calabacín. Había un vaso de agua y otro de vino blanco, así como dos manzanas Granny Smith y un trozo de pastel de zanahorias. Tomó el tenedor y esparció el pollo por el plato. Quería comer lo que había en el plato sólo porque él había sido tan atento al traérselo.

Cuando Zsadist salió del baño llevando sólo los pantalones de nailon, se congeló y no pudo apartar su mirada. Los anillos del pezón atraparon la luz de las velas, así como los duros músculos del estómago y brazos. Junto con la marca estrellada de la Hermandad, el pecho desnudo tenía un reciente y lívido arañazo que lo atravesaba y una magulladura.

– ¿Estás herido?

Fue hacia ella y ponderó el plato.

– No has comido mucho.

No le contestó mientras sus ojos estaban atrapados en los huesos curvos de la cadera que sobresalían de la baja cinturilla de los pantalones. Dios… sólo un poquito más bajos y podría verlo todo.

De repente lo recordó restregándose rudamente porque pensaba que era asqueroso. Tragó, preguntándose qué le habrían hecho, sexualmente. Desearlo como ella lo hacía parecía… inapropiado. Invasivo. Pero no cambiaba la manera en que se sentía.

– No estoy muy hambrienta -murmuró.

Le acercó la bandeja.

– Come de todas formas.

Cuando empezó otra vez con el pollo, él cogió las dos manzanas y se paseó por la habitación. Mordió una de ellas, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Un brazo cruzado sobre su estómago mientras masticaba.

– ¿Cenaste abajo? -preguntó ella.

Negó con la cabeza y mordió otro trozo de manzana, el crujido resonó por toda la habitación.

– ¿Es todo lo que comerás? -cuando se encogió de hombros, ella masculló-. ¿Y me dices a mí que coma?

– Sip, lo hago. Continúa comiendo, mujer.

– ¿No te gusta el pollo?

– No me gusta la comida. -Los ojos nunca abandonaron el suelo, pero su voz fue más punzante-. Ahora come.

– ¿Por qué no te gusta la comida?

– No puedo confiar en ella -dijo entre dientes-. A menos que la prepares tu mismo, o que lo veas, no puedes saber qué hay.

– Por qué piensas que alguien puede alterar…

– ¿He mencionado que no me gusta hablar?

– ¿Dormirás a mi lado esta noche? -La pregunta se le escapó, imaginándose que obtendría su respuesta antes de que se callara completamente.

Sus cejas se movieron trémulamente.

– ¿Realmente quieres eso?

– Sí.

– Entonces, sí. Lo haré.

Mientras acababa con las dos manzanas y ella limpiaba el plato, el silencio no fue precisamente fácil, pero tampoco chocante. Cuando acabó con el pastel de zanahorias, fue al baño y se lavó los dientes. Para cuando ella regresó, él trabajaba el corazón de la última manzana con sus colmillos, picando los trocitos que quedaban.

No podía imaginar cómo podía luchar con semejante dieta. Seguramente debería comer más.

Se sintió como si debiera decir algo, pero en cambio se deslizó en la cama y haciéndose un ovillo, lo esperó. Mientras pasaban los minutos, y todo lo que él hacía era mordisquear quirúrgicamente esa manzana, ella no podía aguantar la tensión.

Basta , pensó. Realmente debería irse a otro lugar de la casa. Lo usaba como una muleta, y eso no era justo.

Apartó las sábanas justo cuando él se desenrollaba del suelo. Cuando caminó hacia la cama, ella se quedó helada. Dejó caer los corazones de las manzanas en el plato, cogió una servilleta que ella había usado para limpiarse la boca. Tras frotarse las manos, cogió la bandeja y la sacó de la habitación, dejándola fuera en la puerta.

Al regresar fue al otro lado de la cama, y el colchón se hundió cuando se estiró encima del edredón. Cruzando los brazos sobre su pecho y los pies por los tobillos, cerró los ojos.

Una a una las velas se apagaron en la habitación. Cuando quedó una sola mecha quemando, dijo:

– Dejaré esa encendida para que puedas ver.

Le miró.

– ¿Zsadist?

– ¿Sí?

– Cuando estaba… -se aclaró la garganta-. Cuando estaba en ese agujero en el suelo, pensaba en ti. Quería que fueras a por mí. Sabía que me sacarías de allí.

Sus cejas descendieron aunque los párpados estaban bajos.

– Yo también pensé en ti.

– ¿Lo hiciste? -Movió la barbilla arriba y abajo, mientras ella decía, -¿De verdad?

– Sip. Algunos días… tú eras todo en lo que yo podía pensar.

Bella sintió que sus ojos se agrandaban. Rodó hacia él y apoyó la cabeza en un brazo.

– ¿En serio? -Cuando él no le respondió, ella presionó- ¿Por qué?

Su gran pecho se expandió y exhaló un aliento.

– Quería recuperarte. Eso es todo.

Oh… solamente cumplía con su trabajo.

Bella dejó caer el brazo y le volvió la espalda.

– Bien… gracias por venir a por mí.

En silencio observó arder la vela en la mesita de noche. La llama en forma de lágrima ondulaba, tan preciosa, tan elegante…

La voz de Zsadist era suave.

– Odiaba la idea de que estuvieras sola y asustada. Que alguien te hubiera hecho daño. No podía… dejarlo.

Bella dejó de respirar y miró por encima del hombro.

– No pude dormir en esas seis semanas -murmuró-. Todo lo que podía ver cuando cerraba los ojos era a ti, pidiendo ayuda.

Dios, si bien su cara era ruda, su voz era tan suave y tan hermosa, como la llama de la vela.

Giró la cabeza hacia ella y abrió los ojos. Su oscura mirada estaba llena de emoción.

– No sé cómo pudiste sobrevivir tanto tiempo. Estaba seguro de que habías muerto. Pero entonces encontramos el lugar y te saqué de ese agujero. Pero cuando vi lo que te había hecho…

Bella lentamente se volvió, no queriendo asustarlo con una retirada.

– No recuerdo nada de eso.

– Bien, eso es bueno.

– Algún día… necesitaré saber. ¿Me lo contarás?

Él cerró los ojos.

– Si realmente quieres los detalles.

Guardaron silencio durante un tiempo, y entonces él se movió hacia ella, rodando hacia un lado.

– Odio preguntártelo, pero ¿cómo era? ¿Puedes recordar algo específico sobre él?

Suficiente, pensó. Demasiado

– Eh, ah, se teñía el pelo de castaño.

– ¿Qué?

– Quiero decir, estoy casi segura que lo hacía. Cada semana o así entraba en el baño y podía oler los productos químicos. Y tenía raíces. Una pequeña línea blanca en su cuero cabelludo.

– Pero creía que palidecer era bueno porque significaba que hacía tiempo que pertenecían a la Sociedad.

– No lo sé. Creo que tenía… o tiene… una posición de poder. Por lo que podía oír desde el agujero los otros lesser eran cuidadosos a su alrededor. Y lo llamaban ‘O’

– ¿Algo más?

Temblando regresó a la pesadilla.

– Él me amaba.

Un gruñido vibró de Zsadist, grave y desagradable. A ella le gustó ese sonido. La hacía sentirse protegida. Le dio fuerza para seguir hablando.

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