Ella sólo lo miró fijamente.
– Asiente con la cabeza para mí, entonces sabré que me has escuchado. -Cuando ella lo hizo, él se levantó-. Y soy lo último que necesitas. Entonces deja de decir chorradas ahora mismo.
– Pero…
Se dirigió a la puerta.
– Regresaré antes del alba. Fritz sabe como encontrarme-nos, a todos.
Después de dejarla, Z cruzó el corredor de estatuas, giró a la izquierda y rápidamente pasó por delante del estudio de Wrath y por la magnífica escalera. Tres puertas más allá, él llamó. No hubo respuesta. Volvió a llamar.
Se dirigió abajo y encontró lo que buscaba en la cocina.
Mary, la mujer de Rhage, pelaba patatas. Muchas patatas. Como, un ejército de ellas. Sus ojos grises se levantaron y su cuchillo para pelar se detuvo sobre una patata Idaho golden. Miró a su alrededor, figurándose que él estaba buscando a alguien más. O tal vez sólo esperaba no quedarse a solas con él.
– ¿Podrías aplazar esto por un ratito? -dijo Z, cabeceando hacia el montón.
– Um, claro. Rhage siempre puede comer algo más. Además, de todos modos, Fritz está teniendo un berrinche porque yo iba a cocinar. ¿Qué… ah, que necesitas?
– Yo no. Bella. Ella podría necesitar ahora mismo una amiga.
Mary bajó el cuchillo y la patata a medio pelar.
– Estoy deseando verla.
– Está en mi habitación. -Z se giró, ya pensando en cual de los callejones del centro de la ciudad iba a golpear.
– ¿Zsadist?
Él se paró con la mano sobre la puerta del mayordomo.
– ¿Qué?
– Estás cuidando muy bien de ella.
Él pensó en la sangre que había dejado que tragara. Y la urgencia de tener un orgasmo en su cuerpo.
– No realmente. -Le dijo sobre el hombro.
A veces se tiene que empezar desde el principio , pensó O mientras caminaba por el parque.
Aproximadamente a trescientas yardas de dónde había aparcado el camión, los árboles cedían su paso a un prado raso. Se paró mientras todavía estaba oculto entre los pinos.
A través de la blanca manta de nieve estaba la granja donde había encontrado a su esposa y a la mortecina luz del día su casa era todo Norman Rockwell, una postal de Hallmark, la perfecta Middle América. La única cosa que faltaba era algo de humo saliendo de la chimenea de ladrillo rojo.
Sacó sus binoculares y exploró la zona, luego se concentró en la casa. Todas las huellas de neumáticos en el camino de la entrada y en la puerta hacían que se preocupase por si hubiese cambiado de manos y los promotores hubiesen venido. Pero todavía había muebles dentro, muebles que reconoció de cuando había estado allí con ella.
Dejó caer los binoculares, dejando que colgaran de su cuello y se agachó. La esperaría aquí. Si estaba viva, iría a la casa o quienquiera que la cuidara vendría a por algunas de sus cosas. Si estuviera muerta, alguien comenzaría a sacar su mierda.
Al menos, esperaba que algo así pasara. No tenía nada más para continuar, no sabía su nombre o el paradero de su familia. Además no podía adivinar dónde podría estar. Su única opción era salir y preguntar a los civiles. Como ninguna otra mujer había sido secuestrada, seguramente sería el tema de conversación dentro de su raza. El problema era que esa camino podía llevar semanas… meses. Y la información de técnicas persuasivas no era siempre sólida.
No, probablemente observando la casa conseguiría más resultados. Se sentaría y esperaría a que alguien le tendiera la mano y lo condujera hasta ella. Tal vez su trabajo sería aún más fácil y el hermano con cicatrices podría ser quien se lo mostrara.
Eso sería más o menos perfecto.
O se apoyó sobre los talones, no haciendo caso del frío viento.
Dios… esperaba que estuviera viva.
John mantuvo la cabeza baja y trató de aunar esfuerzos. El vestuario estaba lleno de vapor, voces y el chasquido de toallas mojadas en los traseros desnudos. Los aprendices se deshicieron de sus sudorosos jis, duchándose antes del descanso para comer y luego una clase de golpes como parte de la educación.
Era un grupo de tíos normales excepto John, por lo que no quiso desnudarse. Incluso siendo todos de su tamaño, esto era sin rodeos peor que cada pesadilla que aguantó en la escuela secundaria hasta que pudo salir del sistema a los dieciséis. Y ahora mismo estaba evidentemente demasiado exhausto para tratar con la escena.
Suponía que era ya sobre la medianoche, pero se sentía como… si fueran las cuatro de la madrugada, de pasado mañana. El entrenamiento era agotador. Ninguno de los otros tíos era fuerte, pero todos ellos pudieron mantener el ritmo con las posturas que Phury y luego Tohr introdujeron. Infiernos, unos cuantos tenían talento. John era un desastre. Sus pies eran lentos, sus manos estaban siempre en el lugar y en el momento equivocado, y no tenía coordinación física. Amigo, no importa cuan duro lo intentara, no podía encontrar el equilibrio. Su cuerpo era como una bolsa llena de agua en movimiento; si se movía en una dirección, todo se le caería encima.
– Mejor que te apresures -dijo Blaylock-. Sólo tenemos ocho minutos más.
John ojeó la puerta de las duchas. Los chorros de agua todavía funcionaban pero no podía ver a nadie allí. Se sacó el ji , el suspensorio y se metió rápidamente dentro de…
Mierda. Lash estaba en la esquina. Como si lo estuviera esperando.
– Hey, gran hombre -arrastró las palabras el tío-. Realmente nos enseñaste una cosa o dos fuera…
Lash paró de hablar y fijó la mirada en el pecho de John.
– Tú, pequeño beso en el culo -dijo bruscamente. Y luego salió furioso de la ducha.
John miró hacia la marca circular encima de su pectoral izquierdo, con la que él había nacido… la que le había dicho Tohr que recibían los miembros de la Hermandad en su iniciación.
Genial. Ahora podría añadir esa marca de nacimiento a la creciente lista de cosas de las que no quería oír hablar a sus compañeros.
Cuando salió de la ducha con la toalla alrededor de la cintura, todos los tíos, incluso Blaylock, se mantenían unidos. Mientras lo inspeccionaban como una sólida y silenciosa unidad, se preguntó si los vampiros tenían instintos de manada, como los lobos o los perros.
Como continuaron clavándole la mirada, pensó, Um, vale. Eso sería una gran afirmación .
John agachó la cabeza y fue hacia su taquilla, desesperado por que el día se acabara.
Hacia las tres de la madrugada, Phury caminó rápidamente por la calle Décima hacia Zero-Sum. Butch estaba esperando fuera en la entrada de cristal-y-cromo del club, matando el tiempo a pesar del frío. Envuelto en su largo abrigo de cachemira y con la gorra de los Red Sox bien calada, se veía bien. Anónimo, pero bien.
– ¿Que haces? -preguntó Butch mientras chocaban las palmas.
– La noche es una mierda por parte de los lesser . Nadie encuentra nada. Hey, Amigo, gracias por la compañía, lo necesito.
– Ningún problema. -Butch se caló la gorra de los Sox aún más. Como los Hermanos, no llamaba la atención. Mientras fue detective de homicidios, ayudó a enviar a un numeroso grupo de camellos a la cárcel, por eso era mejor para él pasar desapercibido.
Dentro del club, la música tecno era molesta. También había luces intermitentes y muchos humanos. Pero Phury tenía sus razones para venir, y Butch estaba siendo amable. En cierto modo.
– Este sitio es sólo para preciosos frikies -dijo el policía, echando un vistazo al tipo vestido con un traje años 70 rosa intenso con el maquillaje a juego-. Dame paletos y cerveza casera cada día de la semana antes que esta sandez de la cultura X.
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