Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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– Me ofendes -dijo él.

– ¿Y qué chicas son ésas?

– Estás celosa.

– Sólo siento una curiosidad indiferente.

– Eso es una contradicción. -Dio una calada al cigarrillo y entornó los ojos al soltar el humo-. Apuesto a que hablan de nosotros.

En la cabeza de Laila resonó la voz de su madre: «Es como tener un pájaro entre las manos. Si aflojas un poco, echa a volar.» Laila sintió la comezón de la culpabilidad, pero rápidamente desechó las palabras de mammy y saboreó el modo en que Tariq había pronunciado la palabra «nosotros». Qué excitante e íntima sonaba en sus labios. Y qué tranquilizador oírsela decir de esa forma tan natural y espontánea. «Nosotros.» Era una forma de reconocer su relación, de materializarla.

– ¿Y qué dicen?

– Que navegamos por el Río del Pecado -explicó Tariq-. Que estamos comiendo del Pastel de la Impiedad.

– ¿Y que viajamos en la Calesa de la Maldad? -añadió ella.

– Cocinando el Qurma Sacrílego.

Los dos se echaron a reír. Luego Tariq observó que Laila llevaba el pelo más largo.

– Te queda bien -comentó.

– Has cambiado de tema -apuntó Laila, esperando no haberse ruborizado.

– ¿Qué tema?

– El de las chicas con cabeza de chorlito que te consideran atractivo.

– Tú ya lo sabes.

– ¿Qué es lo que sé?

– Que sólo tengo ojos para ti.

Laila pensó que iba a desmayarse. Trató de interpretar su expresión, pero aquella alegre sonrisa de cretino, que no concordaba con la mirada de desesperación de sus ojos entornados, le resultaba indescifrable. Era una expresión astuta, calculada para quedarse justamente a medio camino entre la burla y la sinceridad.

Tariq aplastó el cigarrillo con el talón del pie bueno.

– ¿Y qué piensas tú de todo esto?

– ¿De la fiesta?

– ¿Quién está ahora medio lela? Me refiero a los muyahidines, Laila, y a su entrada en Kabul.

– Oh.

Ella empezó a contarle lo que había dicho su padre sobre la conflictiva combinación de armas y egos, cuando oyó un súbito alboroto procedente de su casa. Eran gritos y voces exaltadas.

Laila echó a correr. Tariq la siguió cojeando.

En el patio se había producido un tumulto. En el centro había dos hombres que gruñían y rodaban por el suelo. Uno de ellos empuñaba un cuchillo. Laila reconoció a uno de los hombres que antes discutía sobre política. El otro era el que abanicaba los kebabs. Varios trataban de separarlos, pero babi no era uno de ellos: él se mantenía pegado a la pared, alejado de la riña, junto con el padre de Tariq, que lloraba.

Laila captó fragmentos de información de las voces excitadas que la rodeaban: el tipo que hablaba de política, un pastún, había llamado traidor a Ahmad Sha Massud por «haber hecho un trato» con los soviéticos en la década de los ochenta. El hombre de los kebabs, un tayiko, se había ofendido y le había exigido que se retractara. El primero se había negado. El tayiko había afirmado que, de no ser por Massud, la hermana del otro aún «andaría entregándose» a los soldados soviéticos. En ese punto de la discusión llegaron a las manos. Uno de los dos había sacado un cuchillo; había discrepancias sobre cuál había sido.

Laila vio con horror que Tariq intervenía en la pelea. También vio que algunos pacificadores se lanzaban ahora puñetazos, y le pareció vislumbrar un segundo cuchillo.

Esa noche, Laila recordó cómo se habían abalanzado todos, unos encima de otros, entre gritos, aullidos y puñetazos, y en medio del barullo, un sonriente y despeinado Tariq trataba de salir a rastras sin la pierna ortopédica.

Fue increíble la rapidez con que se desarrollaron los acontecimientos.

La asamblea de gobierno se formó prematuramente y eligió a Rabbani como presidente. Las otras facciones se quejaron de nepotismo. Massud pidió paz y paciencia.

Hekmatyar se indignó por haber sido excluido. Los hazaras, que venían de una larga historia de opresión y olvido, estaban furiosos.

Se lanzaban insultos. Se señalaba con el dedo. Se lanzaban acusaciones. Las reuniones se suspendían airadamente y se daban portazos. La ciudad contenía el aliento. En las montañas, se cargaban los kalashnikovs.

Armados hasta los dientes, pero faltos de un enemigo común, los muyahidines habían hallado oponentes entre las diferentes facciones.

Llegó por fin la hora de la verdad.

Y cuando empezaron a llover misiles sobre Kabul, la gente corrió a buscar refugio. También mammy, que volvió a vestirse de negro, se metió en su habitación, corrió las cortinas y se cubrió con la manta.

24

– Es el silbido -dijo Laila-; detesto ese maldito silbido más que cualquier otra cosa.

Tariq asintió con ademán comprensivo.

No era tanto el silbido en sí, pensó Laila más tarde, sino los segundos que transcurrían desde que empezaba hasta que se producía el impacto. Ese breve e interminable momento de suspense, de no saber. Esa espera, como la de un acusado a punto de oír el veredicto.

A menudo ocurría durante la comida, cuando babi y ella estaban sentados a la mesa. Al oír el sonido, levantaban la cabeza como un resorte y lo escuchaban con el tenedor en el aire y sin masticar. Laila veía el reflejo de sus rostros en la ventana y sus sombras inmóviles en la pared. Y después del silbido se oía la explosión, por suerte en alguna otra parte. Expulsaban entonces el aire, sabiendo que se habían salvado de nuevo, mientras que en otra casa, entre gritos y nubes de humo, alguien escarbaba frenéticamente con las manos desnudas tratando de sacar de entre los escombros lo que quedaba de una hermana, un hermano, un nieto.

Lo peor de haberse salvado era el tormento de preguntarse quién habría caído. Después de cada explosión, Laila salía corriendo a la calle, musitando una plegaria, segura de que esa vez sin duda hallaría a Tariq enterrado bajo los cascotes y el humo.

Por la noche, observaba desde la cama los súbitos destellos blancos que se reflejaban en su ventana. Oía el tableteo de las armas automáticas y contaba los misiles que pasaban silbando por encima de la casa y la sacudían, haciendo que le llovieran trozos de yeso del techo. Algunas noches, cuando la luminosidad de las explosiones era tan intensa que incluso habría bastado para leer, no conseguía dormirse. Y si se dormía, sus sueños se poblaban de incendios y cadáveres desmembrados y gemidos de gente herida. La mañana no le traía alivio. Se oía la llamada al namaz del muecín y los muyahidines dejaban las armas para postrarse hacia el oeste y rezar. Luego, enrolladas las esteras y cargadas las armas, se disparaba sobre Kabul desde las montañas y Kabul devolvía los disparos, mientras Laila y el resto de sus conciudadanos observaban con la misma impotencia que el viejo Santiago veía a los tiburones comerse su presa.

Allá donde fuera, Laila encontraba hombres de Massud. Los veía recorriendo las calles y parando coches a intervalos de unos centenares de metros para interrogar a sus ocupantes. Se sentaban sobre los tanques a fumar, con el uniforme de trabajo y sus omnipresentes pakols. Espiaban a los transeúntes en los cruces desde detrás de sus barricadas de sacos terreros.

Claro que Laila ya no salía mucho a la calle. Y cuando lo hacía, iba siempre acompañada por Tariq, que parecía disfrutar con la caballerosa tarea.

– He comprado una pistola -comentó él un día. Estaban sentados en el patio de Laila, bajo el peral. Mostró la pistola a su amiga y dijo que era una Beretta semiautomática.

A ella simplemente le pareció negra y mortífera.

– No me gusta -objetó-. Las armas me dan miedo.

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