Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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Y, por supuesto, estaba el héroe de mammy, el aliado de Rabbani, el reflexivo y carismático comandante tayiko Ahmad Sha Massud, el León de Panyshir, cuya imagen aparecía en un póster que la madre de Laila había colgado en su dormitorio. El rostro apuesto y pensativo de Massud, con una ceja levantada y el característico pakol ladeado, se haría omnipresente en Kabul. Sus conmovedores ojos negros devolvían la mirada desde vallas publicitarias, paredes, escaparates y banderitas sujetas a las antenas de los taxis.

Para mammy, aquél era el día que tanto había anhelado y que convertía sus sueños en realidad.

Por fin habían terminado los años de espera: sus hijos ya podrían descansar en paz.

El día después de la rendición de Nayibulá, mammy se levantó convertida en una mujer nueva. Por primera vez en los cinco años transcurridos desde que Ahmad y Nur habían muerto como shahid, no se vistió de negro, sino que se puso un vestido de lino azul cobalto con lunares blancos. Limpió las ventanas, barrió el suelo, aireó la casa y se dio un buen baño. Su voz tenía un estridente tono de alegría.

– Hay que celebrarlo -anunció. Y envió a Laila a invitar a los vecinos-. ¡Diles que mañana daremos un gran festín!

En la cocina, mammy miró alrededor con los brazos en jarras.

– ¿Qué has hecho con mi cocina, Laila? -preguntó con afable tono de reproche-. Lo has cambiado todo de sitio.

Empezó a mover cacharros con grandes aspavientos, como si reclamara nuevamente la posesión de su territorio. Laila se mantuvo a cierta distancia. Era lo mejor. Mammy podía resultar tan avasalladora en sus arranques de euforia como en sus ataques de ira. Con inquietante energía, la mujer se dispuso a preparar la comida: sopa aush con judías blancas y eneldo, kofta, mantu humeante macerado en yogur espolvoreado con menta.

– Te has depilado las cejas -observó mammy, mientras abría un gran saco de arroz que había junto a la encimera.

– Sólo un poco.

La madre de Laila midió arroz del saco y lo puso en una olla negra llena de agua. Se arremangó y empezó a removerlo.

– ¿Cómo está Tariq?

– Su padre ha estado muy enfermo -contestó la hija.

– ¿Qué edad tiene ya?

– No lo sé. Sesenta y tantos, supongo.

– Me refiero a Tariq.

– Ah. Dieciséis.

– Es un niño muy agradable, ¿verdad?

Laila se encogió de hombros.

– Aunque ya no es tan niño, ¿no? Dieciséis. Casi un hombre, ¿verdad?

– ¿Qué quieres decir con eso, mammy ?

– Nada, nada -contestó ella, sonriendo inocentemente-. Sólo pensaba que… Ah, tonterías. Será mejor que me lo calle.

– Pero si estás deseando decirlo -soltó la muchacha, irritada por la retorcida acusación que adivinaba.

– Bueno. -Cruzó las manos sobre el borde de la olla. A Laila le pareció que la forma en que decía «bueno» y cruzaba las manos era muy poco natural, casi ensayada. Mucho se temía que le caería un buen sermón-. Una cosa es que jugarais juntos de pequeños. No había nada malo en eso. Resultaba enternecedor. Pero ahora… Veo que ya llevas sujetador, hija.

A Laila el comentario la pilló desprevenida.

– La verdad es que podrías habérmelo contado. No lo sabía. Me decepciona que no me lo hayas dicho. -Percibiendo cierta ventaja, mammy siguió adelante, lanzada-. De todas formas, no se trata de mí ni del sujetador, sino de Tariq y tú. Es un chico, ¿entiendes?, y como tal no tiene que preocuparse por su reputación. Pero ¿y tú? La reputación de una mujer, sobre todo si es tan guapa como tú, es un asunto muy delicado, Laila. Es como tener un pájaro entre las manos. Si aflojas un poco, echa a volar.

– ¿Y qué me dices de cuando tú saltabas la tapia y te escondías en el huerto con bab ?-replicó la muchacha, complacida por su rápida reacción.

– Nosotros éramos primos. Y luego nos casamos. ¿Ha pedido tu mano Tariq?

– Es un amigo. Un rafiq. Nada más -declaró Laila, poniéndose a la defensiva pero sin mucha convicción-. Para mí es como un hermano -añadió. Antes incluso de que la expresión de su madre se ensombreciera, comprendió su error.

– No, no lo es -afirmó la mujer categóricamente-. No compares a ese hijo cojo de un carpintero con tus hermanos. No hay quien pueda compararse a tus hermanos.

– Yo no he dicho que él… No me refería a eso.

Mammy suspiró exhalando el aire por la nariz con los dientes apretados.

– De todas formas -prosiguió, pero ya sin el alegre desenfado de antes-, lo que intento decirte es que si no te andas con cuidado, la gente empezará a rumorear.

Laila abrió la boca para hablar, pero sabía que a su madre no le faltaba razón: atrás habían quedado los días de retozar por la calle con Tariq, inocentemente y sin inhibiciones. Hacía algún tiempo que había empezado a notar una sensación extraña cuando estaban juntos en público, la impresión de que los miraban, los vigilaban y cuchicheaban a su paso. Era algo que nunca había sentido antes y que tampoco sentiría entonces, de no ser por un hecho fundamental: estaba locamente enamorada de Tariq. Cuando lo tenía cerca, no podía evitar que la consumieran los más escandalosos pensamientos del cuerpo esbelto y desnudo de Tariq entrelazado con el suyo. De noche, en la cama, se imaginaba a su amigo besándole el vientre, trataba de imaginar la dulzura de sus labios y el tacto de sus manos en el cuello, el pecho, la espalda y aún más abajo. Cuando pensaba en él de esa manera, se sentía sumamente culpable, pero también notaba una cálida y peculiar sensación que se extendía desde su vientre hasta el rostro, como si se hubiera ruborizado.

Mammy tenía razón. Más de lo que creía. De hecho, Laila sospechaba que algunos vecinos, si no la mayoría, chismorreaban ya sobre Tariq y ella. Ella había reparado en las sonrisas maliciosas y era consciente de que en el vecindario se rumoreaba que eran pareja. No hacía mucho, por ejemplo, que Tariq y ella se habían cruzado por la calle con Rashid, el zapatero, que iba seguido de su mujer, Mariam, vestida con el burka. Al pasar junto a ellos, Rashid había dicho en broma: «Si son Laili y Maynun», refiriéndose a los desventurados enamorados del popular poema romántico de Nezami del siglo XII; una versión farsi de Romeo y Julieta, había dicho babi, sólo que Nezami había escrito su poema cuatro siglos antes que Shakespeare.

Pero, aunque su madre tuviera razón, a Laila le dolía que no se hubiera ganado el derecho a actuar como tal. Habría sido distinto de haberse tratado de su padre. Pero después de tantos años de mantenerse distante, de encerrarse en sí misma sin preocuparse por dónde iba su hija, a quién veía y qué pensaba, había perdido ese derecho. Laila tenía la impresión de no ser mejor que los cacharros de la cocina, objetos que podían dejarse de lado para ser reclamados luego a voluntad, cuando uno tuviera ganas.

Sin embargo, aquél era un gran día, un día muy importante para todos. Habría sido una mezquindad arruinarlo, así que, impulsada por el espíritu del momento, lo dejó pasar.

– Sí, te entiendo.

– ¡Bien! -exclamó mammy -. Entonces, todo resuelto. ¿Y dónde está Hakim? ¿Dónde está ese dulce maridito mío?

Hacía un día radiante, perfecto para una fiesta. Los hombres se sentaron en destartaladas sillas en el patio, bebieron té, fumaron y comentaron a viva voz el plan de los muyahidines entre bromas. Laila tenía una idea aproximada gracias a su padre: Afganistán se llamaba ahora Estado Islámico de Afganistán. Un Consejo Islámico de la Yihad, formado en Peshawar por varias facciones muyahidines, se encargaría de gobernar durante dos meses, dirigido por Sibgatulá Moyadidi. Los cuatro meses siguientes, tomaría el poder un consejo dirigido por Rabbani. Durante ese total de seis meses, se celebraría una loya yirga, una gran asamblea de líderes y ancianos, que formaría un gobierno interino para los dos años siguientes, antes de convocar unas elecciones democráticas.

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