Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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Laila contempló a tres hombres que en lo hondo del valle charlaban cerca de una vaca atada a una cerca. A su alrededor, los árboles habían empezado a adquirir una tonalidad ocre, anaranjada y rojo escarlata.

– Yo también echo de menos a los chicos, ¿sabes? -dijo babi. Los ojos se le llenaron de lágrimas al tiempo que le temblaba la barbilla-. Puede que yo no… Tu madre sólo conoce la alegría o la tristeza más extremas, y no sabe disimular. Nunca ha sabido. Supongo que yo soy diferente. Tiendo más a… Pero a mí también me ha destrozado la muerte de los chicos. Yo también los echo de menos. No pasa un día sin que… Es muy duro, hija. Muy, muy duro. -Se apretó los ojos con el pulgar y el índice. Cuando trató de seguir hablando, se le quebró la voz. Se mordió el labio y esperó. Respiró despacio y profundamente antes de mirarla-. Pero me alegro de tenerte a ti. Todos los días doy las gracias a Dios por tenerte a ti. Todos los días. A veces, cuando tu madre está en sus horas bajas, me siento como si fueras lo único que me queda, Laila.

Ella estrechó a su padre y apoyó la mejilla en su pecho. Él pareció sobresaltarse un poco, pues, al contrario que la madre, raras veces expresaba su afecto físicamente. Por eso le plantó un rápido beso en la coronilla y le devolvió el abrazo torpemente. Estuvieron así un rato, contemplando el valle de Bamiyán.

– A pesar de lo mucho que amo este país, algunos días pienso en abandonarlo -dijo babi.

– ¿Y adonde irías?

– A cualquier sitio donde sea fácil olvidar. Supongo que primero a Pakistán, durante un par de años, hasta tener listos los papeles.

– ¿Y luego?

– Y luego, bueno, el mundo es muy grande. Tal vez a Estados Unidos. A algún sitio cerca del mar. Como California.

Su padre dijo que los americanos eran un pueblo generoso, que los ayudarían con dinero y comida durante un tiempo, hasta que pudieran mantenerse por sí mismos.

– Yo encontraría trabajo y en unos años, cuando ahorráramos lo suficiente, abriríamos un pequeño restaurante afgano. Nada demasiado lujoso, sólo un rincón modesto, con unas cuantas mesas y alfombras. Tal vez colgaríamos algunas fotografías de Kabul. Daríamos a probar a los americanos la comida afgana. Y con tu madre de cocinera, harían cola en la puerta.

»Y tú seguirías yendo al colegio, por supuesto. Ya sabes lo que pienso sobre el tema. Eso sería lo primero: que tú recibieras una buena educación, en el instituto y luego en la universidad. Pero en tu tiempo libre, si quisieras, podrías ayudarnos, anotar los pedidos, llenar las jarras de agua, esa clase de cosas.

Dijo que en el restaurante celebrarían fiestas de cumpleaños, banquetes de boda y fiestas de Año Nuevo. Se convertiría en un punto de encuentro para los afganos que, como él, hubieran huido de la guerra. Y por la noche, cuando el restaurante quedara vacío y estuviera limpio, se sentarían los tres a tomar un té entre las mesas vacías, cansados pero agradecidos por su buena suerte.

Cuando babi terminó de hablar, los dos se quedaron muy callados. Sabían que mammy se negaría a ir a ninguna parte. Abandonar el país había sido algo impensable mientras Ahmad y Nur estaban vivos. Pero desde que se habían convertido en shahid, hacer las maletas y salir corriendo sería una afrenta aún peor, una traición, como renegar del sacrificio que habían hecho.

Laila ya se imaginaba el comentario de su madre: «¿Cómo podéis pensarlo siquiera? ¿Su muerte no significa nada para ti, primo? Mi único consuelo es saber que piso el mismo suelo que han regado con su sangre. No. Jamás.»

Y babi no se iría sin ella, de eso Laila estaba segura, aunque mammy no fuera ya ni una esposa para él ni una madre para ella. Su padre se sacudiría de encima sus sueños, igual que se sacudía la harina de la chaqueta cuando volvía a casa del trabajo, y todo por su mujer.

La muchacha recordaba que en una ocasión su madre había dicho a su padre que se había casado con un hombre sin convicciones. Mammy no lo entendía. No entendía que, si se mirara a un espejo, no descubriera en su propia imagen la única convicción inquebrantable de la vida de su marido.

Más tarde, después de comer huevos duros y patatas hervidas con pan, Tariq echó una cabezada bajo un árbol a orillas de un arroyo que gorgoteaba. Durmió con la chaqueta pulcramente doblada a modo de almohada y las manos cruzadas sobre el pecho. El taxista se fue al pueblo a comprar almendras. Babi se sentó bajo una acacia de grueso tronco para leer un libro. Laila sabía cuál era; él mismo se lo había leído. Contaba la historia de un viejo pescador llamado Santiago que atrapaba un enorme pez. Pero cuando volvía a la orilla con su bote, no quedaba nada del pez capturado, pues se lo habían comido los tiburones.

La niña se sentó al borde del arroyo y metió los pies en el agua. Los mosquitos zumbaban sobre su cabeza y en el aire danzaba el polen de los álamos. Cerca de allí se oía el sonoro vuelo de una libélula. Vio los destellos del sol reflejado en sus alas mientras el insecto volaba de una brizna de hierba a otra, fulgores violáceos, verdes y anaranjados. Al otro lado del arroyo, un grupo de chicos hazaras recogían boñigas secas de vaca y las echaban en unos sacos que llevaban a la espalda. Un burro rebuznó. Un generador se puso en marcha con un petardeo.

La muchacha volvió a pensar en el sueño de su padre. «Algún sitio cerca del mar.»

Cuando estaban en lo alto de las efigies de Buda, Laila había ocultado algo a su padre: que se alegraba de que no pudieran irse, por un motivo importante: habría echado de menos a Giti y su rostro serio, sí, y también a Hasina, con su sonrisa maliciosa y sus payasadas. Pero, sobre todo, Laila tenía demasiado presente el tedio insoportable de aquellas cuatro semanas que Tariq había pasado en Gazni. Recordaba con excesiva viveza que el tiempo discurría infinitamente despacio, que ella se había arrastrado por los rincones sintiéndose perdida, sin rumbo. ¿Cómo iba a soportar una ausencia permanente?

Tal vez era absurdo desear tanto la compañía de una persona determinada en un país donde las balas habían abatido a sus propios hermanos. Pero no tenía más que recordar a Tariq abalanzándose sobre Jadim con su pierna ortopédica para que nada en el mundo le pareciera más sensato.

Seis meses más tarde, en abril de 1988, babi volvió a casa con una gran noticia.

– ¡Han firmado un tratado! -exclamó-. En Ginebra. ¡Es oficial! Se van. ¡Dentro de nueve meses ya no habrá soviéticos en Afganistán!

Mammy, que estaba sentada en la cama, se encogió de hombros.

– Pero el régimen comunista seguirá -objetó-. Nayibulá es una marioneta de los soviéticos. No se irá a ninguna parte. No, la guerra continuará. Esto no es el final.

– Nayibulá no durará mucho -aseguró babi.

– ¡Se van, mammy ! ¡Se van de verdad!

– Celebradlo vosotros si queréis. Pero yo no descansaré hasta que los muyahidines organicen un desfile de la victoria aquí mismo, en Kabul.

Y con estas palabras, volvió a tumbarse y se tapó con la manta.

22

Enero de 1989

En un día frío y nublado de enero de 1989, tres meses antes de que Laila cumpliera once años, sus padres, Hasina y ella fueron a ver uno de los últimos convoyes soviéticos que abandonaban la ciudad. Los espectadores se habían concentrado a ambos lados de la carretera frente al Club Militar, cerca de Wazir Akbar Jan. Rodeados de nieve fangosa, contemplaron la hilera de tanques, camiones blindados y jeeps cuyos faros iluminaban los ligeros copos de nieve. Se oían insultos y abucheos. Soldados afganos mantenían a raya a la multitud. De vez en cuando, lanzaban al aire un disparo de advertencia.

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