Babi salió del cuarto de baño con el pelo -que traía blanco de harina al llegar a casa- limpio y peinado hacia atrás.
– ¿Qué hay para cenar, Laila?
– Sopa aush que sobró de ayer.
– Estupendo -dijo él, doblando la toalla con la que se había secado el cabello-. ¿Y en qué vas a trabajar hoy? ¿Suma de fracciones?
– No; pasar fracciones a números mixtos.
– Ah, muy bien.
Todas las noches, después de cenar, babi ayudaba a Laila con los deberes y le ponía otros. Sólo lo hacía para que Laila fuera un poco más adelantada que el resto de su clase, no porque desaprobara el programa del colegio, a pesar de toda la propaganda. De hecho, babi pensaba que, irónicamente, los comunistas sólo habían actuado bien -o al menos lo habían intentado- en el terreno educativo, precisamente la vocación de la que lo habían expulsado. Y sobre todo, en lo referente a la educación femenina. El gobierno había subvencionado clases de alfabetización para todas las mujeres. Y ahora, según afirmaba babi, casi dos tercios de las matrículas en la Universidad de Kabul correspondían a mujeres. Mujeres que estudiaban derecho, medicina, ingeniería.
– Las mujeres siempre lo han tenido difícil en este país, Laila, pero seguramente son más libres ahora, bajo el régimen comunista, y tienen más derechos que nunca -decía babi, siempre bajando la voz, consciente de la intransigencia de mammy con respecto a cualquier comentario positivo sobre los comunistas, por nimio que fuera-. Pero es cierto, ahora es un buen momento para ser mujer en Afganistán. Y tú puedes aprovecharlo, Laila. Por supuesto, la libertad de las mujeres -y aquí meneó la cabeza, apesadumbrado- fue también una de las razones por las que la gente empuñó las armas ahí fuera.
Al decir «ahí fuera» no se refería a Kabul, que siempre había sido una ciudad relativamente liberal y progresista. En la capital había profesoras universitarias, directoras de escuelas, funcionarias del gobierno. No, babi se refería a las áreas tribales, sobre todo a las regiones pastunes del sur o del este, cerca de la frontera con Pakistán, donde raras veces se veían mujeres por la calle, si no era con burka y acompañadas por algún varón. Se refería a las regiones donde los hombres que vivían de acuerdo con antiguas leyes tribales se habían sublevado contra los comunistas y sus decretos orientados a liberar a las mujeres, abolir los matrimonios forzados, elevar a dieciséis años la edad mínima de las jóvenes para casarse. Allí, los hombres consideraban un insulto a sus tradiciones ancestrales, decía babi, que el gobierno -un gobierno ateo, por añadidura- les dijera que sus hijas debían abandonar el hogar para ir a estudiar y trabajar rodeadas de hombres.
– ¡Dios nos libre! -solía exclamar babi sarcásticamente. Luego suspiraba y añadía-: Laila, cariño mío, el único enemigo al que un afgano no puede derrotar es a sí mismo.
Babi se sentó a la mesa y mojó pan en su cuenco de aush.
Laila decidió que le contaría lo que Tariq había hecho a Jadim durante la cena, antes de ponerse con las fracciones. Pero finalmente no tuvo oportunidad de hacerlo, porque justo entonces llamaron a la puerta y un desconocido se presentó en su casa con noticias.
– Tengo que hablar con tus padres, dojtar yan -dijo el hombre cuando Laila le abrió la puerta. Era robusto, de facciones angulosas y tez curtida. Llevaba un abrigo del color de la patata y un pakol de lana marrón en la cabeza.
– ¿Puedo saber quién pregunta por ellos?
La mano de babi se posó entonces sobre el hombro de Laila, apartándola suavemente de la puerta.
– ¿Por qué no vas arriba, Laila? Ve.
Cuando se dirigía a la escalera, Laila oyó al visitante decir a babi que tenía noticias de Panyshir. Mammy había bajado. Se tapaba la boca con una mano y sus ojos pasaban por encima de babi para detenerse en el hombre del pakol.
Laila espió desde lo alto de la escalera. Vio que el desconocido se sentaba con sus padres y se inclinaba hacia ellos. Pronunció unas palabras en voz baja. Entonces babi se quedó blanco como el papel, cada vez más blanco, y se miró las manos, y mammy empezó a chillar y chillar y a tirarse del pelo.
A la mañana siguiente, el día del fatiha, un tropel de vecinas irrumpió en la casa y se ocupó de los preparativos del jatm que se celebraría después del funeral. Mammy se pasó la mañana sentada en el sofá estrujando un pañuelo entre los dedos, con el rostro abotargado. La atendían un par de mujeres llorosas que se turnaban para darle palmaditas cautelosas en la mano, como si mammy fuera la muñeca más preciosa y frágil del mundo, aunque ella no parecía consciente de su presencia.
Laila se arrodilló ante su madre y le cogió las manos.
– Mammy.
Su madre bajó la mirada. Parpadeó.
– Nosotros nos ocuparemos de ella, Laila yan -señaló una de las mujeres con aire de suficiencia.
Laila había asistido a funerales en los que había mujeres como aquéllas, mujeres que disfrutaban con todo lo que se relacionaba con la muerte, consoladoras oficiales que no permitían que nadie se entrometiera en lo que consideraban su deber.
– Nosotras nos ocupamos de todo. Tú ve a hacer alguna otra cosa, niña. Deja tranquila a tu madre.
Al verse marginada, Laila se sintió inútil. Fue pasando de una habitación a otra. Se entretuvo un rato en la cocina. Una alicaída Hasina, lo que no era normal en ella, se presentó con su madre. También llegaron Giti y la suya. Cuando Giti vio a Laila, se precipitó hacia ella, la rodeó con sus flacos brazos y le dio un largo abrazo con una fuerza sorprendente. Cuando se apartó, tenía los ojos llenos de lágrimas.
– Lo siento mucho, Laila -dijo.
Ella le dio las gracias. Las tres niñas se sentaron en el patio hasta que una de las mujeres les encomendó la tarea de lavar vasos y poner platos en la mesa.
También babi salía y entraba de la casa sin ton ni son, como si buscara algo que hacer.
– Que no se acerque a mí -era lo único que había dicho mammy en toda la mañana.
Babi acabó sentándose solo en una silla plegable del pasillo, con aspecto desolado y encogido. Luego una de las mujeres le dijo que allí estorbaba. Babi se disculpó y se metió en su estudio.
Por la tarde, los hombres fueron a Karté Sé, a un salón que babi había alquilado para el fatiha. Las mujeres se dirigieron a la casa. Laila ocupó su lugar junto a su madre, cerca de la puerta de la sala de estar, donde era costumbre que se sentara la familia del difunto. La gente se quitaba los zapatos en la puerta, saludaba con inclinaciones de cabeza a los conocidos al cruzar la habitación, y se sentaba en sillas plegables dispuestas a lo largo de las paredes. Laila vio a Wayma, la anciana comadrona que había asistido a su nacimiento. Vio también a la madre de Tariq, con un pañuelo negro sobre la peluca, quien la saludó con un gesto y lentamente esbozó una triste sonrisa con los labios apretados.
Una voz nasal de hombre entonaba versículos del Corán en un casete. Las mujeres suspiraban, se sorbían la nariz y se removían en las sillas. Se oían toses ahogadas, murmullos y, de vez en cuando, alguien dejaba escapar un sollozo lastimero, muy teatral.
Entró la mujer de Rashid, Mariam, con un hiyab negro. Algunos mechones de pelo le caían sobre la frente. Se sentó frente a Laila.
Al lado de la muchacha, mammy no paraba de balancearse. Laila cogió la mano de su madre y se la puso sobre el regazo, cubriéndola con las suyas, pero ella no pareció darse cuenta.
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