– Qué gran profesor era -decía-. Sus alumnos lo adoraban. Y no sólo porque no les pegaba con la regla, como hacían otros. Lo respetaban porque él los respetaba a ellos. Era maravilloso.
A mammy le encantaba contar la historia de cómo se le había declarado.
– Yo tenía dieciséis años y él diecinueve. Vivíamos puerta con puerta en Panyshir. ¡Oh, yo estaba loca por él, hamshiras ! Trepaba por la tapia que separaba nuestras casas para jugar con él en el huerto de árboles frutales de su padre. A Hakim le daba miedo que nos pillaran y mi padre le pegara. «Tu padre me va a dar de bofetadas», decía siempre. Era muy prudente, muy serio, incluso de niño. Y un día fui y le dije: «Primo, ¿qué piensas hacer? ¿Vas a pedir mi mano o al final me convertirás en tu jastegari ? » Se lo dije tal cual. ¡Deberíais haber visto la cara que puso!
Mammy juntaba entonces las manos y las mujeres y Laila se echaban a reír.
Escuchándola contar aquellas historias, Laila comprendía que en otra época su madre siempre había hablado así sobre babi. Una época en la que sus padres no dormían en habitaciones separadas. Y Laila deseaba haber podido vivirla con ellos.
Inevitablemente, la historia de su madre sobre la declaración conducía a conversaciones de casamenteras. Cuando Afganistán expulsara a los soviéticos y los hermanos de Laila regresaran a casa, necesitarían esposas, de modo que las mujeres revisaban una por una a todas las chicas del vecindario que podían convenir a Ahmad y a Nur. Laila siempre se sentía excluida cuando empezaban a hablar de sus hermanos, como si las mujeres comentaran una preciosa película que tan sólo ella no había visto. Tenía dos años de edad cuando Ahmad y Nur habían partido en dirección a Panyshir para incorporarse a las fuerzas del comandante Ahmad Sha Massud. Laila apenas los recordaba. Un reluciente colgante con el nombre de Alá que llevaba Ahmad. Y unos pelos negros en la oreja de Nur. Eso era todo.
– ¿Qué os parece Azita?
– ¿La hija del fabricante de alfombras? -dijo mammy, dándose una palmada en la cara con fingida indignación-. ¡Si tiene más bigote que Hakim!
– También está Anahita. Dicen que es la primera de su clase en Zarguna.
– ¿Le habéis visto los dientes? Son como lápidas. Esa chica esconde una tumba detrás de los labios.
– ¿Y las hermanas Wahidi?
– ¿Esas enanas? No, no, no. Oh, no. Ésas no son para mis hijos. No son para mis sultanes. Ellos se merecen algo mejor.
Mientras proseguía la cháchara, Laila dejaba vagar sus pensamientos y, como siempre, acababan en Tariq.
***
Mammy había echado las cortinas amarillentas. En la oscuridad, varios olores cohabitaban en la estancia: a sueño, a ropa de cama usada, a sudor, a calcetines sucios, a perfume y a restos del qurma de la noche anterior. Y Laila incluso tropezó con prendas de ropa desparramadas por el suelo.
La muchacha descorrió las cortinas. Al pie de la cama había una vieja silla plegable metálica. Laila se sentó y contempló el bulto de su madre, inmóvil y cubierta por las mantas.
Las paredes de la habitación estaban cubiertas de fotografías de Ahmad y Nur. Allá donde mirara, dos desconocidos le devolvían la sonrisa. Ahí estaba Nur montando en triciclo. Allá estaba Ahmad rezando, o posando junto a un reloj de arena que había hecho con babi cuando tenía doce años. Y allá estaban los dos, sus hermanos, sentados espalda contra espalda bajo el viejo peral del patio.
Laila vio una esquina de la caja de zapatos de Ahmad asomar bajo la cama de mammy. De vez en cuando, mammy le mostraba los viejos y arrugados recortes de periódico que guardaba en ella, y los panfletos que había reunido Ahmad sobre las bases que los grupos insurgentes y las organizaciones de resistencia tenían en Pakistán. Laila recordaba la foto de un hombre con un largo abrigo blanco que ofrecía una piruleta a un niño pequeño sin piernas. El pie de foto rezaba así: «Los niños son el objetivo de la campaña soviética de minas antipersona.» El artículo añadía que a los soviéticos les gustaba ocultar explosivos en juguetes de colores llamativos. El juguete estallaba cuando lo recogía un niño y le arrancaba varios dedos o la mano entera. Así el padre ya no podía unirse a la yihad, porque se veía obligado a quedarse en casa para cuidar a su hijo. En otro artículo de la caja de Ahmad, un joven muyahidín afirmaba que los soviéticos habían arrasado su aldea con un gas que quemaba la piel y dejaba a la gente ciega. Declaraba que había visto a su madre y su hermana corriendo hacia el arroyo, tosiendo sangre.
– Mammy.
El bulto se movió ligeramente y emitió un gruñido.
– Levántate, mammy. Son las tres.
Otro gruñido. Una mano emergió como un periscopio saliendo a la superficie y luego se desplomó. El bulto se movió un poco más. Luego se oyó el susurro de las mantas cuando se fueron doblando una tras otra. Lentamente, por etapas, apareció mammy : primero el pelo enmarañado, luego el rostro pálido y crispado, con los ojos fuertemente cerrados para protegerse de la luz, y una mano que buscaba el cabezal de la cama a tientas; las sábanas se deslizaron hacia abajo cuando por fin se incorporó entre gruñidos. Mammy hizo un esfuerzo por alzar la vista, dio un respingo al recibir la luz en los ojos y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
– ¿Qué tal el colegio? -musitó.
Así empezaban siempre las preguntas obligadas y las respuestas superficiales. Las dos fingían, como una vieja y cansada pareja de baile sin el menor entusiasmo.
– Muy bien.
– ¿Has aprendido algo?
– Lo de siempre.
– ¿Has comido?
– Sí.
– Bien.
Mammy volvió a alzar la cabeza hacia la ventana. Esbozó una mueca y parpadeó varias veces. Tenía el lado derecho de la cara rojo y el pelo aplastado.
– Me duele la cabeza.
– ¿Te traigo una aspirina?
Mammy se frotó las sienes.
– No, más tarde. ¿Ha vuelto tu padre?
– Sólo son las tres.
– Oh. Sí. Ya me lo habías dicho. - Mammy bostezó-. Ahora mismo estaba soñando. -Su voz era apenas un poco más audible que el frufrú del camisón contra las sábanas-. Justo antes de que entraras. Pero ahora ya no lo recuerdo. ¿A ti también te pasa?
– Le pasa a todo el mundo, mammy.
– Es muy extraño.
– Deberías saber que mientras estabas soñando, un chico me ha lanzado pipí a la cabeza con una pistola de agua.
– ¿Que te ha lanzado qué? ¿Qué has dicho?
– Pipí. Orina.
– Eso es… es terrible. Dios mío. Lo siento. Pobrecita. Tendré que hablar con él mañana sin falta, o quizá con su madre. Sí, creo que será lo mejor.
– Ni siquiera te he dicho quién ha sido.
– Oh. Bueno, ¿quién ha sido?
– Da igual.
– Estás enfadada.
– Se suponía que tenías que ir a recogerme.
– Sí -dijo su madre con voz ronca. Laila no alcanzó a discernir si era una afirmación o una pregunta. Mammy empezó a tirarse del pelo. Se trataba de uno de los grandes misterios de la vida para Laila: que su madre no se hubiera quedado calva de tanto tirarse del pelo-. ¿Y qué hay de…? ¿Cómo se llama tu amigo? ¿Tariq? Sí, ¿qué hay de Tariq?
– Hace una semana que se fue.
– Oh. - Mammy exhaló aire por la nariz-. ¿Te has lavado?
– Sí.
– Entonces ya estás limpia. -Desvió su mirada cansina hacia la ventana-. Estás limpia y todo en orden.
Laila se levantó.
– Tengo deberes.
– Por supuesto. Echa las cortinas antes de salir, cariño -dijo mammy, con voz cada vez más apagada, hundiéndose ya entre las sábanas.
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