Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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Durante las comidas la conversación siempre era fluida. A pesar de que Tariq y sus padres eran de la etnia pastún, hablaban en farsi cuando Laila estaba con ellos, aunque ella entendía bastante bien el pastún, ya que lo había aprendido en el colegio. Babi decía que había tensiones entre su gente, los tayikos, que eran una minoría, y la gente de Tariq, los pastunes, que eran el grupo étnico más numeroso de Afganistán.

– Los tayikos siempre se han sentido despreciados -le había explicado babi -. Los reyes pastunes han gobernado este país durante cerca de doscientos cincuenta años, Laila, y los tayikos sólo durante nueve meses en mil novecientos veintinueve.

– ¿Y tú? -había preguntado Laila-. ¿Te sientes despreciado, bab ?

Él se había limpiado las gafas con el borde de la camisa antes de contestar.

– Para mí, todo eso de yo soy tayiko y tú eres pastún y él es hazara y ella es uzbeka no son más que tonterías, y muy peligrosas, por cierto. Todos somos afganos, y eso es lo que debería importarnos. Pero cuando un grupo gobierna a los demás durante tanto tiempo… Hay desprecio, rivalidades. Las hay ahora. Siempre las ha habido.

Tal vez fuera así. Pero Laila nunca tenía esa impresión cuando estaba en casa de Tariq, donde tales cuestiones no se planteaban. Los ratos que pasaba con la familia de Tariq siempre le parecían naturales, fáciles, y nunca surgía complicación alguna por culpa de las diferencias tribales o idiomáticas, ni por los rencores y resentimientos que contaminaban el aire en su hogar.

– ¿Te apetece jugar a las cartas? -preguntó Tariq.

– Sí, id arriba -sugirió su madre, dando manotazos para disipar la nube de humo de su marido con aire de desaprobación-. Yo prepararé el shorwa.

Los dos niños se tumbaron en el suelo del dormitorio de Tariq y se pusieron a jugar al panypar. Tariq le contó su viaje, balanceando el pie. Habló de los jóvenes melocotoneros que había ayudado a plantar a su tío y de una culebra que había atrapado en el jardín.

Aquélla era la habitación donde ambos hacían los deberes, donde construían torres de naipes y dibujaban caricaturas el uno del otro. Si llovía, se apoyaban en el alféizar de la ventana y bebían Fanta de naranja caliente, mientras contemplaban los goterones de lluvia que se deslizaban por el cristal.

– Vale, me sé una adivinanza -dijo Laila, cambiando de postura-. ¿Qué da la vuelta al mundo, pero siempre se queda en un rincón?

– Espera. -Tariq se incorporó y se quitó la pierna ortopédica, la izquierda. Hizo una mueca de dolor y se tumbó de lado, apoyándose en el codo-. Pásame ese cojín. -Se colocó el almohadón bajo la pierna-. Así está mejor.

Laila recordó la primera vez que Tariq le había mostrado su muñón. Entonces ella tenía seis años. Con un dedo había apretado la piel lisa y reluciente del muñón, justo por debajo de la rodilla izquierda. El dedo había detectado pequeños bultos duros aquí y allá, y Tariq le había explicado que eran espolones de hueso que a veces crecían tras una amputación. Ella le había preguntado si le dolía, y él le había explicado que al final del día en ocasiones se le hinchaba y no encajaba bien en la prótesis, como un dedo en un dedal. «También me escuece, sobre todo cuando hace calor. Entonces me salen sarpullidos y ampollas, pero mi madre tiene cremas para aliviarme. No hay para tanto.» Laila se había echado a llorar. «¿Por qué lloras? -protestó Tariq, que había vuelto a ponerse la pierna ortopédica-. ¡Eres tú quien me ha pedido verlo, giryanok, llorona! Si hubiera sabido que te ibas a poner a berrear, no te lo habría enseñado», había acabado diciendo.

– Un sello.

– ¿Qué?

– La adivinanza. La respuesta es un sello. Deberíamos ir al zoo después de comer.

– Ya te la sabías, ¿verdad?

– Desde luego que no.

– Eres un tramposo.

– Y tú una envidiosa.

– ¿De qué?

– De mi inteligencia masculina.

– ¿Tu inteligencia masculina? ¿En serio? Dime, ¿quién gana siempre al ajedrez?

– Es porque te dejo ganar. -Tariq se echó a reír. Ambos sabían que no era cierto.

– ¿Y quién suspendió matemáticas? ¿A quién le pides ayuda con los deberes de matemáticas, a pesar de que estás en un curso superior?

– Estaría dos cursos por delante de ti si las matemáticas no me aburrieran.

– Y supongo que la geografía también te aburre.

– ¿Cómo lo sabes? Bueno, calla ya. ¿Vamos al zoo o no?

Laila sonrió.

– Sí, vamos.

– Bien.

– Te he echado de menos.

Se produjo un silencio. Luego Tariq se volvió hacia ella con una expresión que oscilaba entre una sonrisa y una mueca de desagrado.

– ¿Qué te pasa?

¿Cuántas veces se habían preguntado lo mismo Hasina, Giti y ella, pensó Laila, y lo habían dicho sin vacilar, después de apenas dos o tres días sin verse? «Te he echado de menos, Hasina.» «Oh, yo a ti también.» Con la mueca de Tariq, Laila aprendió que los chicos eran diferentes de las chicas en aquel aspecto. No hacían ostentación de su amistad. No sentían la necesidad de hablar de esas cosas. Laila imaginó que también sus hermanos serían así. Los chicos, comprendió, se planteaban la amistad de la misma forma que el sol: daban por sentada su existencia y disfrutaban de su resplandor, pero nunca lo contemplaban directamente.

– Sólo quería fastidiarte -dijo.

– Pues ha funcionado -replicó Tariq, mirándola de reojo.

Pero a Laila le pareció que su mueca se había suavizado. Y también le dio la impresión de que el tono de sus mejillas había subido de intensidad momentáneamente.

Laila no pensaba contárselo. De hecho, había llegado a la conclusión de que sería muy mala idea. Alguien saldría herido, porque Tariq sería incapaz de pasarlo por alto. Pero cuando más tarde salieron a la calle en dirección a la parada del autobús, Laila volvió a ver a Jadim apoyado contra una pared, rodeado de sus amigos y con los pulgares metidos en las presillas del pantalón, dedicándole una sonrisa desafiante.

Y entonces ella se lo contó. Todo lo sucedido le salió por la boca antes de que acertara a contenerlo.

– ¿Que hizo qué?

Laila se lo repitió.

Tariq señaló a Jadim.

– ¿Él? ¿Fue él? ¿Estás segura?

– Estoy segura.

Tariq apretó los dientes y masculló algo en pastún que Laila no entendió.

– Espera aquí -ordenó en farsi.

– No, Tariq…

Pero él ya estaba cruzando la calle.

Jadim fue el primero en verlo. Se le borró la sonrisa y se apartó de la pared. Sacó los pulgares de las presillas y se irguió, adoptando un afectado aire de amenaza. Los otros chicos siguieron su mirada.

Laila deseó haber callado. ¿Y si se ponían todos de parte de Jadim? ¿Cuántos había…? ¿Diez, once, doce? ¿Y si le hacían daño?

Tariq se detuvo a unos pasos de Jadim y su banda. A Laila le pareció que se tomaba un momento para reflexionar, tal vez para cambiar de opinión, y cuando él se agachó, imaginó que fingiría que se le había desatado el cordón del zapato y que luego volvería a su lado. Pero no fue eso lo que hizo Tariq, y entonces Laila lo comprendió todo.

Los otros también lo comprendieron al ver que Tariq se enderezaba sobre una sola pierna, se dirigía hacia Jadim a la pata coja, y luego se abalanzaba sobre él, blandiendo la pierna ortopédica como si de una espada se tratara.

Los demás chicos se apartaron rápidamente para dejarle libre el camino.

Entonces todo se convirtió en polvo, puñetazos, patadas y gritos.

Jadim no volvió a molestar a Laila nunca más.

***

Esa noche, como la mayoría de las noches, Laila puso la mesa sólo para dos. Mammy dijo que no tenía hambre. Cuando sí tenía hambre, siempre se llevaba el plato a su habitación antes incluso de que babi llegara de trabajar. Solía estar ya dormida o tumbada en la cama, despierta, cuando Laila y babi se sentaban a cenar.

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