Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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– ¿Quieres un poco de agua, mammy ? -le dijo al oído-. ¿Tienes sed?

Pero ella no respondió. No hizo más que seguir meciéndose adelante y atrás, fijando en la alfombra su mirada remota y sin vida.

De vez en cuando, sentada junto a su madre, viendo las caras largas y acongojadas de la habitación, Laila era consciente de la desgracia que había golpeado a su familia. De las posibilidades que habían acabado por cumplirse, aplastando toda esperanza.

Pero ese sentimiento no duraba mucho. Le resultaba difícil sentir, sentir de verdad, la pérdida que había sufrido su madre. Le costaba sentirse apenada, lamentar la muerte de personas que en realidad nunca le habían parecido que estuvieran vivas. Para ella, Ahmad y Nur siempre habían sido como una leyenda. Como personajes de una fábula. Como reyes de un libro de historia.

Sólo Tariq era real, de carne y hueso. Tariq le había enseñado palabrotas en pastún. A Tariq le gustaban las hojas de trébol con sal, y fruncía el ceño y emitía un pequeño gemido cuando masticaba, y debajo de la clavícula izquierda tenía una marca de nacimiento rosada que recordaba la forma de una mandolina vuelta del revés.

Así que Laila permaneció sentada junto a su madre, lamentándose por la muerte de Ahmad y Nur, como era su obligación; pero, en su corazón, su verdadero hermano estaba sano y salvo.

20

Mammy empezó a sufrir las dolencias que la aquejarían durante el resto de su vida. Jaquecas, dolores en el pecho y las articulaciones, sudoraciones nocturnas, punzadas en los oídos que la dejaban paralizada y bultos que nadie más notaba. Babi la llevó a un médico que le hizo análisis de sangre y orina, además de varias radiografías, pero no halló enfermedad física alguna.

Se pasaba casi todo el día en la cama. Vestía de negro. Se tiraba del pelo y se mordía el lunar que tenía bajo el labio. Cuando estaba despierta, Laila la encontraba vagando por la casa. Siempre acababa en la habitación de su hija, como si tarde o temprano fuera a encontrar a sus hijos sólo con que siguiera entrando en la habitación donde en otro tiempo ellos habían dormido y habían hecho pedorretas y guerras de almohadas. Pero lo único que encontraba indefectiblemente era su ausencia. Y a Laila. Y ésta acabó convenciéndose de que para su madre ambas cosas habían acabado siendo lo mismo.

La única tarea que mammy jamás descuidaba eran las cinco plegarias namaz. Terminaba cada una de ellas con la cabeza inclinada y las manos en alto, delante del rostro y vueltas hacia arriba, musitando una plegaria a Dios para que concediera la victoria a los muyahidines. Laila tenía que ocuparse de casi todas las tareas domésticas. Si no limpiaba, acababa encontrándose ropa, zapatos, bolsas de arroz abiertas, latas de judías y platos sucios esparcidos por todas partes. Lavaba la ropa de su madre y le cambiaba las sábanas. La convencía para que saliera de la cama para bañarse y comer. Planchaba las camisas de babi y le doblaba los pantalones. Y también se ocupaba de cocinar cada vez con mayor frecuencia.

A veces, después de terminar las tareas, Laila se tumbaba en la cama junto a su madre. La abrazaba, entrelazaba sus dedos con los de ella y hundía el rostro entre sus cabellos. Entonces mammy se agitaba y musitaba algo. Inevitablemente, acababa contándole una historia sobre sus hermanos.

Un día, estando así tumbadas, mammy dijo:

– Ahmad iba a ser un líder. Tenía carisma. Hombres que le doblaban la edad lo escuchaban con respeto, Laila. Era digno de verse. Y Nur. Oh, mi Nur. Siempre estaba dibujando puentes y edificios. Iba a ser arquitecto, ¿sabes? Iba a transformar Kabul con sus proyectos. Y ahora los dos son shahid, mis dos niños son mártires.

Laila la escuchaba, esperando que se diera cuenta de que ella no se había convertido en un shahid, que estaba viva, allí, tumbada a su lado, que tenía esperanzas y un futuro por delante. Sin embargo, Laila sabía que su futuro no podía rivalizar con el pasado de sus hermanos. La habían eclipsado cuando estaban vivos, y la borrarían por completo en su muerte. Mammy se había convertido en la conservadora del museo de su vida y Laila no era más que una mera visitante, un receptáculo para su mito. El pergamino sobre el que mammy quería escribir su leyenda.

– El mensajero que vino a traernos la noticia dijo que, cuando llevaron a los chicos de vuelta al campamento, Ahmad Sha Massud en persona presidió el funeral y pronunció una plegaria por ellos ante su tumba. Fíjate cómo eran tus jóvenes y valientes hermanos, Laila, que hasta el comandante Massud en persona, el León de Panyshir, que Dios lo bendiga, presidió su funeral.

Mammy se tumbó de espaldas y Laila cambió de postura para descansar la cabeza sobre el pecho de su madre.

– Algunos días -prosiguió mammy con voz ronca-, escucho el tictac del reloj del pasillo. Entonces pienso en todos los segundos y minutos y horas y días y semanas y meses y años que me esperan. Y todos sin mis hijos. Y entonces no puedo respirar, como si alguien me aplastara el corazón con los pies, Laila. Y me siento tan débil que lo único que deseo es tirarme en alguna parte.

– Ojalá pudiera hacer algo -dijo Laila con sinceridad, pero sus palabras sonaron trilladas, superficiales, como el consuelo simbólico de un amable desconocido.

– Eres una buena hija -murmuró mammy tras emitir un hondo suspiro-. Y yo no he sido demasiado buena madre para ti.

– No digas eso.

– Oh, es cierto. Lo sé y lo lamento, cariño mío.

Mammy?

– Mm.

Laila se sentó y miró a su madre, que ahora tenía mechones grises. Y le sorprendió comprobar lo mucho que había adelgazado, cuando siempre había sido más bien regordeta. Tenía las mejillas hundidas. La blusa le colgaba de los hombros y se le había formado un hueco entre el cuello y la clavícula. En más de una ocasión Laila había visto cómo le resbalaba la alianza en el dedo.

– Quería preguntarte una cosa.

– ¿Qué?

– Tú no… -empezó.

Laila lo había hablado con Hasina. Por sugerencia de su amiga, ambas habían vaciado el tubo de aspirinas por la alcantarilla, habían escondido los cuchillos de cocina y los pinchos de kebab bajo la alfombra que había debajo del sofá. Hasina había encontrado una cuerda en el patio. Y cuando babi buscó sin éxito sus cuchillas de afeitar, Laila tuvo que confesarle sus temores. Babi se sentó en el borde del sofá con las manos entre las rodillas. Laila esperaba de su padre alguna frase tranquilizadora, pero sólo obtuvo una mirada perpleja y hueca.

– Tú no… Mammy, tengo miedo de que…

– Lo pensé la noche que recibimos la noticia -admitió su madre-. No te mentiré, también lo he pensado otras veces. Pero no. No te preocupes, Laila. Quiero ver el sueño de mis hijos convertido en realidad. Quiero ver el día en que los soviéticos vuelvan a su país deshonrados, el día en que los muyahidines entren en Kabul victoriosos. Quiero estar aquí cuando eso ocurra, cuando Afganistán sea libre, porque así también mis hijos lo verán. Yo seré sus ojos.

Mammy se durmió enseguida, dejando a Laila debatiéndose entre emociones contradictorias: tranquilizada porque su madre quería seguir viviendo, pero dolida porque la razón no era ella. Nunca dejaría una huella indeleble, como habían hecho sus hermanos, porque el corazón de su madre era como una playa donde las huellas de Laila se borrarían siempre bajo las olas de su dolor, que crecían y se estrellaban contra la arena, una y otra vez.

21

El taxi se detuvo para dejar que pasara otro largo convoy de jeeps y vehículos blindados soviéticos. Tariq se inclinó hacia el taxista y gritó:

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