Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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Mammy sostenía una foto de Ahmad y Nur por encima de la cabeza. Era la imagen en la que aparecían sentados bajo el peral, espalda contra espalda. Había otras mujeres como ella, mujeres que mostraban en alto fotografías de maridos, hermanos, hijos shahid.

Alguien dio unos golpecitos en el hombro de Laila y de Hasina. Era Tariq.

– ¿De dónde has sacado eso? -exclamó Hasina.

– Quería vestirme adecuadamente para la ocasión -explicó él. Llevaba un enorme gorro ruso de pieles con orejeras, que se había bajado-. ¿Qué tal estoy?

– Ridículo -dijo Laila entre risas.

– De eso se trata.

– ¿Y tus padres han venido contigo y te han dejado llevar eso?

– Están en casa -contestó Tariq.

En otoño, el tío de Tariq que vivía en Gazni había muerto de un ataque al corazón, y unas semanas más tarde, el padre también había sufrido un infarto, a resultas del cual se hallaba débil y sin fuerza, propenso a padecer ansiedad y ataques depresivos que le duraban semanas. Laila se alegraba de ver a Tariq recuperado después de haberlo visto alicaído y malhumorado durante semanas, desde la enfermedad de su padre.

Los tres niños se escabulleron mientras mammy y babi se quedaban viendo partir a los soviéticos. Tariq compró un plato de judías hervidas con espeso chutney de cilantro para cada uno a un vendedor ambulante. Comieron bajo el toldo de una tienda de alfombras cerrada, y luego Hasina se fue en busca de su familia.

En el autobús de vuelta a casa, Tariq y Laila se sentaron detrás de los padres de ella. Mammy iba junto a la ventana, con la mirada fija en el exterior y la fotografía de sus hijos apretada contra el pecho. Junto a ella, babi escuchaba impasible los argumentos de un hombre, según el cual los soviéticos se iban, sí, pero enviarían armas a Nayibulá.

– Es su marioneta. Seguirán con la guerra a través de él, no le quepa duda.

En el otro lado del autobús, alguien se manifestó de acuerdo con lo dicho.

Mammy musitaba para sí largas plegarias, que se alargaban de forma interminable hasta que se quedaba sin aliento y tenía que pronunciar las últimas palabras con un débil y agudo chillido.

Por la tarde, Laila y Tariq fueron al Cinema Park y tuvieron que ver una película soviética doblada al farsi, que resultaba cómica sin pretenderlo. Trataba de un barco mercante y de un primer oficial enamorado de la hija del capitán, llamada Alyona. Se producía una gran tempestad que hacía zozobrar el barco. Uno de los angustiados marineros gritaba algo. Una voz afgana que mantenía una calma absurda, lo traducía como: «Señor mío, ¿sería usted tan amable de pasarme la cuerda?»

Tariq prorrumpió en carcajadas y muy pronto los dos sufrieron un irremediable ataque de risa. Cuando uno se cansaba, el otro soltaba un bufido, y vuelta a empezar. Un hombre sentado dos filas por delante se dio la vuelta y les mandó callar.

Hacia el final había una escena de boda. Finalmente el capitán había acabado cediendo y permitía que Alyona se casara con el primer oficial. Los novios se sonreían. Todos bebían vodka.

– Yo nunca me casaré -susurró Tariq.

– Yo tampoco -dijo Laila tras una breve y nerviosa vacilación. No quería que su voz delatara la decepción que habían supuesto las palabras de Tariq. Con el corazón desbocado, añadió, más decidida esta vez-: Nunca.

– Las bodas son una estupidez.

– Con tanto barullo.

– Y el dinero que cuestan.

– ¿Todo para qué?

– Para ponerse una ropa que nunca más vuelve a llevarse.

– ¡Ja!

– Y si algún día me casara -añadió Tariq-, tendrán que hacer sitio para tres. La novia, yo y el tipo que me apunte a la cabeza con una pistola.

El hombre de la fila de delante volvió a fulminarlo con la mirada.

En la pantalla, Alyona y su marido juntaron los labios.

Al contemplar el beso, Laila se sintió de pronto extrañamente expuesta. Notó con alarmante intensidad los latidos de su corazón, la sangre que se le agolpaba en las sienes, y el cuerpo de Tariq a su lado, tensándose, inmóvil. El beso se prolongaba. De repente a Laila le pareció absolutamente necesario no moverse ni hacer ruido alguno. Percibía que Tariq la estaba observando, con un ojo puesto en el beso y otro en ella, igual que ella lo observaba a él. ¿Escuchaba también el aire que entraba y salía silbando por su nariz, esperando detectar algún cambio sutil, una irregularidad reveladora que delatara sus pensamientos?

¿Y cómo sería besarlo a él, que el vello que tenía sobre el labio le hiciera cosquillas?

Entonces Tariq se agitó en su asiento.

– ¿Sabías que si lanzas mocos al aire en Siberia, se convierten en carámbanos verdes antes de tocar el suelo? -dijo con voz tensa.

Los dos se echaron a reír, pero fue una risa corta, nerviosa. Cuando terminó la película y salieron a la calle, a ella le alivió ver que había oscurecido y que no tendría que mirar a Tariq a los ojos a la luz del día.

23

Abril de 1992

Transcurrieron tres años.

Durante ese tiempo, el padre de Tariq sufrió varios ataques al corazón. Como consecuencia, la mano izquierda le quedó un poco torpe y tenía dificultades para hablar. Cuando se ponía nervioso, cosa que ocurría con frecuencia, aún le costaba más.

Al crecer, Tariq tuvo que cambiarse la pierna ortopédica. Se la proporcionó la Cruz Roja, aunque tuvo que esperar seis meses.

Tal como Hasina temía, su familia se la llevó a Lahore y la obligó a casarse con el primo que era dueño de una tienda de coches. La mañana en que emprendieron el viaje, Laila y Giti fueron a su casa para despedirse de ella. Hasina les contó que su futuro marido había iniciado ya los trámites para emigrar a Alemania, donde vivían sus hermanos. Ella creía que no tardarían más de un año en instalarse en Frankfurt. Las tres amigas se abrazaron y lloraron juntas. Giti estaba desconsolada. La última vez que Laila vio a Hasina, su padre la ayudaba a acomodarse en el atestado asiento de un taxi.

La Unión Soviética se desmoronaba con asombrosa rapidez. Laila tenía la impresión de que cada semana babi volvía a casa con la noticia de que una nueva república se había declarado independiente: Lituania, Estonia, Ucrania. En el Kremlin ya no ondeaba la bandera soviética. Había nacido la Federación Rusa.

En Kabul, Nayibulá cambió de táctica y trató de presentarse como un musulmán devoto.

– Demasiado tarde -dijo babi -. No se puede ser jefe de la KHAD un día, y al siguiente ir a rezar a una mezquita con los familiares de aquellos a quienes has torturado y asesinado.

Viendo que se estrechaba el cerco sobre Kabul, Nayibulá trató de llegar a un acuerdo con los muyahidines, pero éstos lo rechazaron.

Desde su cama, mammy dijo: «Me alegro mucho.» Esperaba que llegaran los muyahidines y desfilaran por las calles de Kabul. Esperaba la caída de los enemigos de sus hijos.

Finalmente, la caída llegó. Fue en abril de 1992, el año en que Laila cumplió los catorce.

Nayibulá se rindió por fin y buscó refugio en la sede de las Naciones Unidas cercana al palacio Darulaman, al sur de la ciudad.

La yihad había terminado. Los diversos regímenes comunistas que habían detentado el poder desde el nacimiento de Laila habían sido derrotados. Los héroes de mammy, los camaradas de armas de Ahmad y Nur, habían ganado. Y después de más de una década de sacrificarlo todo, de separarse de las familias para vivir en las montañas y luchar por la soberanía de Afganistán, los muyahidines volvían a Kabul, cansados de mil batallas.

Mammy sabía todos sus nombres.

Dostum, el extravagante comandante uzbeko, líder de la facción Yunbish-i-Milli, que tenía fama de cambiar fácilmente de aliados. El apasionado y adusto Gulbuddin Hekmatyar, líder de la facción Hezb-e-Islami, un pastún que había estudiado ingeniería y que en una ocasión había matado a un estudiante maoísta. Rabbani, el líder tayiko de la facción Yamiat-e-Islami, que enseñaba islam en la Universidad de Kabul en la época de la monarquía. Sayyaf, un corpulento pastún de Pagman con parientes árabes, líder de la facción Ittehad-i-Islami. Abdul Ali Mazarí, líder de la facción Hizb-e-Wahdat, conocido como Baba Mazarí entre sus compatriotas hazaras, con estrechos vínculos con chiíes de Irán.

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