Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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Él le dio vueltas al cargador en la mano.

– Encontraron tres cadáveres en una casa de Karté-Sé la semana pasada -dijo-. ¿No te enteraste? Eran tres hermanas. Las violaron a las tres y las degollaron. Les arrancaron los anillos de los dedos a dentelladas. Se veían las marcas de los dientes…

– No quiero oírlo.

– No pretendía asustarte -murmuró él-. Es que simplemente… me siento mejor llevando el arma.

Tariq se había convertido en el único contacto de Laila con el exterior. Él escuchaba los rumores de la calle y se los transmitía. Fue su amigo quien le contó, por ejemplo, que los milicianos de las montañas afinaban la puntería -y hacían apuestas sobre ello- disparando a civiles elegidos al azar, sin importar que fueran hombres, mujeres o niños. Le dijo que lanzaban misiles contra los coches, pero no se sabía por qué, nunca atacaban a los taxis, lo que explicaba que todo el mundo hubiese empezado a pintarse el coche de amarillo.

Tariq le habló de las fronteras internas de Kabul, inestables y traicioneras. Laila supo por él, por ejemplo, que esa calle hasta la segunda acacia de la izquierda pertenecía a un cabecilla; que las cuatro manzanas siguientes hasta la panadería contigua a la farmacia derribada constituían el sector de otro cabecilla; y que si cruzaba la calzada y caminaba aproximadamente un kilómetro hacia el oeste, se encontraría en el territorio de otro cabecilla y, por tanto, se convertiría en presa fácil para los francotiradores. Así llamaban ahora a los héroes de la madre de Laila. Cabecillas. Laila también oyó que los llamaban tofangdar, pistoleros. Otros seguían refiriéndose a ellos como muyahidines, pero hacían una mueca al decirlo, una mueca de burla y desagrado, y la palabra apestaba a una honda aversión y un gran desprecio. Como un insulto.

Tariq volvió a meter el cargador en la pistola.

– ¿Tienes agallas? -preguntó Laila.

– ¿Para qué?

– Para usarla. Para matar con ella.

Tariq se remetió la pistola en el cinturón de los téjanos. Luego dijo una cosa encantadora y terrible a la vez:

– Por ti sí. Mataría con ella por ti, Laila.

Se acercó más y sus manos se rozaron una vez, y luego otra. Cuando sus dedos se deslizaron tímidamente entre los de la muchacha, ella no los retiró. Y cuando de pronto Tariq se inclinó hacia ella y unió los labios a los suyos, Laila también se lo permitió.

En aquel momento, toda la charla de su madre sobre reputación y pájaros que escapaban le pareció irrelevante, absurda incluso. En medio de tantas muertes y saqueos, de tanta fealdad, sentarse bajo un árbol y besar a Tariq era un acto completamente inofensivo. Una nimiedad. Una licencia fácilmente perdonable. Así que dejó que Tariq la besara, y cuando él se apartó, fue ella quien se inclinó para besarlo a su vez, con el corazón en la garganta, un hormigueo en el rostro y un fuego que le abrasaba el vientre.

En junio de ese año, 1992, se produjeron intensos combates en el oeste de Kabul entre las fuerzas pastunes del cabecilla Sayyaf y los hazaras de la facción Wahdat. El bombardeo derribó líneas eléctricas y pulverizó manzanas enteras de tiendas y casas. Laila oyó decir que los milicianos pastunes atacaban las casas de los hazaras, forzando la entrada para ejecutar a familias enteras, y que los hazaras tomaban represalias secuestrando a civiles pastunes, violando a las chicas y bombardeando barrios, matando indiscriminadamente. Todos los días se hallaban cadáveres atados a árboles, a veces quemados hasta el punto de resultar irreconocibles. A menudo les habían pegado un tiro en la cabeza, arrancado los ojos y cortado la lengua.

El padre de Laila intentó de nuevo convencer a su mujer de que debían abandonar Kabul.

– Lo solucionarán -aseguró mammy -. Estas luchas son pasajeras. Al final se sentarán todos y hallarán una solución.

– Fariba, esa gente no conoce más que la guerra -adujo su marido-. Aprendieron a andar con una botella de leche en una mano y un arma en la otra.

– ¿Y quién eres tú para hablar así? -le espetó ella-. ¿Has luchado tú en la yihad? ¿Lo abandonaste todo para arriesgar tu vida? Recuerda que de no ser por los muyahidines, aún seríamos siervos de los soviéticos. ¡Y ahora quieres que los traicionemos!

– No somos nosotros los traidores, Fariba.

– Pues vete tú. Llévate a tu hija y huid los dos. Enviadme una postal. Pero la paz llegará, y yo estaré aquí esperándola.

Las calles se habían vuelto tan inseguras que babi hizo algo impensable en él: obligó a Laila a dejar la escuela.

Él mismo se encargó de darle clases. Ella iba a su estudio todos los días tras la puesta de sol y, mientras Hekmatyar lanzaba sus misiles sobre Massud desde el sur, en las afueras de la ciudad, babi y ella comentaban las gazals de Hafez y las obras del amado poeta afgano Ustad Jalilulá Jalili. Él le enseñó a resolver ecuaciones de segundo grado, a multiplicar polinomios y trazar curvas paramétricas. Cuando enseñaba, se transformaba. En su elemento, entre sus libros, a Laila incluso le parecía más alto. Su voz parecía surgir de un lugar más hondo y sereno, no parpadeaba tanto. Laila lo imaginaba tal como debía de haber sido en otro tiempo, cuando borraba su pizarra con elegantes movimientos, o miraba por encima del hombro de un alumno, atento y paternal.

Pero no resultaba fácil prestar atención. Laila no hacía más que distraerse.

– ¿Cuál es el área de una pirámide? -preguntaba babi , y Laila sólo pensaba en los labios carnosos de Tariq, en el calor de su aliento, en su boca, en su propia imagen reflejada en los ojos color avellana de su amado. Se habían besado dos veces más desde la primera vez debajo del árbol; habían sido besos más largos, más apasionados y, según creía ella, menos torpes. En ambos casos se habían encontrado en secreto en el oscuro callejón donde Tariq había fumado un cigarrillo el día de la fiesta de mammy. La segunda vez, también le había dejado que le tocara los pechos.

– ¿Laila?

– Sí, babi.

– Pirámide. Área. Estás en las nubes.

– Lo siento. Pues… Ah, sí. Pirámide, pirámide. Un tercio del área de la base por la altura.

Su padre asintió con aire vacilante mirándola fijamente, mientras ella sólo pensaba en las manos de Tariq acariciándole los pechos y deslizándose por su nuca para luego darle un beso interminable.

Aquel mismo mes de junio, un día que Giti volvía a casa con dos compañeras de clase, un misil perdido cayó sobre ellas cuando se encontraban a sólo tres manzanas de su casa. A Laila le dijeron más tarde, en aquella jornada aciaga, que la madre de Giti, Nila, había ido corriendo de un lado a otro de la calle donde habían asesinado a Giti, recogiendo los pedazos de su hija en un delantal, sin dejar de chillar histéricamente. Dos semanas más tarde hallaron en una azotea el pie derecho de Giti en descomposición, todavía con su calcetín de nailon y su zapato de color violeta.

En el fatiha de Giti, el día después de su muerte, Laila permaneció aturdida en una habitación llena de mujeres llorosas. Era la primera vez que moría alguien a quien conocía de verdad, alguien con quien mantenía una relación estrecha, alguien a quien quería, y no conseguía asimilar la incomprensible realidad de que Giti ya no estaba viva. La misma Giti con la que había intercambiado notitas en clase, a la que había pintado las uñas y había arrancado los pelos de la barbilla con unas pinzas. La misma que iba a casarse con Sabir, el portero de un equipo de fútbol. Giti estaba muerta. Muerta. Había volado en pedazos. Finalmente, Laila lloró por su amiga. Y todas las lágrimas que no había sido capaz de derramar en el funeral de sus hermanos, brotaron como un torrente.

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