Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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26

Era con diferencia el día más caluroso del año. Las montañas atrapaban el calor sofocante, que ahogaba la ciudad como si se tratara de humo. Hacía días que se habían quedado sin electricidad. Por todo Kabul había ventiladores eléctricos apagados, casi como una burla.

Laila estaba tumbada en el sofá de la sala de estar, inmóvil, sudando bajo la blusa. Cada vez que respiraba, el aliento le quemaba la punta de la nariz. Sabía que sus padres estaban hablando en la habitación de mammy. Dos noches atrás, y también la noche anterior, Laila se había despertado y le había parecido oír voces abajo. Sus padres hablaban ahora todos los días, desde que una bala había abierto un agujero en el portón de su casa.

En el exterior se oía el estruendo lejano de la artillería y, más cerca, una larga ráfaga de disparos, seguida de otras.

También en el interior de Laila se libraba una batalla: la culpa por un lado, asociada con la vergüenza; por el otro, la convicción de que Tariq y ella no habían cometido ningún pecado, que todo había sido natural, bueno, hermoso, incluso inevitable, alentado por la idea de que tal vez no volvieran a verse nunca más.

Se tumbó de lado y trato de recordar una cosa. En determinado momento, cuando estaban en el suelo, Tariq había apoyado la frente en la de ella y luego había dicho algo entre jadeos, algo como «¿Te hago daño?», o «¿Te hace daño?».

Laila no estaba segura de qué había dicho.

«¿Te hago daño?»

«¿Te hace daño?»

Sólo habían pasado dos semanas desde su marcha y ya estaba ocurriendo. El tiempo embotaba sus recuerdos. Se esforzó al máximo para recordar las palabras exactas. De repente le parecía de vital importancia saberlo.

Cerró los ojos para concentrase mejor.

Con el tiempo, acabaría cansándose de ese ejercicio. Cada vez le resultaría más agotador conjurar, desempolvar, resucitar de nuevo lo que llevaba tanto tiempo muerto. De hecho, llegaría un día, años más tarde, en que Laila ya no lloraría su pérdida. O al menos no estaría siempre llorándolo. Llegaría un día en que los detalles del rostro de Tariq empezarían a borrarse de su memoria, y cuando oyera a una madre en la calle llamando a su hijo por el nombre de Tariq, ya no se sentiría perdida. No lo echaría de menos como entonces, cuando el dolor de su ausencia era su compañero inseparable, como el dolor fantasma de un miembro amputado.

Cuando Laila fuera una mujer adulta, sólo muy de vez en cuando, mientras planchara una camisa o empujara a sus hijos en el columpio, algún detalle trivial, tal vez el calor de una alfombra bajo sus pies en un día de verano o la frente curvada de algún desconocido, despertaría algún recuerdo de aquella tarde. Y entonces lo reviviría todo de golpe. La espontaneidad. Su asombrosa imprudencia. Su torpeza. El dolor, el placer y la tristeza del acto. El calor de sus cuerpos entrelazados. Y la invadiría por completo, dejándola sin aliento.

Pero luego pasaría. El momento se iría, dejándola abatida, sin sentir nada más que una vaga inquietud.

Laila decidió finalmente que Tariq había dicho: «¿Te hago daño?» Sí. Eso era. Se alegró de haberlo recordado.

De pronto oyó a babi llamándola desde lo alto de la escalera, pidiéndole que subiera rápidamente.

– ¡Ha aceptado! -dijo babi con voz trémula por la emoción contenida-. Nos vamos, Laila. Todos juntos. Abandonamos Kabul.

***

Los tres estaban sentados en la cama de mammy. Fuera, los misiles silbaban cruzando el cielo, y las fuerzas de Hekmatyar y Massud seguían combatiendo sin descanso. Laila sabía que en alguna parte de la ciudad acababa de morir alguien, y que una cortina de humo negro se cernía sobre algún edificio derrumbado en medio de una nube de polvo. Al día siguiente, habría cadáveres en la calle y habría que sortearlos. Recogerían algunos. Otros no. Los perros de Kabul, que se habían aficionado a la carne humana, se darían un festín.

Aun así, Laila sentía la necesidad de correr por esas calles, incapaz de contener su felicidad. Tenía que esforzarse por permanecer sentada y no chillar de alegría. Babi dijo que primero irían a Pakistán para solicitar los visados. ¡Pakistán, donde estaba Tariq! Sólo hacía diecisiete días que se había ido, calculó con un arrebato de emoción. Si mammy se hubiera decidido diecisiete días antes, habrían podido marcharse juntos. ¡Estaría con él en ese preciso instante! Pero eso ya no importaba. Se iban a Peshawar los tres, y allí encontrarían a Tariq y a sus padres. Seguro. Tramitarían juntos los visados. Y luego, ¿quién sabía? ¿Europa? ¿América? Tal vez, como decía siempre babi, algún lugar cerca del mar…

Mammy estaba recostada en la cabecera de la cama. Tenía los ojos hinchados. Se tiraba del pelo.

Tres días antes, Laila había salido a la calle para tomar un poco el aire. Se había quedado apoyada en el portón y de pronto había oído un fuerte chasquido. Algo había pasado silbando junto a su oreja derecha y había hecho volar astillas de madera delante de sus ojos. A pesar de la muerte de Giti, de los miles de disparos y de los numerosos misiles que habían caído sobre Kabul, había tenido que ser la visión de aquel único agujero en el portón, a menos de tres dedos de donde Laila había apoyado la cabeza, lo que despertara por fin a su madre y le hiciera ver que una guerra le había arrebatado ya a dos hijos, y que la siguiente bien podía costarle la única hija que le quedaba.

Ahmad y Nur sonreían desde las paredes de la habitación. Laila vio los ojos de su madre yendo de una fotografía a otra con expresión de culpabilidad, como si solicitara su consentimiento, su bendición. Como si les pidiera perdón.

– Aquí no nos queda nada -dijo babi -. Nuestros hijos han muerto, pero aún tenemos a Laila. Aún nos tenemos el uno al otro, Fariba. Podemos empezar una nueva vida.

Babi alargó la mano sobre la cama, y cuando se inclinó para coger las de su esposa, ella no las apartó. En su rostro se leía la rendición, la resignación. Se cogieron de la mano levemente, y luego se abrazaron, meciéndose en silencio. Mammy apoyó el rostro en el cuello de su marido, se aferró a su camisa.

Esa noche, Laila estaba tan nerviosa que no consiguió conciliar el sueño. Desde la cama contempló los estridentes tonos amarillos y anaranjados que iluminaban el horizonte. Sin embargo, en determinado momento, a pesar de la euforia que la embargaba y de los estallidos de la artillería, se quedó dormida.

Y soñó.

Están en una playa, sentados sobre una colcha. El día es frío y nublado, pero se encuentra muy a gusto junto a Tariq bajo la manta que los envuelve. Ve coches aparcados tras una valla baja, blanca y cuarteada, bajo una hilera de palmeras azotadas por el viento. Tiene los ojos llorosos por culpa del viento y los zapatos medio enterrados en la arena. El viento arroja también matojos de hierba seca de las onduladas crestas de una duna a la siguiente. Tariq y ella observan unos veleros que se mecen en el agua a lo lejos. A su alrededor vuelan las gaviotas entre chillidos. El viento arranca una nueva lluvia de arena de las leves pendientes. Se oye entonces un sonido semejante a un cántico, y Laila le cuenta lo que babi le enseñó años atrás sobre ese canto.

Tariq le limpia la frente de arena. Laila capta el destello de una alianza en su dedo. Es idéntica a la que lleva ella, de oro y con una especie de dibujo laberíntico en todo su contorno.

«Es verdad -le dice a Tariq-. Es la fricción de los granos entre sí. Escucha.» Él obedece. Frunce el ceño. Vuelven a oír el sonido. Un quejido cuando el viento es suave, un agudo coro de maullidos cuando el viento sopla con fuerza.

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