Khaled Hosseini - Mil Soles Espléndidos

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Hija ilegítima de un rico hombre de negocios, Mariam se cría con su madre en una modesta vivienda a las afueras de Herat. A los quince años, su vida cambia drásticamente cuando su padre la envía a Kabul a casarse con Rashid, un hosco zapatero treinta años mayor que ella. Casi dos décadas más tarde, Rashid encuentra en las calles de Kabul a Laila, una joven de quince años sin hogar. Cuando el zapatero le ofrece cobijo en su casa, que deberá compartir con Mariam, entre las dos mujeres se inicia una relación que acabará siendo tan profunda como la de dos hermanas, tan fuerte como la de madre e hija. Pese a la diferencia de edad y las distintas experiencias que la vida les ha deparado, la necesidad de afrontar las terribles circunstancias que las rodean -tanto de puertas adentro como en la calle, donde la violencia política asola el país-, hará que Mariam y Laila vayan forjando un vínculo indestructible que les otorgará la fuerza necesaria para superar el miedo y dar cabida a la esperanza.

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25

Laila apenas podía moverse, como si tuviera las articulaciones soldadas con cemento. Se estaba desarrollando una conversación de la que formaba parte, pero se sentía distanciada, como si sólo las escuchara por casualidad. Mientras Tariq hablaba, ella imaginaba su propia vida como una cuerda podrida, rota bruscamente, cuyas fibras se separaban y caían, ya inútiles.

Se encontraban en la sala de estar de la casa de Laila, en una calurosa y húmeda tarde de agosto de 1992. Mammy llevaba todo el día con dolor de estómago, y babi la había llevado al médico a pesar de los misiles que había lanzado Hekmatyar desde el sur hacía apenas unos minutos. Y allí estaba Tariq, sentado junto a ella en el sofá, mirando el suelo con las manos entre las rodillas.

Le estaba diciendo que se iba.

No se marchaba del barrio. Ni de Kabul. Se marchaba de Afganistán.

Se iba.

La noticia había caído sobre ella como un mazazo.

– ¿Adónde? ¿Adónde te vas?

– Primero a Pakistán. A Peshawar. Luego no lo sé. Tal vez al Indostán. A Irán.

– ¿Cuánto tiempo?

– No lo sé.

– Quiero decir, ¿cuánto hace que lo sabes?

– Unos días. Quería decírtelo, Laila, te lo juro, pero no me atrevía. Sabía cómo te pondrías.

– ¿Cuándo?

– Mañana.

– ¿Mañana?

– Laila, mírame.

– Mañana.

– Es mi padre. Su corazón ya no puede soportar más tantas luchas y matanzas.

Laila se cubrió el rostro con las manos y sintió que el miedo le oprimía el pecho.

Pensó que debería habérselo imaginado. Casi toda la gente que conocía había hecho las maletas y se había ido. El barrio prácticamente se había vaciado de rostros familiares, y apenas cuatro meses después del inicio de los combates entre las facciones de muyahidines, Laila ya no reconocía a casi nadie por la calle. La familia de Hasina había huido a Teherán en mayo. Wayma se había ido con su clan a Islamabad ese mismo mes. Los padres y hermanos de Giti se habían marchado en junio, poco después de la muerte de la muchacha. Laila no sabía adónde se habían ido, pero le había llegado el rumor de que se dirigían a Mashad, en Irán. Cuando una familia emprendía el viaje, su casa permanecía desocupada unos días; luego se instalaban en ella milicianos o desconocidos.

Todo el mundo partía, y ahora también lo haría Tariq.

– Y mi madre ya no es joven -añadía él-. Tienen mucho miedo. Laila, mírame.

– Deberías habérmelo dicho.

– Por favor, mírame.

Laila soltó un gruñido, luego un gemido, y finalmente se echó a llorar. Y cuando Tariq quiso secarle la mejilla con el pulgar, ella le apartó la mano. Era un gesto egoísta e irracional, pero estaba furiosa porque él la abandonaba, Tariq, que era como una prolongación de sí misma y cuya sombra surgía junto a la de ella en todos y cada uno de sus recuerdos. ¿Cómo podía abandonarla? Lo abofeteó. Luego volvió a abofetearlo y le tiró del pelo, y él tuvo que sujetarla por las muñecas. Le murmuró algo que ella no entendió, en voz baja y tono razonable, y sin saber muy bien cómo, acabaron frente con frente, nariz con nariz, y Laila notó de nuevo la respiración de Tariq en sus labios.

Y cuando él se tumbó de repente, ella lo imitó.

En los días y semanas siguientes, Laila hizo esfuerzos denodados por memorizar todo lo que había ocurrido. Como un amante del arte que huyera de un museo en llamas, echó mano a cuanto pudo salvar del desastre para conservarlo: una mirada, un susurro, un gemido. Pero el tiempo es un fuego que no perdona, y al final no logró salvarlo todo. Sólo le quedó esto: la primera y tremenda punzada de dolor. Los rayos de sol oblicuos sobre la alfombra. Su talón rozando la fría y dura pierna ortopédica de Tariq, que yacía a su lado después de habérsela quitado apresuradamente. Sus manos tomando los codos de Tariq. La roja marca de nacimiento con forma de mandolina que tenía él bajo la clavícula. El rostro de su amado sobre el suyo. Los negros rizos de él cayendo sobre sus labios y su barbilla, haciéndole cosquillas. El terror a ser descubiertos. La incredulidad que les suscitaba su propia audacia, su valor. El extraño e indescriptible placer entremezclado con el dolor. Y la expresión, las múltiples expresiones de Tariq: miedo, ternura, arrepentimiento, vergüenza, y más que nada avidez.

Después llegó el nerviosismo. Camisas y cinturones abrochados a toda prisa, cabellos repeinados con las manos. Se sentaron luego muy juntos, oliendo el uno al otro, con los rostros arrebolados, atónitos ambos y mudos ante la enormidad de lo que acababan de hacer.

Laila vio tres gotas de sangre en el suelo, su sangre, e imaginó a sus padres más tarde, sentados en ese mismo sofá, ignorantes del pecado que había cometido su hija. Y entonces la embargó la vergüenza y la culpa, y arriba se oía el tictac del reloj, que a ella se le antojaba ensordecedor. Como el mazo de un juez que golpeara una y otra vez, condenándola.

– Ven conmigo -dijo Tariq.

Por un momento, Laila casi llegó a creer que sería posible, que podría irse con él y sus padres, hacer la maleta y subir a un autobús, dejando atrás tanta violencia para ir en busca de algo mejor, o de nuevos problemas, porque, fuera lo que fuese, lo afrontarían juntos. No sería necesario pasar por el triste aislamiento y la insufrible soledad que la aguardaban.

Podía irse. Podían estar juntos.

Habría otras tardes como aquélla.

– Quiero casarme contigo, Laila.

Por primera vez desde que se habían sentado, ella alzó los ojos para mirarlo. Escudriñó su rostro y esta vez no halló ni rastro de burla. La expresión del muchacho era firme, de una seriedad cándida pero férrea.

– Tariq…

– Deja que me case contigo, Laila. Hoy. Podríamos casarnos hoy mismo. -Y empezó a hablar de ir a una mezquita, buscar un ulema y un par de testigos y hacer un rápido nikka.

Pero Laila pensaba en mammy, tan obstinada e intransigente como los muyahidines, sumida en una atmósfera de rencor y desesperación, y también en babi, que se había rendido hacía ya mucho tiempo y no era más que un triste y patético oponente para su esposa. «A veces… me siento como si tú fueras lo único que me queda, Laila.» Aquéllas eran las circunstancias de su vida, las verdades inexorables.

– Pediré tu mano a Kaka Hakim. Él nos dará su bendición, Laila. Lo sé.

Estaba en lo cierto. Babi les daría su bendición, pero se quedaría con el corazón destrozado.

Tariq siguió hablando en un murmullo, luego alzó la voz para suplicar y trató de imponer sus argumentos; su expresión pasó de la esperanza a la congoja.

– No puedo -dijo Laila.

– No digas eso. Yo te quiero.

– Lo siento…

– Te quiero.

¿Cuánto tiempo había esperado para oír esas palabras de su boca? ¿Cuántas veces había imaginado que las pronunciaba?

Y cuando por fin se cumplía su sueño, Laila se sintió arrollada por la ironía de la situación.

– No puedo dejar a mi padre -declaró-. Soy todo lo que le queda. Su corazón no podría soportarlo.

Tariq lo sabía. Sabía que Laila no podía desentenderse de sus obligaciones, como tampoco podía él, pero la conversación prosiguió, repitiendo las súplicas de él y el rechazo de ella, las propuestas y las excusas, y las lágrimas de ambos.

Al final, Laila tuvo que obligarlo a marcharse.

En la puerta, ella le hizo prometer que se iría sin despedirse y cerró. Apoyó la espalda contra la madera, temblando al notar que Tariq aporreaba la hoja, aferrándose el estómago con un brazo y tapándose la boca con la otra mano, mientras él le hablaba desde el otro lado y le prometía que regresaría, que volvería a buscarla. Laila se quedó allí hasta que Tariq se cansó y se rindió, y luego oyó sus pasos desiguales hasta que se perdieron en la distancia y todo quedó en silencio, salvo por los disparos que se oían en las colinas y su propio corazón que palpitaba con fuerza en su vientre, en sus ojos, en sus huesos.

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