Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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El joven se levantó y echó otros leños en el hogar pues hacía frío. Magdalena tomó otro puñado de hojas de laurel y lo arrojó al fuego.

La habitación pareció embalsamarse. El joven se encaminó hacia la puerta y la abrió. Se había levantado viento y las nubes ya se habían dispersado; sobre el patio de María resplandecían ahora dos grandes estrellas, límpidas.

– ¿Continúa lloviendo? -preguntó el joven; estaba de nuevo de pie en el centro de la habitación, indeciso.

Magdalena no respondió. Desenrolló una estera, sacó del baúl gruesos cobertores de lana y sábanas, regalo de sus amantes, y tendió una cama frente al fuego.

– Dormirás aquí -dijo-. Hace frío y se levantó viento. Es cerca de medianoche. ¿Adonde ibas a ir? Te helarías. Dormirás aquí, junto al fuego.

El joven se estremeció.

– ¿Aquí? -preguntó.

– ¿Acaso te da miedo? No temas, cándida paloma. No me burlaré de ti. No te tentaré, no atentaré contra tu virginidad.

Echó más leña al fuego y bajó la mecha de la lámpara.

– Duerme tranquilo -añadió-; mañana los dos tenemos mucho que hacer; tú te pondrás en camino para ir en busca de tu liberación, y yo tomaré otro camino, el mío propio, para buscar mi propia liberación. Cada cual seguirá su camino, y nunca volveremos a encontrarnos. ¡Buenas noches!

Magdalena se echó en su cama y hundió el rostro en la almohada. Durante toda la noche mordió las sábanas para no gritar y llorar, temerosa de que la oyera el hombre que dormía junto al fuego, de que se asustara y se fuera. Magdalena escuchó toda la noche la respiración apacible del joven, semejante a la de una criatura que ha mamado hasta saciarse. Permaneció despierta, lanzando por lo bajo prolongados y tiernos sollozos que ascendían desde el fondo de su ser. Diríase que velaba su sueño como una madre.

Al despuntar el día vio a través de sus párpados entreabiertos que el joven se levantaba, se ajustaba el ceñidor de cuero y abría la puerta. Entonces el hijo de María se detuvo. Quería y no quería partir al mismo tiempo. Se volvió, miró el lecho, avanzó un paso con indecisión, se acercó y se inclinó. Aún no había mucha claridad en la habitación. Se inclinó como si quisiera ver a la mujer, tocarla. Llevaba la mano izquierda dentro del ceñidor y la derecha en la barbilla.

La mujer acostada, inmóvil, con el pecho desnudo cubierto por sus cabellos, lo miraba a través de sus pestañas y todo su cuerpo temblaba.

Los labios del joven se movieron levemente:

– María…

Pero al oír su propia voz, se aterrorizó. Llegó de un salto al umbral, cruzó presurosamente el patio, descorrió el cerrojo de la puerta…

Entonces María Magdalena se incorporó bruscamente en el lecho, arrojó las sábanas y se echó a llorar.

VIII

El Monasterio estaba del otro lado del lago de Genezaret, enclavado en medio de rocas rojas y cenicientas, construido con piedras rojas y cenicientas y encaramado en el desierto, como un nido de águilas. Era medianoche. Las aguas caían del cielo no en gotas sino en ríos. Las hienas, los lobos, los chacales y, más lejos, una pareja de leones, rugían, aterrorizados por los truenos ininterrumpidos. El Monasterio, sepultado en una oscuridad impenetrable, parecía parcialmente iluminado de vez en cuando por los relámpagos. Hubiérase dicho que el Dios del monte Sinaí lo azotaba. Los monjes, prosternados con el rostro en tierra en sus celdas, rogaban a Adonay que no inundara la tierra por segunda vez. ¿No había acaso empeñado su palabra al patriarca Noé? ¿No había acaso tendido el arco iris desde la tierra hasta el cielo en signo de reconciliación? En la celda del higúmeno [1] brillaba el candelabro de siete brazos. Joaquín, el higúmeno, estaba sentado en la alta silla de ciprés del coro, delgado, jadeante, con los brazos en cruz y los ojos cerrados; su barba blanca caía majestuosamente y el anciano escuchaba. Escuchaba a Juan, joven novicio que, en pie frente a él y ante un facistol, le leía al profeta Daniel.

«Contemplaba yo en mi visión durante la noche lo siguiente: los cuatro vientos del cielo agitaron el mar grande, y cuatro bestias enormes, diferentes todas entre sí, salieron del mar. La primera era como un león con alas de águila. Mientras yo la miraba, le fueron arrancadas las alas, fue levantada de la tierra, se incorporó sobre sus patas como un hombre, y se le dio un corazón de hombre. A continuación, otra segunda bestia, semejante a un oso, levantada de un costado, con tres costillas en las fauces, entre los dientes. Y se le decía: "Levántate, devora mucha carne." Después, yo seguía mirando y vi otra bestia como un leopardo con cuatro alas de ave en su dorso; la bestia tenía cuatro cabezas, y se le dio el dominio…

El novicio se detuvo, se volvió inquieto y miró al higúmeno. Ya no lo oía suspirar ni clavar las uñas con angustia en la madera de la silla; ni siquiera oía su respiración. ¿Estaba muerto? Hacía muchos días que se negaba a probar todo alimento: estaba encolerizado contra Dios y ansiaba morir; ansiaba morir, según declaró a los monjes, para que su alma, descargada del peso del cuerpo, pudiera ascender al cielo en busca de Dios. El higúmeno Joaquín tenía motivos de queja contra Dios. Era preciso que le viera, que le hablara. Pero el cuerpo es de plomo y le impedía ascender; por eso había decidido deshacerse de él, abandonarlo aquí abajo, en la tierra, para que él, el verdadero Joaquín, pudiera subir al cielo y presentar sus quejas a Dios. Dios tenía una deuda con él. ¿No era él uno de los Padres de Israel? El pueblo poseía, es verdad, una boca, pero no poseía voz, y por ello no podía alzarse ante Dios para contarle su pena. Pero él, Joaquín, podía y debía hacerlo.

El novicio lo miró. A la luz del candelabro, la cabeza del higúmeno, estragada como una madera vieja roída por los gusanos, curtida por el sol y los ayunos, se asemejaba a los cráneos de las fieras, lavados por las lluvias, que las caravanas suelen encontrar en el desierto. ¡Cuántas visiones había tenido aquel cerebro, cuántas veces los cielos se habían abierto ante él y cuántas se habían abierto los abismos del Infierno! Su cerebro era una escala de Jacob por la que ascendían y descendían todas las angustias y esperanzas de Israel.

El higúmeno abrió los ojos. Vio al novicio frente a él, lívido. A la luz de la lámpara, el rubio terciopelo de sus mejillas cobraba un reflejo pálido, virginal; sus grandes ojos se desbordaban de turbación, de angustia.

El rostro austero del higúmeno se suavizó. Amaba mucho a aquel joven espigado. Se lo había arrancado a su padre, el viejo Zebedeo, para llevarlo al Monasterio y entregarlo a Dios. Amaba la sumisión de aquel rebelde, sus labios que callaban y sus ojos insaciables, su dulzura y su ardor. «Un día será él -pensaba- quien hable con Dios. Él logrará lo que yo no pude y transformará en alas las dos llagas que llevo en los hombros. Yo no he podido subir vivo a los cielos, pero él lo logrará.»

Un día Juan había ido con sus padres al Monasterio para festejar la fiesta de Pascua. El higúmeno era un pariente lejano de Zebedeo y recibió a los visitantes alegremente, sentándolos a su mesa. Mientras comían, Juan, que apenas tenia dieciséis años, sintió, cuando estaba inclinado, que la mirada del higúmeno caía sobre su coronilla, separaba los huesos y penetraba en su cerebro por las coyunturas del cráneo. Se aterrorizó y alzó los ojos; las dos miradas se encontraron por encima de la mesa pascual… Desde aquel día su barca de pesca y hasta el lago de Genezaret le habían resultado demasiado pequeños y suspiraba y se consumía. Un día el viejo Zebedeo se impacientó y acabó por decirle: «No tienes la cabeza puesta en la pesca. Piensas en Dios. Ve, pues, al Monasterio. Tenía dos hijos y Dios quiso repartírselos conmigo. Pues bien, ¡repartámoslos!… ¡Perdonémosle sus caprichos!»

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