Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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– No hay nadie -repitió el joven; su voz se había suavizado.

– ¿Y la vieja?

– Está bajo el ciprés. Estalló la tormenta.

María salió al patio, vio el braserillo encendido y se acercó a él.

– Anciana Noemí -dijo alargando la mano hacia el cerrojo de la puerta-, toma tu braserillo y tus cangrejos y vete. Echaré el cerrojo. ¡Esta noche no recibiré a nadie!

– ¿Tienes a tu amante en el cuarto? -silbó la vieja, furiosa porque perdía los clientes de la noche.

– Sí -respondió María-, está adentro… ¡Vete!

La vieja se levantó, murmurando, y decidió recoger sus utensilios.

– ¡Vaya con el amante que te has echado! Es un andrajoso refunfuñó por lo bajo; pero María la empujó sin más y luego atrancó la puerta de la calle. El cielo se había abierto y todo él se derramaba en el patio. Magdalena lanzó un gritito de alegría, como hada cuando era niña y miraba las primeras lluvias. Cuando volvió al cuarto, la pañoleta estaba mojada.

El joven se detuvo, en el centro de la habitación. ¿Debía partir? ¿Debía quedarse? ¿Cuál era la voluntad de Dios? Se sentía cómodo allí, en aquel ambiente cálido, y ya se había habituado al olor repulsivo. Fuera le esperaban la lluvia, el viento, el frío. No conocía a nadie en Magdala y Cafarnaum estaba lejos. ¿Debía partir? ¿Debía quedarse? Su espíritu no se decidía…

– Jesús, llueve a cántaros. Seguramente no has comido en todo el día. Ayúdame a encender el fuego y cocinaremos…

Su voz era tierna, solícita como la de un ángel.

– Me iré -dijo el joven y se volvió hacia la puerta.

– Quédate a comer conmigo -dijo Magdalena como si le impartiera una orden-. ¿Te repugna? ¿Tienes miedo de ensuciarte si comes con una puta?

El joven se inclinó sobre el hogar, ante los dos morillos; tomó un haz de leña y encendió el fuego.

Magdalena sonreía; se había calmado. Puso agua en la marmita, que colocó sobre los morillos; tomó de un saco colgado de la pared dos puñados de habas y las arrojó al agua. Se sentó en el suelo, ante el fuego encendido, y aguzó el oído; afuera, el cielo había abierto sus esclusas.

– Jesús -dijo en voz baja-, me preguntaste si me acordaba de cuando éramos niños y jugábamos.

El joven, sentado también ante el hogar, miraba el fuego y su espíritu volaba por zonas lejanas. Como si ya hubiera llegado al Monasterio del desierto y revistiera la sotana inmaculada, se paseaba por espacios solitarios, y su corazón, semejante a un pececillo de oro radiante, nadaba en las aguas calmas y profundas de Dios. Afuera, llegaba el fin del mundo; y dentro reinaba la paz, la ternura, la seguridad.

– Jesús -oyó de nuevo la voz de Magdalena junto a él-, me preguntaste si me acordaba de cuando éramos niños y jugábamos…

El rostro de Magdalena brillaba a la luz de las llamas como hierro candente. Pero el joven no oyó, pues aún estaba sumergido en el abismo del desierto.

– Jesús -repitió la mujer-, tú tenías tres años y yo cuatro. Ante la puerta de mi casa había tres peldaños; yo solía sentarme en el más alto y desde allí miraba cómo te esforzabas, durante horas, por trepar al primer peldaño, cómo caías y te levantabas una y otra vez. Yo ni siquiera te tendía la mano para ayudarte; quería que llegaras hasta mí, pero que antes sufrieras mucho… ¿Lo recuerdas?

Un demonio, uno de sus siete demonios, la aguijoneaba para hacerla hablar y tentar al hombre.

– Después de horas de esfuerzos, llegabas a subirte al primer peldaño, y entonces debías intentar encaramarte al segundo… Y luego, para llegar al tercero, donde yo estaba sentada, inmóvil, esperándote. Después…

El joven se sobresaltó; adelantó la mano y gritó:

– ¡Cállate! ¡No continúes!

El rostro de la mujer brillaba y se oscurecía; las llamas lamían sus cejas, sus labios, su barbilla, su cuello desnudo. Tomó un puñado de hojas de laurel, que arrojó al fuego lanzando un suspiro, y añadió:

– Después, me cogías la mano, me cogías la mano, Jesús. Entrábamos e íbamos a echarnos sobre las piedras del patio. Juntábamos las plantas de nuestros pies desnudos, sentíamos que el calor de nuestros dos cuerpos se mezclaba, que subía desde nuestros pies hasta nuestros muslos, desde allí hasta nuestras caderas, y cerrábamos los ojos…

– ¡Cállate! -volvió a gritar el joven; alargó la mano para cerrarle la boca, pero se contuvo pues tuvo miedo de tocarle los labios.

La mujer bajó la voz, suspiró y dijo:

– Jamás conocí en mi vida dulzura mayor. -Después de unos instantes de silencio añadió-: Desde entonces busco en los hombres aquella dulzura, aquella dulzura, Jesús, y no la encuentro…

El joven hundió el rostro en sus rodillas.

«¡Adonay -murmuró-, Adonay, acude en mi auxilio!»

En la habitación tranquila y silenciosa sólo se ola,el susurro del fuego, que devoraba los leños y silbaba, así cómo el del guisado que se cocía lentamente y despedía un agradable olor. Afuera, el chaparrón, como un macho, se derramaba desde el cielo con estrépito y la tierra abría su seno y zureaba como una paloma.

– Jesús, ¿en qué piensas? -dijo Magdalena, ya no se atrevía a mirar al joven a la cara.

– En Dios -respondió con voz ahogada-, en Dios, en Adonay…

Apenas dijo esto, se arrepintió de haber pronunciado su santo nombre en aquella casa.

Magdalena se puso en pie de un salto y echó a andar entre el hogar y la puerta. Estaba excitada.

«Ese es -pensaba-, ése es el gran enemigo, ése es quien se interpone siempre entre nosotros; es malévolo, celoso, no quiere que seamos felices.» Se detuvo tras la puerta y aguzó el oído; el cielo rugía, el huracán hacía estragos y las granadas se golpeaban unas con otras en el patio hasta casi reventar.

– Cede la lluvia -dijo Magdalena.

– Partiré -dijo el joven y se levantó.

– Gime primero para recobrar fuerzas. ¿Dónde irás a estas horas? La noche es muy oscura y aún llueve.

Descolgó de la pared una estera redonda y la colocó en el suelo. Apartó del fuego la marmita, abrió una alacena excavada en el muro y sacó un trozo de pan de centeno asado y dos platos de barro cocido.

– Esta es la comida de la puta -dijo-. Si no te asquea, hombre piadoso, cómela.

El joven tenía hambre y alargó presurosamente la mano. La mujer reventó de risa:

– ¿Es ésa la forma que tienes de comer? ¿Sin orar primero? ¿No sería mejor que le agradecieras a Dios el envío al hombre del pan, las habas y las putas?

El bocado se atascó en la garganta del joven.

– María -dijo-, ¿por qué me odias? ¿Por qué me provocas? Mira, comparto esta noche la comida contigo y nos hemos reconciliado. Lo pasado, pasado está. Perdóname. Para eso he venido.

– Come en lugar de lloriquear. Si no te otorgan el perdón, tómalo por la fuerza. Eres un hombre.

Magdalena cogió el pan y lo partió. Rió:

– Bendito sea el nombre de Aquél que da al mundo el pan, las habas y las putas. ¡Y también los píos visitantes!

Sentados uno frente al otro bajo la luz de la lámpara, no volvieron a cambiar palabra alguna. Ambos tenían hambre pues habían luchado durante el día y ahora comían para recobrar las fuerzas.

Afuera, la lluvia comenzaba a calmarse. El cielo se separó del abrazo con la tierra y ésta quedó saciada. Sólo se oía el chapoteo de los arroyos que se deslizaban alegremente por las calles de la aldea.

Terminaron la comida. Quedaba aún en la alacena un resto de vino y lo bebieron. También había algunos dátiles maduros, y los comieron como postre. Permanecieron un tiempo prolongado sin hablar, mirando el fuego que se iba extinguiendo. El espíritu de ambos se movía con libertad, danzaba al ritmo de las últimas pavesas.

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