Nikos Kazantzakis - La Última Tentación

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`La ultima tentacion de Cristo` cuenta la version de lo que hubiera pasado si Jesus hubiese abandonado su mision en la tierra para vivir como un hombre comun. La novela fue publicada en 1955 y causo gran revuelo. Su autor fallecio en 1957.

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Un inmenso granado cargado de frutos se alzaba en el centro del patio y a ambos lados de la puerta erguíanse dos sólidos cipreses, uno macho y recto como una espada, y el otro hembra con sus ramas extendidas y desplegadas. Del granado colgaba una jaula de mimbre con una perdiz pardilla, que revoloteaba a derecha e izquierda, picoteaba, golpeaba los barrotes y chillaba.

Los adoradores sacaban de los ceñidores dátiles que se llevaban a la boca, mordían nueces moscadas para perfumar el aliento y hablaban entre sí para entretenerse. Se volvieron, saludaron al joven señor y miraron luego con menosprecio al hijo de María, pobremente vestido. El primer anciano suspiró y dijo:

– No hay martirio más grande que el mío: estoy frente al Paraíso y la puerta está cerrada.

Un hombre joven que lucía aros de oro en los tobillos, se echó a reír:

– Transporto especias desde el Eufrates hasta la orilla del mar. ¿Veis aquella perdiz de patas rojas? Pues bien, daría un cargamento de canela y pimienta para comprar a María; la metería en una jaula de oro y me la llevaría. ¡Haced pronto lo que tengáis que hacer, alegres compañeros, porque ésta será la última vez que la veáis!

– Te lo agradezco, muchacho -dijo entonces otro viejo de barba perfumada, de manos finas con dedos alargados-, te lo agradezco porque lo que acabas de decir realzará el sabor de sus besos.

El joven señor había bajado los ojos de tupidas pestañas; balanceó luego lentamente el torso al tiempo que sus labios se movían, como si orara. Antes de entrar en el Paraíso, se había sumergido en la beatitud eterna. Oía los chillidos de la perdiz, las respiraciones entrecortadas y los crujidos del otro lado de la puerta, así como a la vieja que, en la puerta, colocaba en el braserillo los cangrejos vivos, que saltaban…

«He aquí el Paraíso -pensó, agitado-, he aquí el sueño espeso que llamamos vida y que soñamos como el Paraíso. No hay otro Paraíso. Ahora puedo levantarme y partir; ya no necesito ninguna otra alegría…»

Un hombre de talla gigantesca y turbante verde, que estaba delante de él, le tocó la rodilla y se echó a reír.

– Príncipe indio -le dijo-, ¿qué dice tu Dios de todo esto?

El joven señor abrió los ojos:

– ¿De qué?

– De lo qué tienes ante ti, de los hombres, las mujeres, los cangrejos, el amor…

– Que todo es un sueño, hermano.

– Entonces, hay que andar con cuidado, compañeros -dijo el viejo de barba blanca, que ahora desgranaba un gran rosario de cuentas de ámbar-, ¡no sea cosa que nos despertemos!

La puerta se abrió y el beduino salió de la habitación andando con paso lento. Tenía los ojos abotagados y se relamía. El viejo a quien le correspondía pasar se puso en pie de un salto, ágil como un joven de veinte años.

– ¡Anda, anciano y apresúrate! ¡Apiádate de nosotros! -gritaron los otros tres.

El viejo ya avanzaba quitándose el ceñidor… ¡no era aquel momento para hablar! Cerró bruscamente la puerta tras él.

Todos miraban al beduino con envidia y nadie osaba hablar. Sentían que navegaba muy lejos, en aguas profundas y, en efecto, no se volvió ni siquiera para mirarles. Marchaba por el patio con paso vacilante. Llegó a la puerta de la calle donde estuvo a puntó de tropezar con el braserillo; luego se perdió en las callejuelas tortuosas. Entonces, para alejar la fijación de su mente, el hombre grueso con el turbante verde se puso a hablar, sin ton ni son, dé leones, de mares cálidos y de islas remotas hechas de coral…

Transcurrió el tiempo; cada poco oíase el murmullo producido por las cuentas de ámbar del rosario al chocar unas con otras suave, delicadamente. Los ojos habían vuelto a clavarse en la puerta. El viejo tardaba, tardaba mucho en salir…

El joven indio se levantó, feliz. Todos se volvieron sorprendidos. ¿Por qué se había levantado? ¿No iba a estrecharla entre sus brazos? ¿Partía? Su rostro resplandecía y sus mejillas se habían hundido ligeramente. Se ajustó el manto, se llevó la mano al corazón y luego a los labios, saludó y su sombra traspuso tranquilamente el umbral…

– Se despertó… -dijo el joven que llevaba anillos de oro en los tobillos. Estaba por echarse a reír, aunque todos se sintieron repentinamente invadidos por un pavor extraño y se pusieron precipitadamente a hablar de los mercados de esclavos de Alejandría y Damasco, de pérdidas y de ganancias… Pero pronto volvieron a sus chistes impúdicos sobre mujeres y adolescentes. Sacaban la lengua y se relamían.

– ¡Señor! ¡Señor! -murmuró el hijo de María-. ¿Dónde me has hecho caer? ¿En qué patio? ¡Me obligas a formar fila detrás de estos hombres! ¡Esta es la vergüenza mayor, Señor! ¡Dame fuerzas para soportarla!

El hambre se apoderó de los adoradores; uno de ellos llamó a la vieja, la cual distribuyó entre los cuatro hombres pan, cangrejos y tortas de garbanzos; también llevó un gran cántaro de vino de dátiles. Se sentaron al modo oriental en torno de los alimentos y comenzaron a mover las mandíbulas. Uno de ellos sintió deseos de bromear y arrojó un grueso caparazón de cangrejo contra la puerta, gritando:

– ¡Eh! ¡Eh! ¡Apresúrate, anciano! ¡Acaba de una vez!

Todos se echaron a reír.

– ¡Señor! ¡Señor! -volvió a murmurar el hijo de María-. ¡Dame fuerzas para soportar esto hasta que llegue mi turno!

El viejo de barba perfumada se volvió y se apiadó de él:

– ¡Eh, muchacho! ¿no tienes hambre ni sed? Acércate; come un bocado con nosotros para cobrar fuerzas.

– Sí, para cobrar fuerzas, desdichado -dijo riendo el gigante de turbante verde-, y para que cuando llegue tu turno no hagas quedar mal a los hombres.

El hijo de María enrojeció hasta la raíz del cabello, bajó la cabeza y calló.

– Este es otro que sueña -dijo el viejo sacudiendo la barba que se había llenado de migas de pan y de trozos de cangrejos-. Os juro que sueña, por san Belcebú. Acordaos de lo que os digo: ¡se va a levantar como el otro y se va a ir!

El hijo de María se sintió invadido por el terror y miró a su alrededor. ¿Tendría razón el indio y todo aquello, los patios, los granados, los braserillos, las perdices, los hombres, no serían más que un sueño? ¿No es aria soñando aún al pie del cedro?

Se volvió como si buscara socorro y entonces vio en la puerta de la calle de pie junto al ciprés macho, vestida con la armadura de bronce, inmóvil, a su compañera de cabeza de águila y, al mirarla, se sintió por primera vez aliviado y tranquilo.

El viejo salió jadeando del cuarto de Magdalena y el hombre del turbante verde entró. Transcurrieron algunas horas y luego le tocó el turno al joven de aros de oro y, por último, al viejo, del rosario de ámbar. El hijo de María permaneció solo esperando en el patio.

El sol declinaba y dos nubes que navegaban por el alto cielo se detuvieron, cargadas de oro. Una leve bruma dorada cayó sobre los árboles, sobre los rostros de los hombres y sobre la tierra.

El viejo del rosario de ámbar salió, se detuvo un instante en el umbral, se enjugó los ojos, las narices y los labios y se arrastró, encorvado, hacia la puerta.

El hijo de María se levantó. Se volvió hacia el ciprés y su compañera adelantó también la pierna para seguirle. Estaba por hablarle, por suplicarle; espérame afuera, quiero estar solo, no me escaparé… pero sabía que era una vana súplica y guardó silencio. Ajustó la correa a su cintura, alzó los ojos, vio el cielo, vaciló, pero entonces oyó una voz ronca, irritada, procedente de la habitación: «¿Hay alguien ahí? ¡Que entre!» Era Magdalena, que llamaba. Reunió todas sus fuerzas y avanzó. La puerta estaba entornada y entró temblando.

Magdalena estaba echada en la cama, enteramente desnuda y bañada en sudor; sus cabellos de ébano aparecían diseminados por la almohada, sus brazos replegados en la nuca, el rostro vuelto hacia la pared. Bostezaba. Estaba fatigada: había luchado con los hombres desde el alba; todo su cuerpo, sus cabellos y sus uñas estaban impregnados de los perfumes de todos los países; sus brazos, su cuello y sus senos aparecían cubiertos de mordiscos.

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