Nikos Kazantzakis - La Última Tentación
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El higúmeno veía ahora al joven, enmudecido ante él; quería regañarle pero, al mirar su rostro, se suavizó.
– ¿Por qué te detuviste, hijo mío? -le preguntó-. Abandonaste la visión por la mitad. No hay que hacer eso, pues es un profeta y le debemos respeto.
El joven se ruborizó, desplegó el manuscrito de cuero sobre el facistol y reanudó la lectura con voz monótona y salmodiando:
«Después seguí mirando, en mis visiones nocturnas, y vi una cuarta bestia, terrible, espantosa, extraordinariamente fuerte; tenía enormes dientes de hierro; comía, trituraba, y lo sobrante lo pisoteaba con sus patas. Era diferente de las bestias anteriores y tenía diez cuernos…»
– ¡Detente, es suficiente! -gritó el higúmeno.
El joven se espantó al oír aquella voz. El texto sagrado rodó por las baldosas del piso. Lo recogió, posó en él los labios y fue a colocarse en un rincón, con los ojos fijos en el anciano. Este, con las uñas clavadas en la madera de la silla, gritaba:
– Todo lo que profetizó Daniel ha ocurrido. Las cuatro bestias pasaron por encima de nosotros. El león con alas de águila pasó sobre nosotros y nos desgarró. El oso que se alimenta con la carne de los hebreos pasó sobre nosotros y nos devoró. El leopardo de cuatro cabezas pasó sobre nosotros y nos mordió en el este y en el oeste, en el norte y en el sur de nuestras tierras. La bestia infame de dientes de hierro y diez cuernos está al acecho sobre nosotros; aún no pasó y ni siquiera se puso en movimiento. Nos enviaste, Señor, todas las ignominias y todos los espantos que nos habías prometido en tus profecías… ¡y es justo que así sea! Pero también nos profetizaste el bien, ¿por qué no lo envías? ¿Por qué eres tan avaro? Nos has dado las desgracias con munificencia. ¡Danos también tus gracias! ¿Dónde está, Señor de las Naciones, el Hijo del hombre que nos prometiste? ¡Lee, Juan!
El joven abandonó el rincón en que estaba con el manuscrito sobre el pecho, se acercó al facistol y reanudó la lectura. Pero ahora su voz se había vuelto salvaje, como la del anciano:
«Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.»
El higúmeno no podía contenerse. Abandonó la silla, avanzó un paso y luego otro hasta llegar al facistol; tropezó y estaba a punto de caer cuando pudo apoyar pesadamente la mano en el manuscrito sagrado, manteniendo así el equilibrio.
– ¿Dónde está el Hijo del hombre que nos prometiste? Lo dijiste ¿sí o no? No puedes negarlo. ¡Está escrito aquí!
– Golpeaba con cólera y júbilo las profecías-: ¡Está escrito aquí! ¡Relee el pasaje, Juan!
Pero el novicio no tuvo tiempo de hacerlo. El higúmeno tenía prisa; le arrancó el texto de las manos, lo alzó para ponerlo bajo la luz y comenzó, sin mirarlo, a gritar con voz triunfal:
«A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.»
Dejó el manuscrito abierto sobre el facistol. Se acercó a la ventana para contemplar la noche.
– ¿Dónde está el Hijo del hombre? -miraba la noche y gritaba-. ¡Ya no te pertenece, es nuestro, puesto que nos lo prometiste! ¿Dónde está para que le otorgues el poder, la realeza y la gloria, para que tu pueblo, el pueblo de Israel, gobierne el universo? Nuestras nucas se hallan entumecidas a fuerza de mirar el cielo y de esperar que se abra. ¿Cuándo? ¿Cuándo? Sí, ¿por qué nos dices siempre lo mismo? Ya lo sabemos: un instante para ti equivale a mil años del hombre. Sí, pero si eres justo, Señor, mide el tiempo con la medida humana y no con tu propia medida. ¡Eso sería lo justo!
Acercóse aún más a la ventana, pero las rodillas se le doblaban. Se detuvo y extendió los brazos hacia adelante, como si quisiera apoyarse en el aire. El joven corrió a sostenerlo, pero el higúmeno se encolerizó y le indicó con una señal que no lo tocara. Reunió todas sus fuerzas, llegó hasta la ventana y se apoyó en ella. Alargó el cuello y miró. Las tinieblas y los relámpagos iban desapareciendo poco a poco, pero la lluvia continuaba cayendo en los peñascos que flanqueaban el Monasterio produciendo un estrépito ensordecedor. Cada vez que el resplandor de un relámpago las iluminaba, las higueras parecían retorcerse y metamorfosearse en un ejército de lisiados que alzaban hacia el cielo sus muñones leprosos.
El higúmeno se concentró y escuchó. Volvió a oír a lo lejos los rugidos de las fieras del desierto. No tenían hambre sino miedo. Por encima de ellas había un animal que lanzaba aullidos y se acercaba en la oscuridad envuelto en un torbellino de fuego y de viento… Y mientras el higúmeno escuchaba los ruidos del desierto, se sobresaltó. Se volvió y miró: ¡algún ser invisible acababa de entrar en su celda! Las siete llamas del candelabro vacilaron y estuvieron a punto de apagarse, y las nueve cuerdas del arpa, que reposaba en un rincón, vibraron como si una mano invisible, frenética, las hubiera asido para romperlas. El higúmeno se puso a temblar.
– ¡Juan! -dijo en voz baja al tiempo que miraba a su alrededor-. Juan, ven a mi lado.
El joven salió precipitadamente de su rincón y se acercó al higúmeno.
– Ordena, padre -dijo, y puso una rodilla en tierra para prosternarse.
– Ve a llamar a los monjes, Juan. Debo hablarles antes de partir.
– ¿Antes de partir, padre? -dijo el joven estremeciéndose; tras el anciano percibió dos grandes alas negras que batían.
– Parto -dijo el higúmeno y súbitamente su voz pareció proceder del más allá-, ¡parto! ¿Has visto cómo vacilaban las siete llamas, prontas a evadirse de las mechas? ¿Has oído cómo vibraban las nueve cuerdas del arpa, prontas a romperse? Parto, Juan. Ve a llamar a los monjes, pues quiero hablarles.
El joven bajó la cabeza y desapareció. El higúmeno permaneció de pie en el centro de la celda, bajo el candelabro de siete brazos. Ahora se hallaba solo con Dios. Podía hablarle libremente pues ningún ser humano le oiría. Alzó tranquilamente la cabeza: sabía que Dios estaba frente a él.
– Voy -le dijo-, voy. ¿Por qué entras en mi celda e intentas apagar la luz, romper el arpa y llevarme contigo? Voy, y no sólo por tu voluntad sino también por la mía. Voy y llevo en las manos las tablas donde están escritos los reproches del pueblo. Quiero verte y hablar contigo. Ya lo sé, tú no oyes, simulas no oír; pero yo golpearé a tu puerta hasta que me abras. Y si tú no me abres, y ahora te hablaré con libertad puesto que aquí no hay nadie que pueda oírme, si tú no me abres, ¡echaré abajo tu puerta! Eres feroz y amas a los seres feroces. Sólo a los seres feroces llamas hijos tuyos. Hasta ahora nos prosternábamos, llorábamos, decíamos: ¡hágase tu voluntad! Pero ya no resistimos más, Señor. ¿Hasta cuándo hemos de esperar? Eres feroz, amas a los seres feroces y nos convertiremos en seres feroces. ¡Que se haga por una vez nuestra voluntad!
El higúmeno hablaba y aguzaba el oído; alargaba el cuello en el vacío, para oír. Pero la lluvia se había calmado y los truenos se alejaban; estallaban ensordecidos a los lejos, por el lado del desierto. Encima de la cabeza blanca del anciano ardían las siete llamas, inmóviles.
El "higúmeno calló y esperó. Esperó durante largo rato que las llamas volvieran a moverse y el arpa a estremecerse. Pero nada ocurría. El anciano sacudió la cabeza:
– Maldito sea el cuerpo del hombre -murmuró-. Se interpone y no deja que el alma vea y oiga al Invisible. ¡Hazme morir, Señor, para que pueda presentarme ante ti desembarazado del tabique de la carne, para que te oiga cuando tú me hables!
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