– Para poner en antecedentes a nuestro recién llegado amigo Ramón… -la voz de Salazar es ahora monótona y melosa- el pasaje que les leía hace referencia a Jupien, el alcahuete, el Celestino, del Barón de Charlus. Este interesantísimo personaje, con toda seguridad, os tiene que interesar a vosotros cuatro que, como Jupien, no tenéis educación universitaria, pero tenéis, en cambio, la más profunda educación, la más sagrada, la que proporciona la vida. Yo conocí a pocos hombres y aún puedo decir que no conocí a hombre ninguno tan dotado como Jupien en cuanto a inteligencia y sensibilidad; pues aquel delicioso «saber» que constituía la trama espiritual de sus palabras no le venía de nada de lo que se aprende en el colegio, de ninguna de esas culturas de universidad que hubieran podido hacer de él un hombre tan notable, cuando tantos jóvenes del gran mundo no sacan de ellas ningún provecho. -Salazar se ha detenido ahora para beber un sorbo de lo que parece oporto. Juanjo se ha levantado del brazo del sillón y añade hielo a los vasos de los dos chicos y una copiosa ración del malta. Los dos beben a la vez. Durán piensa que se comportan de pronto como chicos del colegio: mientras leía Salazar los dos apoyaban los codos en las rodillas y atendían con una expresión entre aturdida e ingenua. Juanjo regresa a su asiento en el brazo del sillón y Salazar prosigue su lectura-: Era su simple sentido innato, su gusto natural, lo que, con raras lecturas al azar, sin guía, en momentos perdidos, le hizo componer aquel hablar tan preciso en el que se manifestaban y mostraban su belleza todas las simetrías del lenguaje. Pero el oficio que desempeñaba se podía, con razón, considerar, aparte de uno de los más lucrativos, el último de todos. En cuanto a Monsieur de Charlus, por mucho que su orgullo aristocrático desdeñara el «qué dirán» ¿cómo es posible que ciertos sentimientos de dignidad personal y de respeto a sí mismo no le obligaran a negar a su sensualidad ciertas satisfacciones en las que, al parecer, no podría haber más excusa que la demencia completa? Mas en él, como en Jupien, la costumbre de separar la moral de toda una clase de acciones (lo que, por lo demás, debe ocurrir también en muchas funciones, a veces en la de juez, a veces en la de hombre de estado, y en otras más) debía de ser tan vieja que el hábito (sin pedir ya nunca su opinión al sentido moral) había ido agravándose de día en día, hasta aquel en que este Prometeo consentidor se hizo atar por la Fuerza a la roca de la pura Materia. ¿Qué os parece, muchachos, este pasaje magistral? ¿Qué pensáis de él?
– Ese tío lo que es es un jodido hipócrita. Es lo que viene a decir, ¿no? -comenta Miguel, a quien el fuerte y suave malta ha despertado de pronto.
– ¡Admirable, Miguel, admirable sabiduría de la calle que es, en definitiva, la sabiduría que Marcel Proust elogia aquí en la figura de Jupien! ¿Ves, Ramón Durán, como no es necesario saber quién es Proust para entenderle? Uno de los encantos, de los muchísimos encantos, que tienen para mí estas nuevas amistades con gente tan joven como vosotros, es descubrir este simple sentido innato, este gusto natural por la verdad que, tan admirablemente, Miguel ha percibido. ¿No nos liarías, Juanjo, uno de esos porritos que tan sabiamente administras? Y por cierto, Ramón, no te hemos ofrecido nada de beber. ¿Quieres algo de beber?
– Sí, gracias. Tomaré un whisky.
– ¿Desde cuándo tomas whisky tú, mi vida? -pregunta Juanjo a la vez que llena su vaso de hielos y whisky de malta.
Ramón Durán no hace ningún comentario a esto. El trago de malta le sobresalta mucho. Es verdad que no está acostumbrado a beber, y sobre todo no está acostumbrado a licores fuertes, cervezas como mucho. Confusamente ha pensado que necesitaba un trago -una frase ésta de película-. Ha envidiado por un instante la facilidad con que beben los dos chavales jóvenes: tiene la sensación de que se le aclaran las ideas. Salazar no le gusta esta tarde: le parece pretencioso, relamido, rijoso. Durán se detiene por un momento en la figura de Salazar que tiene ante sí: tan delgado, con un aspecto tan elegante, tan noble, e incurriendo, sin embargo, en la más obvia y vil adulación a los chicos jóvenes -esto incluye al propio Durán- al decirles que tienen inteligencia natural pero que no saben nada de nada. Por otra parte, se le ocurre a Durán que el motivo por el cual Salazar ha leído ese texto de Proust no es casual. Lo ha leído porque es en realidad un retrato de Salazar mismo. También Salazar se ha entregado a hábitos que ahora funcionan con creciente vehemencia por sí solos, con independencia de cualquier consideración moral. Pero ¿a qué moral se refiere Ramón Durán ahora? Ramón Durán, hasta esta misma tarde al menos, no considera que haya nada malo en lo que Salazar, Juanjo y él mismo han estado haciendo estos meses atrás. No le ha parecido malo, aunque sí desvergonzado y más propio de viejo verde que de gente joven, pero, al fin y al cabo, Durán también ha disfrutado con eso. ¿Qué tiene de malo la escena que ahora contempla? ¿Por qué se siente inquieto? El fuerte muslo izquierdo de Juanjo se apoya ahora en su pierna derecha, y Juanjo le acaricia el cuello, y Durán le desea. La estimulación erótica de la cercanía de Juanjo es intensísima de pronto. Miguel, harto al parecer de su silla francesa, se ha levantado y recorre las estanterías de la sala de estar moviéndolo todo un poco. Salazar se ha levantado y acompaña a Miguel en su curioseo por la habitación. Los dos cuchichean y ríen risitas cómplices. Fermín, en cambio, ha terminado su whisky, se ha servido otro y ha acercado su silla a la butaca donde se sientan Durán y Juanjo. Se lleva la mano derecha a la bragueta.
– ¡Qué pasada, tíos, os folláis aquí mismo! Tócame la polla, Juanjo, mira cómo la tengo, ¿a que da gusto? -Juanjo le soba la polla por encima de la bragueta.
– Vamos dentro, los tres -propone Juanjo-. A éstos les dejamos ahí que vean libros.
Ramón Durán ha apurado su vaso de whisky. Él también está empalmado como Fermín. Desea que Juanjo le acaricie a él también. Juanjo le parece muy guapo ahora, muy joven, muy seguro de sí mismo: es otra vez el monitor de futbito, es otra vez el colegio, es otra vez diez años atrás, es otra vez la dulzura genital del amor sin malicia. Recuerda en ese momento la casa de Emilia y a Allende. Recuerda los dulces ojos de Allende que le siguen y le aman. Pero no puede hacer nada con esa mirada benevolente. ¿Qué puede hacer? Puede levantarse y marcharse, pero no puede de hecho levantarse y marcharse. Está encadenado al deslizamiento del deseo, a la persuasión de que satisfacer sus deseos es legítimo. Está encadenado, ¿por qué no?, a la ternura que sintió por Juanjo doce años atrás y, mucho más recientemente, en La Vaguada o ahora mismo. Y le encadenan los celos también: intensa punzada de celos al ver a Juanjo acariciar la bragueta del chapero empalmado. Salazar y Miguel se besan ahora de pie junto a la puerta de la terraza. Fermín y Juanjo se están besando y acariciando. Ramón Durán se levanta de un salto y empuja violentamente a Fermín al suelo. Está rojo de ira.
– ¡Hijoputa, qué haces! -le grita Fermín desde el suelo. Durán le tiende la mano para que se levante-: Me vuelves a empujar y te meto una hostia que te jodo vivo, maricón.
– Lo siento, perdona.
Salazar, que rodea el talle del Miguel con un gesto monjil, sonríe y dice:
– Haya paz, chicos, haya paz.
– Perdonad todos, me voy. Son más de las doce. Mañana hablamos.
Juanjo le acompaña a la puerta. Oyen reír a los otros tres en el salón. Juanjo le acaricia la polla, le besa en los labios. Ramón Durán tiene ganas de llorar. Para no llorar delante de Juanjo, echa a correr escalera abajo.
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