– Pero entonces, Emilia, ¿en qué quedó la cosa? ¿Cómo quedasteis Luis y tú? De lo que tú cuentas, se sigue con intensa claridad que quedasteis muy amigos, tan contento cada uno por su parte y siempre por completo aparte el uno del otro. Te he oído decir esto montones de veces, sin resentimiento, sin nostalgia, siempre, eso también, con una punta de ironía tranquila. Es la ironía casi, tan leve, tan de fondo, lo que me impide completar del todo tu relato, entenderlo bien. Y hay un dato que se une a esta levísima ironía y que siempre está presente, y ese dato es que Luis y tú no os habéis vuelto a encontrar, si no me equivoco, mucho más de una media docena de veces en todos estos años. Más aún…
– ¿Más aún? ¿Aún más? -preguntó Emilia sonriente en una de estas ocasiones.
– Pues sí, más aún: tengo la impresión de que el aura irónica que rodea la figura de Luis en todos tus relatos se ha trasladado a la imagen que Paula se hace de su padre. Sabe que existe, pero no le necesita, porque no hay ahí misterio alguno: es sólo un incidente menor en tu vida y en la suya, algo así. ¿Estás de acuerdo?
Emilia tardó cierto tiempo en contestar, se quedó pensativa, y su respuesta sorprendió mucho a Paco Allende porque parecía contener una gran seriedad y una gran sinceridad también: ninguna de estas dos cualidades le parecieron de pronto imprescindibles a Allende, que, tras lo que acababa de decir, esperaba casi sólo que Emilia contestase un poco por encima:
– Ironía…, dices. Sí. Supongo que hay cierta ironía en mi retrato de Luis y también cierta, no del todo deliberada ni tampoco del todo involuntaria, manipulación de su figura en la educación de Paula. La verdad es que sí, Luis me desilusionó. Y eso es lo que tú detectas muy al fondo en mis relatos junto con una cierta, supongo, reiteración del tema. No se me acaba nunca del todo el dichoso Luis, porque la verdad es que sí, me desilusionó.
– Pero cuando lo dejasteis, cuando lo empezasteis también, Emilia, tú no eras una niña ya, ni él tampoco. Tenías treinta y tantos y él por ahí andaría.
– ¡Es que me ilusioné con Luis! No fue una cuestión de edad.¡Mejor dicho: sí fue una cuestión de edad! Me ilusioné porque yo tenía ya una edad en la que tener relaciones con un chico, o con chicos en general, empezaba a cobrar una especial luminosidad añadida a la satisfacción erótica, que provenía de que aún parecía estar a tiempo de ser madre. Hasta entonces yo no había pensado en la maternidad. Luis fue mi mejor amante, y quizá por eso, porque era un buen amante y porque se me estaba acabando el tiempo de tener hijos, me ilusioné mucho con él. Creí que seríamos una pareja de profesores de instituto con un crío, o dos, o tres, que tendríamos una familia divertida, ilustrada, alegre, y que envejeceríamos juntos. Di gracias a la buena suerte que había tenido encontrándome con Luis, que era tan buen amante y parecía un hombre tranquilo, y lo era, mientras no apareciera otra mujer. Yo no era una mujer celosa entonces y no lo soy ahora tampoco. El asunto era más trivial: era una cuestión de tiempo: mientras Luis andaba liado en otro asunto, se desentendía un poco de nosotras dos, de Paula y de mí. Lo hacía muy bien, muy dulcemente, conservaba todos sus amores muy bien empaquetados cada cual en su sitio. A veces coincidíamos las tres, una profesora, una antigua alumna y yo, supongamos, en el claustro, en la sala de profesores. Las tres sabíamos que las tres sabíamos que Luis nos amaba a las tres por separado con un amor viril idéntico a sí mismo. A mí me daba la risa pensarlo. No sé a las otras chicas qué les pasaría. Me daba la risa, la situación me hacía reír y me desilusionaba al mismo tiempo. Lo único que nunca hice fue decirle a Luis esto de la desilusión. Tú eres el primer hombre que lo sabe. Porque en la desilusión había un punto doloroso, una herida que quizá no ha terminado nunca de cicatrizar. Me duele cada vez que cambia el tiempo por así decir. Por eso no me olvido de Luis, porque me duele. Y Hegel, por cierto, se equivoca cuando dice que las heridas del espíritu cicatrizan sin dejar huella. Y la conexión hegeliana con el lenguaje del perdón es frívola. Afortunadamente Luis no me pidió perdón y yo no tuve necesidad de perdonarle nunca. Sencillamente no le perdoné. Como demuestra el hecho de que no le olvidé, nunca le he olvidado. Y no sé si él me ha olvidado o no me ha olvidado a mí. A estas alturas da lo mismo.
Paco Allende no salía de su asombro. Aquella Emilia que reconocía la permanencia de sus heridas, de sus desilusiones a lo largo de los años, que se había mantenido sin embargo sin rencor, que había criado a su hija y que acogía a Paco Allende, le pareció una mujer maravillosa. Estuvo a punto de decirle, en una de esas ocasiones: Emilia, eres estupenda y yo te amo, pero soy homosexual, pero te amo, pero soy homosexual, luego no podemos vivir como marido y mujer. Pero no se lo dijo porque le pareció que mencionar lo obvio en semejante situación rebajaba la grandeza y la simplicidad del tono que Emilia había empleado para hablar de sí misma. Sin embargo prometió ante sí mismo serle fiel a Emilia y estar a su altura y aprender de ella todo lo posible.
– Salgo un rato a estirar las piernas -acaba de decir Durán. Se encamina hacia la puerta de la sala, se vuelve hacia Emilia y Allende-. ¿Estarás aquí cuando vuelva, Paco? Sólo voy a dar una vuelta.
– Me quedo un rato todavía. Luego nos vemos.
Durán sale. Se oye cerrar la puerta de entrada. Emilia enciende uno de los Fortunas que tiene prohibidos y que se reparte entre los almuerzos y la última hora de la tarde: dos al día, tres al día. Se concentra en su pitillo. Allende tiene la impresión de que ir a buscar el pitillo, volver con él y encenderlo -un ritual de estos dos últimos años, pensado para acompasar el abandono del tabaco- sirve también esta tarde para rebajar un poco la tensión que Emilia sabe que produce últimamente en Allende cualquier movimiento de Durán. Emilia se da cuenta de que la atracción de Allende por el chico se ha acelerado desde el viaje a Marbella sin que ni Emilia ni el propio Allende puedan hacer nada para rebajarla. No lo han hablado, porque los dos lo sobreentienden y los dos detestan esta clase de confidencias que acaban siempre implicando complicidades fáciles.
– ¿No es difícil fumar sólo un pitillo o dos, Emilia? ¿No sería más fácil no fumar ninguno?
– No sé. Yo me las arreglo así. Al principio lo dejé del todo, unos dos años, y ahora fumo esto poco. Me gusta fumar. Me sienta mal, pero me gusta fumar. Detesto la tos y detesto los ahogos. Por eso lo dejo. Detesto la dependencia. Por eso lo dejé hace dos años. Antes bajaba a buscar tabaco a medianoche si hacía falta. Ahora ni me acuerdo. Me he librado del tabaco, pero, vaya, me gusta fumar un par de pitillos. También me gusta este juego de ver hasta dónde llego, hasta dónde aguanto. La verdad es que disfruto el pitillo más que antes, pero noto la carraspera un poco.
– ¿Y si de pronto empiezas a fumar otra vez?
– Entonces tendré que empezar a dejarlo otra vez. Me sienta muy mal. La tos. Odio la tos. Odio el ahogo. Si veo que me entran las ganas de fumar tres y cuatro, de comprar un paquete, ¡se acabó!
– ¿Es como una prueba de fuerza?
– ¡Buffi No es eso. Es… que me gusta fumar.
– Me parece que no voy a esperar a Ramón -dice Paco Allende levantándose-. Son ya las nueve.
– Espera que termine el pitillo y luego te vas.
Allende se sienta de nuevo. Los dos se miran y sonríen. Se entienden muy bien: no hace falta dar grandes explicaciones: lo sensato es que Allende no espere al chico. Lo sensato sería no tener la tentación de esperarle. Pero nadie puede impedir ser tentado por la tentación. Lo sensato es no caer en la tentación. Allende sabe que esta cadena de pequeñas razones no le llevará muy lejos. Pero también sabe que no tiene que ir muy lejos: sólo tiene que oponerse a sí mismo con tanto sentido del humor como sea capaz. No está en su mano no desear al chaval, pero está en su mano tomarlo con calma. Tiene que arriesgarse a perderle. Allende tiene que recordarse ahora el motivo último de estas pequeñas mortificaciones. Ramón Durán tiene que elegir por sí solo quedarse en casa, salir de casa, ver a Paco Allende o ver a Juanjo o ver a Salazar, estudiar o vaguear… En cualquier caso le parece preferible que lo que Durán tenga que hablar lo hable con Emilia. De hecho Allende sabe que ya ha hablado alguna vez con Emilia, incluso esta misma tarde. Emilia termina su pitillo, acompaña a Allende hasta la puerta de entrada.
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